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Beatriz Mamani:

“Todos somos un diamante en bruto”

En pandemia, esta emprendedora de Fondo Esperanza, radicada en Casablanca, dejó de hacer uniformes y pasó a fabricar mascarillas. Ahora tiene tres emprendimientos en paralelo. “Yo pienso en el hoy y no en el futuro, creo en mí, a lo único que le temo es a dejar de respirar”, dice. Ella fue una de las invitadas al seminario “Pobreza y Pandemia: Diagnóstico y propuestas para un Chile más digno y justo”.

Por María Teresa Villafrade

Beatriz Mamani (45) llegó a nuestro país en 1998 con 23 años y una maleta de ilusiones y sueños. “A Chile uno llegaba como si fuera Estados Unidos chiquito, porque te contaban puras maravillas y por eso decidí emigrar”. Su padre sastre y su madre costurera le habían hecho estudiar corte y confección en su oriunda Arequipa, pero ella nunca trabajó en eso más que para hacerse su propia ropa. Escogió la carrera de Nutrición al entrar a la Universidad Nacional de San Agustín, y solo le faltó un año para titularse.

“Me vine en busca de nuevos horizontes. En Santiago me inscribí en una agencia de empleos y aunque traté de trabajar en mi rubro, la única opción que tuve para no pagar arriendo fue emplearme como asesora del hogar. Así estuve cinco años, con buenos empleadores, excelentes familias, no tengo ninguna queja de esa etapa. Pero siempre quise independizarme y mejorar mi calidad de vida, buscar algo mío”, relata.

A los 28 años se enamoró de un chileno y quedó embarazada. Su última empleadora la orientó para que pudiera postular al subsidio habitacional y comprarse un departamento en Viña del Mar. Su madre vino del Perú a ayudarla con la guagua y así fue como buscando en qué ganarse la vida, retomó la costura. “Me compré en 15 mil pesos mi primera máquina de coser. Con mi mamá trabajamos de pantaloneras en sastrerías de la calle Arlegui y Viana. Pero pasaba que mi niña se enfermaba mucho, no sé, le caía mal el clima húmedo. Entonces mi marido, que es de Casablanca, me insistió para que nos fuéramos para allá y finalmente llegué de allegada donde mis suegros”, cuenta.

No tenían nada y Beatriz quedó embarazada de su segunda hija. “Seguía con mi maquinita prestando servicios pero además, entré a trabajar en la Fundación Las Rosas en el área de cocina, preparando los alimentos para los abuelitos. Así estuve cinco años lo que me ayudó a juntar un pequeño capital. Mis tíos son artesanos andinos del norte de Perú y me enviaban el ´aguayo´, una manta típica de allá, entonces se me ocurrió hacer envases para las botellas de vino y empecé a mostrar mis artesanías en el centro de Casablanca. Ese fue mi primer negocio”.

Pero sucedió que de la noche a la mañana fueron desalojados de la residencia familiar. “Tuvimos que dormir con mi esposo tres noches en la calle. Mis hijas de 15 y 11 años ahora, se fueron a donde una compatriota que vive en Las Dichas y repartimos todas nuestras pertenencias en casas de amigos. Me sentía muy vulnerable pero no faltaron las manos amigas. Un tío de mi esposo nos prestó una vivienda por unos tres meses”.

Los arriendos en Casablanca son carísimos, según cuenta, de 400 mil pesos mensuales para arriba. En el sector Villa El Molino 1 pudieron comprar finalmente una propiedad.

“Aunque me digan que no”

Beatriz Mamani participó en las primeras ferias costumbristas de Casablanca pero no sin antes luchar por tener un lugar ahí. “Tuve que ir a hablar con el alcalde porque el funcionario a cargo no me quería ahí. Soy de esas personas persistentes que siguen adelante aunque me digan que no”.

En 2010, presentó su primer proyecto a Sercotec y al año siguiente resultó seleccionada tras haber estado varios meses estudiando de 6 de la tarde a 10 de la noche para aprender cómo postular: “La Municipalidad dio un curso al que llegaban empresarios en sus autos grandes y yo iba en mi humilde bicicleta. Me enseñaron contabilidad, internet, recursos humanos. Cuando gané el subsidio de Sercotec fue como ganarse el Kino”, dice.

Con ese dinero se compró una máquina industrial y otra máquina bordadora industrial. Adaptó el primer piso de su casa para habilitar su taller de confecciones “Señor de Qoyllority”, nombre quechua que significa Estrella de Nieve. Empezó a fabricar uniformes escolares y corporativos. Entre sus clientes están las municipalidades de Casablanca y María Pinto y además, prestan servicios de mantelería, de cortinaje. “Pero con esta situación de la pandemia, las mascarillas son las que la llevan, una tiene que reinventarse”.

Gracias a una amiga supo de Fondo Esperanza, entidad de Hogar de Cristo que apoya a emprendedores de sectores vulnerables, y se hizo socia hace 3 años. “Allí nos educaban, me dieron herramientas para poder agrandar mi negocio y llegar a más gente. Me sirvió, porque nos guiaba una asesora y aprendimos muchas cosas nuevas”, explica. Llegaron a fabricar 10.000 mascarillas entre 100 emprendedoras.

Beatriz fue invitada a comentar el resultado del estudio “Pobreza y Pandemia: Diagnóstico y Propuestas para un Chile más Digno y Justo”, en el que trabajaron los equipos técnicos de TECHO-Chile, INFOCAP, Fondo Esperanza, Servicio Jesuita al Migrante (SJM), Fundación Súmate, Fundación Emplea, Fundación Lican, Espacio Mandela, el Centro de Ética y Reflexión Social Fernando Vives de la Universidad Alberto Hurtado y Hogar de Cristo. Todas estas organizaciones participaron del diagnóstico a partir de su trabajo territorial de Arica a Punta Arenas con los grupos poblacionales más afectados por la pandemia y generaron una serie de propuestas concretas de protección para afrontar y superar la emergencia.

Adultos mayores; jefas de hogar; personas en situación de calle; hombres y mujeres con discapacidad mental; la población privada de libertad; los migrantes; el pueblo mapuche; los niños, niñas y adolescentes, son los grupos más golpeados por la pandemia, a los que están orientadas estas propuestas, que son el mayor aporte y la novedad de este documento.

Beatriz Mamani representa a los emprendedores migrantes. En marzo compró otra propiedad en la avenida Portales, donde instaló una tienda de géneros que fue inaugurada el sábado 5 de septiembre. El 1 de octubre espera inaugurar en ese mismo terreno una residencial enfocada principalmente en los migrantes venezolanos, colombianos, haitianos, que llegan a trabajar a la comuna.

“Los extranjeros siempre necesitan un lugar donde quedarse. Yo siempre estoy atenta a las oportunidades del mercado para dar un buen servicio. Todos somos un diamante en bruto, pero tenemos que educarnos. Yo pienso en el hoy y no en el futuro, creo en mí, a lo único que le tengo miedo es a dejar de respirar”, sentencia la emprendedora peruana.

¿QUÉ DICE EL ESTUDIO SOBRE VALPARAÍSO, POBREZA Y COVID-19?

La Región de Valparaíso es la segunda con mayor cantidad de contagios después de la Región Metropolitana, y con una alta distribución de contagios en casi todas las comunas, salvo la isla de Juan Fernández.

Los impactos socioeconómicos también han sido profundos, con una tasa de desocupación del 13,4%   (la segunda región con mayor desempleo de la región). Además, entre quienes aún se encuentran ocupados, a 47.252 trabajadores se les ha suspendido el contrato bajo la Ley de Protección al Empleo, siendo también la segunda región con mayores solicitudes para esta suspensión.

Desde los diferentes programas sociales se aprecia un empobrecimiento importante de la población más vulnerable, con pérdidas de fuentes laborales por despidos desde marzo a la fecha, o porque la fuente de ingresos era la venta ambulante o actividades informales, siendo posible observar esta tendencia en los programas ambulatorios. En ese sentido, los programas de intermediación laboral indican que se han restringido muchísimo las ofertas laborales en la región y los actuales empleos no generan seguridad laboral, dada la alta inestabilidad en la que se encuentra el mercado laboral. Además se aprecian carencias habitacionales, como el hacinamiento, lo que aparejado a las necesidades de generar ingresos día a día, complejiza las posibilidades de resguardarse en los hogares. A los mismos programas también se les ha solicitado ayuda material, consistente en alimentación y ayuda para acceder a beneficios del Estado.

En los campamentos apremia el abastecimiento de agua potable, que sólo está recibiendo por medio de camiones aljibes, lo que, junto con la falta de limpieza de las fosas sépticas, genera una gran vulnerabilidad frente a los contagios. Por otro lado,  a pesar de que en campamentos viven familias en situación de pobreza, no todas ellas han sido beneficiadas por las transferencias y bonos del Estado, lo que ha generado incertidumbre y dificultades para mantener ingresos del hogar suficientes para satisfacer necesidades básicas.

Otro fenómeno complejo que se observa en diversos barrios es el narcotráfico y los saqueos, en los cuales se percibe mayores situaciones de violencia como asaltos o balaceras. También desde los programas sociales se aprecia un aumento de la violencia intrafamiliar.

 

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