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“El Pe” vuelve a casa

Hace cuatros años Robert Meléndez, “el Pe” (48), cruzó la frontera con la esperanza de comenzar una nueva vida en Chile. Adoraba a su familia, pero no quería hacerlos sufrir más, en especial a sus padres adultos mayores. Quería volver a verlos esta Navidad, pero el destino quiso otra cosa. Esta es la historia de un hombre bondadoso y amante de la cocina que, después de todo, regresará a su hogar antes de Nochebuena.

Por María Luisa Galán

“Robert era un buen muchacho, el único hijo varón, fue el consentido y para mi padre era lo mejor que tenía en este mundo, daba su vida por él. Mi hermano también lo adoraba y le decía: ‘Para no hacerle daño y no hacerlo sufrir más, quiero largarme lejos de acá, pero ayúdeme a irme porque pienso que los estoy matando poco a poco’”, recuerda Josefa sobre las primeras ideas de su hermano para llegar a Chile.

Robert nació y creció en Iquitos, una ciudad rodeada por el río Amazonas en Perú, junto a sus tres hermanas mayores. Su madre, que se presenta como Enith Marleni Gonzáles de Meléndez, cuenta que después de tres mujeres, llegó el ansiado hijo varón. Lo bautizaron Robert Alexis, el último nombre en honor al jugador de fútbol argentino Alexis González. “Era un niño tranquilo y amoroso. Lo que más nos ha unido con mi marido es el amor a nuestros hijos”, cuenta la mujer, hoy de 73 años, casada hace 53 años con Alberto Meléndez, de 79.

Durante su vida en Iquitos, Robert trabajó en empresas petroleras como ayudante de cocina. “Él sabía cocinar, le gustaba la cocina. Era un hombre alegre, trabajador. Me ayudaba a cocinar, era bien cariñoso. Cuando volvía luego de estar un mes en la compañía, venía a comerse un pescado. Desde allá nos pedía que le mandáramos”, cuenta con nostalgia Enith.

Era un adolescente cuando comenzó el consumo de sustancias. Su familia coincide que fueron las malas juntas las que lo que llevaron por ese camino. En dos oportunidades ingresó a centros de rehabilitación, sin éxito. Su hermana Josefa, dice: “Era un buen trabajador, hasta que no pudo seguir debido a su consumo. Él mismo dejó su trabajo. Yo luchaba por él, hasta me iba a su sitio donde paraba para sacarle de ahí y me decía: ‘No vengas, porque tú también vas a caer en lo mismo’. Caeremos los dos, le decía y qué, pero tampoco voy a permitir esto. Tú tienes que ir a trabajar, salir adelante. Pero me decía: ‘Lárgate, te voy a hacer daño’. Fumaremos los dos, le respondía, pero tú vas a cambiar”.

Fruto de una relación que tuvo en su juventud, nacieron dos hijos, ambos murieron por diversos motivos. Con otra pareja nuevamente fue padre, esta vez de dos niñas. Pero la relación no prosperó y se separó. La mujer se fue junto a sus hijas a Lima y él se trasladó a la capital peruana para estar cerca de ellas.

Un primo lo esperanzó con una vida nueva en Chile. Era mayo del 2016, cuando llegó a Santiago tras un largo viaje por carretera. “Pero una vez que llegó allá, el primo le dio la espalda. No le contestaba y se desesperaba porque se veía sin dinero. Nos contaba que dormía en la calle, que le habían robado sus cosas”, cuenta Josefa. La Hospedería de Hombres del Hogar de Cristo ubicada en San Bernardo le abrió las puertas en ese período. Dijo que venía desde Perú a trabajar, pero que lo habían asaltado y se había quedado sin nada. El equipo de profesionales lo ayudó a recuperar sus documentos. Durante el tiempo que vivió ahí trabajó en una feria de San Bernardo y se atendía en el Consultorio de Salud Mental de la comuna para tratar su consumo problemático. Se le recuerda como una persona amable, un hombre caballeroso, atento y conocido por su particular saludo: “Hola, mi dama”. Quienes lo conocieron, dicen que su familia era siempre su principal preocupación y añoraba volver a verlos.

Josefa recuerda las fotos que veía de Robert. Unas que les enviaba a sus padres. Lo veía viejo a pesar de sus 48 años, con las manos hinchadas. Y les decía a sus padres: “¿Saben que va a morir en cualquier momento, no?”. Con esa preocupación, antes de la pandemia, comenzó a buscarlo para llevarlo de regreso a Iquitos. Le preguntó a uno de sus amigos, pero le dijo que la ayudaría después de la crisis sanitaria porque vivía lejos de él. Su madre Enith, complementa: “Roberto nos llamaba todos los sábados. Nos decía que este diciembre iba a venir para acá, pero pasaron cuatro meses sin saber de él, hasta que un amigo nos llama para decirnos que se va a comunicar…, pero ahí pasa esta tragedia y ya no podemos hablar con él”.

“Llamé a todas las partes que pude hasta que nos enteramos que había muerto. No nos avisaron directamente. Una chica publicó en Facebook una foto de él. No lo había reconocido porque estaba muy avejentado”, cuenta Josefa, sobre el momento en que se enteró del fallecimiento de su hermano. Una vecina de San Bernardo, que conocía a Robert, había subido una foto de él en la red social con la esperanza de encontrar algún familiar y contarles sobre su muerte. Fue gracias a ella  que Josefa pudo contactarse con Jessica Aguilera, jefa de la Casa de Acogida del Hogar de Cristo en San Bernardo, quien junto a la técnico social Elizabeth Brull comenzaron las gestiones para cremarlo y repatriarlo.

En mayo pasado, un paro cardiaco terminó con la vida de Robert. Dado el contexto de pandemia y las debidas autorizaciones de sus familiares, el proceso de retirar su cuerpo del Servicio Médico Legal, demoró. “Hicimos partícipe a la familia de todo, con grabaciones y fotos por WhatsApp. Queríamos que vivieran el proceso aunque no estuvieran acá”, cuenta Jessica. Hoy, el arduo trabajo de ambas profesionales dio frutos. Sus cenizas están siendo veladas en el oratorio de la casa central del Hogar de Cristo, donde se hizo una ceremonia en su honor. Se espera que el “Pe”, como era conocido en Chile, finalmente pueda descansar cerca de su familia antes de Navidad, en la calurosa y turística Iquitos. “Pienso que está mejor en la gloria del Señor, porque ya no está sufriendo. Nosotros también nos hemos tranquilizado, no nos preguntamos dónde estará, si lo encontraremos o no, ahora ya sabemos dónde se encuentra”, dice su mamá Enith, aún apesadumbrada por el fallecimiento de su hijo menor.

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