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Hospederías de San Bernardo y Puente Alto

son ahora hogares abiertos para adultos mayores

La pandemia ha traído, además de profundo dolor por las muertes mayoritarias de personas de la tercera edad a nivel nacional, cierres y cambios en algunos programas del Hogar de Cristo. Estas dos hospederías se han transformado en hogares abiertos para adultos mayores autovalentes y vulnerables, gracias a donaciones y al interés por solucionar el grave problema de situación calle que enfrentan.

Por María Teresa Villafrade

Según el Registro Social de Hogares entregado en abril de 2020 por el Ministerio de Desarrollo Social, en Chile hay 15.500 personas en situación de calle, más del doble que hace 15 años (en 2005 eran 7.254). De ellas, alrededor del 43% supera los 50 años y 5.409 sufren enfermedades crónicas. La gran mayoría (6.813) se concentra en la Región Metropolitana, seguida por Valparaíso (1.716) y Biobío (1.384). El 84% son hombres que llevan en promedio 5,8 años viviendo en esas condiciones.

A partir de marzo de 2020, como consecuencia de la pandemia, todas las hospederías de Hogar de Cristo entraron en cuarentena y funcionaron 24×7 para quienes aceptaron quedarse en ellas. Esta medida se prolongó hasta septiembre, mes en que de acuerdo a las medidas del Plan Paso a Paso del gobierno, se fue flexibilizando en las diferentes regiones.

Andrés Millar, director técnico de Inclusión Personas en Situación Calle de la fundación, cuenta que en la práctica se vio más palpable que nunca el que, al no contar con la hospedería, muchos adultos mayores quedaban en total abandono e indefensión. “Desgraciadamente, el SENAMA no tiene respuesta para estos adultos mayores que requieren apoyo de una vivienda colectiva, que son frágiles y viven en calle”, dice.

Por ello y gracias al financiamiento de la empresa MIS Inversiones Ltda, se tomó la decisión de transformar dos de nuestras hospederías en la Región Metropolitana, la de San Bernardo y la de Puente Alto, en hogares abiertos para adultos mayores. “Son abiertos porque aquellos que pueden salir a trabajar, lo hacen. La idea es ofrecerles un servicio continuo, lo que entrega una casa, pero no son residencias ni establecimientos de larga estadía porque se requiere de muchos más recursos para ello y no los tenemos”, agrega.

¿Cómo ha sido el proceso de transformación que vivieron las hospederías? Conversamos con los jefes de cada programa.

LOS HOMBRES LIBRES DE SAN BERNARDO

Para Sebastián Rojas, jefe de la ex hospedería de San Bernardo, no fue fácil despedirse de todos los usuarios menores de 50 años que acudían frecuentemente al lugar ubicado cerca de la Estación San Bernardo del Metro, en la calle Alfonso XIII.

“Teníamos muchas proyecciones con ellos cuando partimos el año 2020, pero pudimos trabajar en un tiempo más acotado su egreso. Tengo la satisfacción que durante toda la pandemia no tuvimos ningún contagio y a la gran mayoría la cuarentena le sirvió para dejar el consumo problemático de alcohol o drogas que tenían”, dice.

Su equipo, formado por cinco personas incluido él, dos de turno de noche y dos de turno de día, se ha abierto con generosidad a recibir a los 11 adultos mayores que en una primera etapa han llegado a vivir allí. El cupo máximo es de 23.

“Todos fueron derivados de otros programas nuestros: cinco vienen de la residencia Josse Van Der Rest, que disminuyó su cobertura; y, el resto, del hogar Padre Hurtado, en Estación Central. Son todas personas del perfil calle”, explica Sebastián Rojas.

“Cuando retrocedemos de fase en la comuna, se genera una dificultad porque si hay una persona de planta con una enfermedad de base, no puede ir a trabajar. Es complejo reclutar gente nueva, conseguir reemplazos”. Su principal preocupación es mantener activos y entretenidos a los nuevos usuarios, con actividades planificadas. “Afortunadamente tuvimos a un grupo de estudiantes de la Universidad Católica que nos apoyó en un proyecto de jardinería, pero está supeditado a que estemos o no como comuna en alguna fase del Paso a Paso”, explica.

Al igual que al resto de su equipo, esta es su primera experiencia de trabajo con adultos mayores exclusivamente: “No nos ha costado. Ha sido bastante favorable, porque creo que lo mejor que hago es estar con ellos, conversar, hacerlos sentir que son personas iguales a mí, saludarlos por su nombre, atenderlos desde esa lógica. Son más francos y transparentes. Hasta ahora ha sido una grata experiencia porque están contentos”.

El encierro los tiene a todos un poco complicados. “Se aburren un poco. Esperemos que a medida que la pandemia lo permita, podamos realizar más cosas. Tenemos bingo, juegos de mesa, hartos libros, sopas de letras. La libertad para ellos tiene mucho más valor que para nosotros. Esto tendrá que pasar en algún minuto, queremos ser una alternativa más allá del techo, pan y comida”, concluye refiriéndose al COVID-19 y sus consecuencias.

LOS ADULTOS CON FUTURO DE PUENTE ALTO

La psicóloga Carolina Mena es desde hace cuatro años la jefa de la hospedería de Hogar de Cristo en Puente Alto. Cuenta que desde el estallido social en octubre de 2019 que dejaron de funcionar así, dando los servicios básicos de ducha, alojamiento y alimentación a partir de las 6 de la tarde a las personas en situación de calle. “Cuando se produce el estallido, empezamos a tener a la gente durante el día, ya que Puente Alto se convirtió en una zona crítica con muchas manifestaciones. Nuestra gente de calle tendía a ir siempre a la plaza de Puente Alto, donde hubo mucha violencia. A partir de entonces ya nunca más funcionamos como hospedería sino como casa transitoria de acogida”, revela la profesional.

A partir de este año, ya es en propiedad  un hogar abierto para adultos mayores de 50 años. Ya han sido trasladadas 10 personas desde la Casa Josse Van der Rest y del hogar abierto Padre Hurtado que dejó de funcionar. En total, atienden a 22 adultos mayores –su máxima capacidad– que vivieron en situación de calle y cuyo promedio de edad es de 65 años. Antes, tenían capacidad para 32 participantes.

Seis personas conforman la planta. “Estábamos acostumbrados a trabajar con adultos mayores, pero las que nos han derivado requieren de más atención, porque tienen múltiples enfermedades asociadas y problemas de desplazamiento. Hemos tenido que ordenarnos con la entrega de fármacos, porque debemos ser muy minuciosos”, aclara.

Cuenta que la unidad está ubicada en medio de la población Teniente Merino, en el pasaje Las Rosas, a cinco minutos en vehículo de la plaza de Puente Alto. “Es una población que tiene mucho microtráfico y prostitución, pero los mismos vecinos y la gente del sector nos cuidan harto, nos valoran y esa es una garantía para nosotros. Somos una residencia  muy cómoda, de pequeñas dimensiones, en la que duermen dos por dormitorio, cada uno tiene su clóset y su locker”, señala Carolina Mena.

Para ella, tiene su encanto trabajar con adultos mayores: “Me gusta sentarme a conversar con ellos sobre sus historias de vida, lo que han vivido y lo que quieren en estos momentos. Porque se tiene el mito de que ellos no tienen grandes expectativas de futuro y sí las tienen, hay metas que quieren cumplir y es bastante rico trabajar con ellos ese aspecto”.

Al igual que Sebastián Rojas, destaca el hecho que a raíz de la pandemia, ningún de los usuarios sigue consumiendo alcohol. “Hemos sido testigos de sus cambios, tanto físicos como emocionales. En este momentos varios salen a trabajar. A cada uno le compramos mochila, alcohol gel, líquido desinfectante, mascarillas, hasta vasos por si toman agua en la calle, les proveemos todos los elementos de protección personal”.

Cuando llegan, se les toma la temperatura y relatan dónde y con quiénes estuvieron, por un tema de trazabilidad. Cuenta que hubo contagio en junio de 2020, tanto de adultos mayores como de trabajadores, incluso ella se contagió. Sólo se tuvo que lamentar un fallecimiento. “Al ser llevada esa persona al hospital con COVID-19, allá se agravó por una bacteria intrahospitalaria”, explica.

Agradece a la Corporación de Salud de Puente Alto por la notable labor de acompañamiento, a sus médicos, enfermeras y Tens que diariamente les revisaban su estado de salud. “Ahora vienen una vez al mes a vernos. También nos colabora mucho el doctor voluntario, José Luis Contreras, fundador del primer policlínico para personas en situación de calle del hospital Sótero del Río. Es nuestro médico de cabecera y nos responde a cualquier duda que tenemos, es un gran cooperador”.

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