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Celestino Aós Braco: Callejeando con un fraile capuchino

El mismo día que se dio a conocer el fallo que obliga a la Iglesia de Santiago a pagar cien millones de pesos a cada una de las tres víctimas de Karadima, el sucesor de monseñor Ricardo Ezzati, había decidido salir a hacer una ruta de calle. Luego de reaccionar públicamente a la decisión judicial, cumplió con su plan y recorrió uno de los rincones más abandonados de Santiago.

Por Matías Concha

Estamos en un rincón desangelado de Santiago, en un sector perdido de la comuna de Independencia, cerca de la avenida Vivaceta, en los alrededores del Hipódromo Chile. Muros rallados con grafitis, perros abandonados y malaspulgas nos dejan claro que, por estos rumbos, hay que andar con cuidado.

Caminamos junto a un fraile capuchino, Celestino Aós Braco, el nuevo administrador apostólico de la arquidiócesis de Santiago, a pocos días de que el Papa Francisco aceptara la renuncia del cardenal y arzobispo de Santiago, Ricardo Ezzati, después de que la Corte de Apelaciones rechazara su sobreseimiento por presunto encubrimiento de abusos sexuales.

Dicen que Celestino no fue la primera opción del Papa, pero a sus 74 años le tocará ser la máxima autoridad de una Iglesia chilena en crisis. El ambiente es relajado aquí en la ruta de calle, pese a que hace escasas horas se conoció el fallo unánime de la de la Corte de Apelaciones de Santiago en favor del pago de una indemnización de 100 millones de pesos para cada una de las tres víctimas de abusos de Fernando Karadima y la nueva autoridad de la Iglesia capitalina dio un mensaje público, claro y directo,  sobre el tema. “El Arzobispado de Santiago manifiesta su conformidad con el fallo dictado por la Corte de Apelaciones de Santiago y confía en que esta sentencia contribuya al proceso de reparación del dolor sufrido por las víctimas de Fernando Karadima”. Lo hizo con un retrato de Alberto Hurtado de fondo, porque se encontraba en la hospedería Padre Lavín del Hogar de Cristo, para emprender esta ruta que previamente había planeado fuera una de sus primeras actividades.

Un estilo muy distinto -sencillo, campechano, sin boato- el de la más alta autoridad eclesiástica, quien pidió reproducir uno de los recorridos que hacía el padre Hurtado, cuando visitaba los rincones más olvidados de Santiago, donde pernoctaban apiñados los niños abandonados que copaban la ciudad. “Pelusas”, los llamaban entonces.

Fredy Navarrete,  monitor del Hogar de Cristo, quien patrulla las calles con su peinado punk y su chaqueta institucional buscando a los más excluidos, es nuestro guía esta noche. Comenta que el hombre que pernocta en este rincón “hoy se desvaneció y cayó de cara al suelo. El capellán del Hogar de Cristo,  José Yuraszeck, el padre Pepe, que conoce a la persona, agrega: “Como tiene diabetes, le baja el azúcar y empieza con convulsiones o se desmaya”.

-Miguel, venga que le quiero presentar a unos amigos que quieren hablar con usted- dice Freddy a una presencia masculina que percibimos guarecida bajo de unos cartones.

El hombre, Miguel, se asoma y hace un tímido gesto de saludo. Uno a uno, vamos estrechando su mano. De repente, exclama con evidente acento español: “Yo me piro de aquí, en este país lo único que importa es cuánto tienes, cuánto vales.

Celestino Aós, un tipo mayor de barba blanca que hasta el momento se había limitado a escuchar, cambia al oír a Miguel: “He notado su acento, joder, yo soy de Navarra”, le dice.

Miguel sacude la cabeza, como librándose de sus pensamientos, y responde, feliz. “En hora buena, yo vengo de Madrid”, responde. Pero al instante vuelve a su mundo interno: “Pero aún no puedo irme, no mientras mi hija esté acá”.

Este español de 41 años, en situación de calle, usa palabras como “holístico”, “incunable” o “ecléctico”. Un hombre que es adicto al alcohol y vive abandonado en un rincón de Independencia. Los voluntarios del Hogar de Cristo han intentado que se sume a un centro de rehabilitación, pero se niega rotundamente. “Yo no me muevo de acá”, reclama. Muy desconectado y dependiente, el alcohol ha deteriorado su salud física y mental. Sentados donde y como podemos, escuchamos sus devaneos, que a ratos le humedecen los ojos. “¡Ay, cuántos júbilos, cuánta lucha, cuántos angustias, Dios mío”, exclama.

-¿Qué le pasó? Lo veo machucado, colega- le dice el nuevo administrador apostólico.

Miguel relata lo poco que recuerda: “Desperté empapado en mi propia sangre. Entonces los guardias me echaron del supermercado, quizás llevaba mucho tiempo planchando la oreja en el piso. ¿Sabe usted que me han ofrecido pasajes en avión para irme a España?”.

Cuando Aos, el ex obispo de Copiapó se acerca a Miguel, escucho que un miembro del equipo de comunicaciones del Arzobispado comenta con emoción: “Nunca vivimos algo así con Ezzati”, aludiendo a la sencillez y proximidad de Aós. Miguel sigue desenredando sus recuerdos. A veces alegres. A veces amargos. “Es mejor olvidar para poder sobrevivir”.

-Pero usted no olvida a su hija; la tiene presente -le dice el capuchino Aós. Entonces su mirada apagada se enciende: “Ella vive acá, por eso no puedo irme, quizás nos topemos algún día”.

Luego se levanta, tambalea, da unos pasos y se pierde en la noche, como tantos de los chilenos y extranjeros (hay un evidente porcentaje de migrantes, sobre todo en esta comuna de Independencia) que viven en situación de calle.

Hogar de Cristo atendió en 2018 a más de 15 mil personas que no tienen un techo donde guarecerse en todo Chile. La información oficial que entrega el Segundo Catastro de Personas en Situación de Calle hecho en 2011 entrega un número menor. Pero aunque el número esté desactualizado, en términos proporcionales, sus resultados no han variado mayormente. Así, un 37% de las personas catastradas indica como causante de su situación los problemas familiares.

Miguel regresa y se disculpa por no querer seguir conversando. Hemos apagado la grabadora y él sigue balbuceando desde la vereda, despidiéndose. En un momento, se acerca y nos susurra: “No le cuenten nada a mi hija”.

Cuando nos alejamos del ruido, la exclusión, los problemas y las aguas malolientes, Celestino Aós comenta: “Estamos demasiado acostumbrados a estar en los templos; debemos volver a la calle”.

 

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