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Opinión

Mar

2020

Ensayo sobre la ceguera

 

 

 

Por Juan Cristóbal Romero, Director Ejecutivo Hogar de Cristo

Este domingo yendo a buscar un repuesto para la bici de mi hijo, me encuentro con la guerra mundial desatada: el supermercado había sido tomado por asalto por centenares de compradores de cloro, cloro gel, desinfectantes, detergentes, artículos de limpieza y toda suerte de alimentos no perecibles. Las góndolas, como hemos aprendido que se llaman las estanterías del retail, vacías, parecían arrasadas por los ejércitos de Atila y la frustración de los que recién llegaban y el triunfo los que iban saliendo con sus carros atiborrados se percibía a primera vista.

El individualismo también es una pandemia, sobre todo en tiempos como los que está viviendo el mundo y nuestro país por estos días; protejámonos de ella y aboquémonos a lo que la inmuniza: la responsabilidad colectiva, que en el fondo es la manera en que se debe entender la solidaridad. Es en momento como éstos en que se pone a prueba cuánto hemos avanzado como civilización; cuánto la cultura, la conciencia colectiva, nos han distanciado de la supervivencia predatoria.

Empatía ante los problemas sociales era una de las principales demandas que legítimamente exigían los movimientos sociales a partir de octubre. Empatizar hoy con los más vulnerables al coronavirus es el ejercicio que se nos demanda como individuos y sociedad. Poner atención en los adultos mayores, enfermos crónicos, niños menores de 10 años, embarazadas, es pensar en las personas por las que trabajamos a diario en el Hogar de Cristo: los adultos mayores en abandono, los hombres y mujeres con discapacidad mental, las personas en situación de calle, a las que no se les incluye oficialmente como grupos de riesgo por las autoridades sanitarias para cuestiones como la vacunación contra la influenza, personas frágiles, inmunodeprimidas, desprotegidas, solas. Los jóvenes no pueden sentirse librados porque este es un mal de viejos; el raciocinio es al revés, son los más sanos, los más aptos para sobrevivir, en el decir de Darwin, los que debieran velar por la supervivencia y el bienestar de los en extremo vulnerables.

Escena de la película Ensayo sobre la ceguera, inspirada en la novela homónima.

Es imposible no acordarse del “Ensayo sobre la Ceguera” de Saramago, novela considerada una parábola de la mezquindad que surge cuando el ser humano se ve enfrentado a la necesidad de sobrevivir. Es una visión distópica presente en tantísimas películas y libros que disfrutamos como entretención y que ahora intuimos podrían convertirse en realidad al ver el comportamiento irracional de las masas cuando están bajo la amenaza de contagio de una enfermedad letal y desconocida.  Pero como la vida no es una serie de Netflix ni una película de Amazon Prime, confío que primará la cordura y la cultura, entendida en esa sabia definición de la antropóloga Margaret Mead que anda dando vueltas en redes sociales y que afirma que el primer signo de civilización fue el hallazgo de un fémur roto y curado, porque ningún animal sobrevive a un hueso quebrado sin la ayuda de otro. Ayudar a los demás tiempos de dificultad es el punto donde comienza la humanidad y la civilización.