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Israel Jorquera: “Hay días más nebulosos que otros”

Conoce de cerca la enfermedad mental, los prejuicios, el quiebre de un matrimonio y la angustia de vivir con apenas 100 mil pesos al mes. Cuando quedó sin empleo, estuvo a punto de perder la pequeña habitación que arrendaba en Antofagasta. Hoy está en una vivienda tutelada, acompañado por el Hogar de Cristo y una hija de la que habla con orgullo. Su historia es parte de la campaña #TeQuieroVer, en la que conversó con Manuela Urroz, capitana de Las Diablas. Asegura que todavía tiene un sueño pendiente. Descubre cuál es.
Por Matías Concha P.
Octubre 26, 2026

Durante mucho tiempo, Israel Jorquera (69) tuvo que arreglárselas con 100 mil pesos para vivir el mes completo. Recibía una pensión de 230 mil, de los cuales 130 mil se iban directamente al arriendo de una pieza. Con el resto debía alimentarse, movilizarse y cubrir cualquier imprevisto. Para conseguir comida, recurría a la feria, donde le regalaban productos que ya no se podían vender: tomates, zanahorias, lechugas y papas.

Su habitación tampoco ofrecía demasiadas comodidades. Era un espacio reducido, en una vivienda compartida, incluso con ratones. Allí llevaba años cuando le pidieron que se marchara. A su edad, la posibilidad de quedarse sin techo comenzó a transformarse en una preocupación difícil de manejar.

En la actualidad, Israel asiste al Centro Diurno para personas con discapacidad mental del Hogar de Cristo en Antofagasta.

En la actualidad, Israel asiste al Centro Diurno para personas con discapacidad mental del Hogar de Cristo en Antofagasta.

Lo cuenta en Antofagasta, en las Ruinas de Huanchaca. Tiene 69 años, 40 de los cuales ha sido paciente psiquiátrico. Fue esposo, padre, trabajador de labores pesadas y guardia de seguridad. Israel participa en #TeQuieroVer!, la campaña del Hogar de Cristo que busca hacer visibles las historias de personas que han vivido situaciones de extrema vulnerabilidad. La misma iniciativa que reunió a Sergio Marín con el exfutbolista Marcelo Salas, lo llevó a él a compartir con Manuela Urroz, capitana de Las Diablas, la selección chilena femenina de hockey césped, que ha disputado dos mundiales y conquistado el oro en los Juegos Suramericanos de 2022. Aunque el encuentro con una deportista de alto rendimiento forma parte de la campaña, lo verdaderamente extraordinario está en la historia del hombre que llegó a conversar con ella.

Israel junto a la reconocida deportista, Manuela Urroz, en las Ruinas de Huanchaca.

Israel junto a la reconocida deportista, Manuela Urroz, en las Ruinas de Huanchaca.

UNA PARTE DE UNO SE APAGA

Israel se casó a los 24 años. Era joven, estaba enamorado y tenía planes sencillos: trabajar, formar una familia y salir adelante. Poco después nació su hija, Lesslie. En ese tiempo fue cuando comenzó a pasar más tiempo fuera de la casa, caminaba durante horas y, en ocasiones, salía incluso cuando llovía. También atravesaba dificultades económicas que, según recuerda, fueron aumentando su angustia.

—¿Por qué caminabas tanto?

—Apenas lo recuerdo, salía a caminar a la calle, caminaba en la lluvia y aparecía en lugares rarísimos, muy lejos, estaba poco en la casa.

En esos años, hablar de esquizofrenia resultaba especialmente difícil. Su familia no comprendía lo que ocurría y uno de sus hermanos cuestionaba que realmente estuviera enfermo.

—¿No creía en la enfermedad?

—Claro, no creía en la enfermedad… Me decía que me desaparecía para escapar, y no era así. Yo apenas recuerdo esos momentos, solamente recuerdo la angustia de mi familia cuando me encontraban y yo sin saber cómo había llegado ahí, era triste, y me daba terror.

En el Centro Diurno de Hogar de Cristo, para personas con discapacidad, Israel encontró lo que buscaba: compañía.

Finalmente, fue evaluado por especialistas y hospitalizado. Recuerda las consultas, los medicamentos y cómo los médicos seguían de cerca su evolución. Meses después recibió el alta y retomó su vida laboral. Durante décadas realizó trabajos físicamente exigentes, se desempeñó como guardia de seguridad y también se dedicó a fabricar muebles de mimbre.

En su casa, entretanto, las cosas habían cambiado. Israel recuerda años buenos junto a su esposa y otros mucho más difíciles. Habla de diferencias de carácter, discusiones y problemas de pareja. También explica que la esquizofrenia contribuyó a la ruptura. Asegura que después del diagnostico él nunca más volvió a ser el mismo.

—¿Nunca volviste a ser el mismo?

—Sigo bueno para hablar y alegre, pero hay una parte de uno que se apaga, quizás esa parte que se apagó era la que amaba mi esposa. Y no lo digo como víctima, una enfermedad mental afecta a todo el entorno, es la familia entera la que se enferma.

La separación fue definitiva. Antes de irse, Israel dejó la vivienda familiar a su esposa. Después, tomó una maleta y se marchó para comenzar de nuevo. Han pasado cerca de 15 años desde entonces. No ha vuelto a verla ni ha tenido otra pareja con quien compartir su vida.

EL MIEDO A QUEDARSE SIN TECHO

Con los años, Israel comenzó a tener cada vez más dificultades para encontrar trabajo. Buscó empleo, golpeó puertas y finalmente tuvo que acostumbrarse a vivir con una pensión de 230 mil pesos. A pesar de su enfermedad, siempre se las ha arreglado para salir adelante por su cuenta. Hace sus compras, cocina, lava su ropa y es especialmente cuidadoso con su salud.

“En eso yo siempre he sido riguroso, jamás me he dejado estar. Siempre ando limpio, me cocino, hago aseo. Tampoco tomo alcohol, porque eso destruye la cabeza. Estoy al día con mis remedios, me pincho y voy a mis controles. Soy un viejo muy ordenado, a pesar de vivir con casi el mínimo”, cuenta con orgullo.

Con el dinero también aprendió a ser riguroso, aunque las cuentas pocas veces le daban. De los 230 mil pesos que recibía, 130 mil se iban en el arriendo de una pieza. Con los 100 mil restantes debía alimentarse, movilizarse y llegar a fin de mes. Poco más de 3.300 pesos diarios. Compraba en la feria, comparaba precios y hacía rendir cada peso. Así se las arregló durante años, hasta que el dueño le pidió que entregara la habitación.

En el Centro Diurno de Hogar de Cristo también encontró alegría, amistad, conversación.

Comenzó entonces a buscar ayuda. Recorrió distintas oficinas públicas, explicó su situación y finalmente una trabajadora social lo derivó al Hogar de Cristo. Allí vivió durante cerca de un mes, mientras buscaba una solución definitiva para no quedar en la calle.

Con el apoyo de la fundación, consiguió una vivienda tutelada, una casa destinada a personas mayores que pueden valerse por sí mismas, aunque sus ingresos no les permiten acceder a una vivienda. No paga arriendo y cuenta con acompañamiento social.

Hoy Israel tiene un dormitorio, baño, comedor y hasta un patio. Su hija Lesslie y su yerno lo ayudaron a instalarse: le compraron la cama, el refrigerador y la lavadora. Habla de cada una de esas cosas con gratitud, como quien recuerda lo mucho que costó llegar hasta ahí. Ahora su pensión le alcanza para vivir con algo más de holgura. Y, después de tantos años de incertidumbre, puede acostarse tranquilo, sabiendo que al día siguiente seguirá teniendo un lugar al que llamar casa.

“YO CUENTO MI HISTORIA Y NO CREEN”

En la actualidad, Israel asiste al Centro Diurno para personas con discapacidad mental del Hogar de Cristo en Antofagasta. Allí recibe acompañamiento psicosocial, participa en talleres y comparte con otras personas que también han debido enfrentar los prejuicios y la exclusión. El programa ofrece actividades artísticas, recreativas y de desarrollo de habilidades, además de apoyo para fortalecer la autonomía y los vínculos con la comunidad.

—¿Has sufrido discriminación?

—En parte. Yo digo mi historia y no creen.

Explica que algunas personas, al verlo desenvolverse en su vida cotidiana, ponen en duda que tenga una enfermedad psiquiátrica. “Esperan encontrarse con una persona tiritando, que está en la luna, pero no es así. Si uno es ordenado, toma sus medicamentos, no tiene vicios, se levanta temprano y se acuesta tempranito, no tiene por qué parecer un loco. Claro que hay días más enredados o nebulosos que otros, pero ahí uno busca sus propias maneras de pasar el día”.

En el Centro Diurno de Hogar de Cristo hay actividades todos los días. Baile, talleres manuales y cognitivos.

— ¿Cómo llevas los días más difíciles?

—Yo hago la vida normal. Me levanto y salgo. Me gusta recorrer Antofagasta. A veces voy rumbo hacia Coloso y subo al mirador. Me quedo mirando el paisaje, dejo pasar el tiempo y vuelvo a casa cuando me siento tranquilo. Otros días prefiero escuchar música, conversar con algún conocido o hablar con mi hijita, que es mi vida, aunque ella esté siempre en su trabajo.

Hay algo, eso sí, que los medicamentos o la música no pueden resolver por completo: la falta de compañía. Israel revela que su último sueño en vida es volver a conocer a una mujer, compartir el tiempo y acompañarse durante la vejez.

—¿Te gustaría volver a casarte?

—No, hablo más de la compañía, de llegar juntitos a la casa cuando uno ya va a descansar.