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Eva Roa Silva:

“Ser mamá es un privilegio para mí”

Tuvo a dos de sus tres hijos viviendo en situación de calle y hoy, además de cuidar a su pareja, de 80 años, postrado con Parkinson, Eva mantiene su hogar tejiendo hermosas mantas a crochet, vendiendo pan o tortas. La participante del Programa de Apoyo Familiar (PAFAM) del Hogar de Cristo en Valparaíso aquí nos cuenta su vida, que es como de película.

Por María Teresa Villafrade

Eva Roa Silva (62) tiene tres hijos. Llegó hace 43 años a vivir a Valparaíso desde su natal Talcahuano “por amor”, como recalca. Se vino siguiendo al padre de su primer hijo que tuvo con apenas 15 años y ya embarazada del segundo. Pero estando ya radicada en el puerto, descubrió que había sido engañada y que su pareja estaba casado.

“Yo, para no entorpecer ni molestar a nadie, por iniciativa mía, decidí vivir en la calle”, cuenta con voz entrecortada. En su humilde pero hermosa casa del cerro Placeres, rememora un pasado del cual no se arrepiente. “En la calle aprendí a valorizar las cosas que yo tenía, porque tenía mamá y papá, mi hogar se componía de 7 hermanos y el amor que recibí de mi familia era lo mejor que me había pasado en la vida. Yo era pobre, pero era feliz”, dice sobre su infancia.

Eva habla con mucha poesía cuando señala que “el aire, la tierra, la lluvia y el sol fueron mis compañeros desde niña”, pero después de recorrer embarazada de seis meses y con un hijo de 5 años tomado de su mano todos los cerros de Valparaíso, recuerda cosas más duras, como que durante muchos días comió de la basura hasta que tuvo a “Emilio” en el hospital Deformes de la avenida Argentina. La guagua, un varón, le dijeron, que había nacido muerto producto de una grave septicemia que ella tuvo al momento del parto… y pasaron casi dos décadas hasta que el mismo Emilio llegó a tocar la puerta de su casa contándole que había sido adoptado por una pareja de holandeses y que vivía en Europa.

“Mi impresión fue gigante. Porque después del parto y cuando me dieron de alta, yo escuchaba la voz de mi hijo, lo sentía llorar. Yo había tenido un tercer hijo, el Marco, y no entendía qué había pasado. Pero Emilio vino como cuatro veces a verme a Chile y, aunque habla otro idioma, yo igual le entiendo, y me pidió no hacer nada legal porque su familia holandesa lo había cuidado bien y no quería dañarlos”, dice.

Eva Roa y su hijo menor, Marco Antonio.

Coincidió que a raíz de ese episodio lamentable de la pérdida de su hijo, Eva fue diagnosticada de esquizofrenia, una enfermedad que la acompañaría toda su vida. Vivió mucho tiempo en situación de calle hasta que conoció a Alberto, un conductor de micros, mucho mayor que ella, que compadeciéndose de su situación, la dejó dormir con sus pequeños en el vehículo que manejaba. Así nació el amor y después se fueron a vivir juntos en la casa de Alberto (hoy de 80 años), la misma donde hoy lo cuida, ya que lleva 7 años postrado a causa del Parkinson.

“Ser mamá es un privilegio y un orgullo para mí”, dice, dando cuenta de todo lo que ha sufrido por sacarlos adelante. Mira su video aquí.

QUÉ PUERTAS TOCAR

Hace tres años, Eva Roa es acompañada por la monitora social, Paulina Contreras, del Programa de Apoyo Familiar (PAFAM) del Hogar de Cristo, quien la asesora en todos los aspectos que tienen que ver con la salud y los aportes estatales a los que ella tiene derecho, además de vincularla con redes que le ayuden a aliviar la sobrecarga de trabajo. Eva la considera como la hija que nunca tuvo, porque en este tiempo le ha enseñado a valorizarse y cuidarse mejor.

Si bien hoy vive con su hijo menor, Marco Antonio (40), es gracias a las espectaculares mantas que teje a crochet con lana reciclada, al pan y a las tortas que vende, que Eva sostiene su precario hogar.

Paulina Contreras, admira el tesón y la perseverancia de esta mujer. En esta ocasión, su visita incluye que le lleve pañales para su marido y sus cédulas de identidad con las que les ayudó a postular a los bonos IFE. “En general las cuidadoras que nosotros apoyamos son en su mayoría mujeres muy vulnerables, con escasas redes de apoyo, sus familias se han alejado por un tema de prejuicios con el tema de la salud mental. Entonces ellas viven una doble vulneración, porque están desprotegidas en lo económico y social. Porque van a los Cesfam, a los hospitales y no están claros respecto a los diagnósticos, a la farmacología. En general, son súper pasados a llevar. No saben muy bien qué hacer ni qué puertas tocar”, denuncia.

Eva Roa le muestra su manta a la monitora social, Paulina Contreras.

La trabajadora social afirma que cada familia, de las 60 que tienen a su cuidado los tres monitores del PAFAM de Valparaíso, es un mundo totalmente distinto. “Nuestro trabajo se sustenta en el vínculo, porque así conocemos las necesidades de cada una. Eva, a pesar de haber pasado por muchas dificultades, es súper resiliente  y tiene muchas ganas de salir adelante. Nosotras apoyamos a su familia de manera integral, entendiendo que tienen carencias económicas y también desde el punto de vista emocional, ya que Eva al estar al cuidado de su marido y de su hijo, cada cierto tiempo tiene problemas de estrés. El acompañamiento es vital”, advierte.

Paulina Contreras está pendiente de que Eva siga con sus controles médicos y que “no se abandone en pos de otros”. Le recalca que ella tiene que estar bien primero. “Las veces que ha querido desistir de su tratamiento, le insisto que no se deje estar. Con Marco a veces se apoya, entre los dos se afirman, pero él tiene tratamiento también por problemas de consumo”.

Postular subsidios, bonos y a todo tipo de beneficio que en plena pandemia están pensados para personas que se manejan en computación, es otra de las tareas que Paulina hace por ellos. “En general con todas las familias existe el mismo problema, y son trámites que requieren el apoyo de personas que sean de su total confianza y eso es lo que yo tengo con Eva y su familia, una relación de confianza”.

Eva es el principal sostén del hogar.

A las oficinas del PAFAM, ubicada en avenida Argentina, en el pasaje La Quinta, llegan a menudo donaciones en ropa que Marco va a buscar para que su madre haga sus tejidos. Este círculo virtuoso contribuye a que la vida de Eva sea menos dura. Alberto ha estado enfermo y postrado por siete años, pero ella lo cuida con esmero y amor aunque se cansa. “Él me trajo a vivir acá que era un sitio pelado, la casa la construimos a puro pulso. Yo no puedo hacer menos por él”, cuenta Eva despidiéndose con una sonrisa.

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