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Jóvenes de la UDD

transformaron el cemento en un jardín

En el contexto de la Semana I que organiza cada año la Universidad del Desarrollo, un grupo de jóvenes junto a dos profesoras, se comprometieron a cambiarle la cara patio del programa para personas con discapacidad mental de Estación Central. En 2020, ambas docentes ya habían liderado la construcción de una sala multisensorial en el mismo recinto. Lo que dibujan, se hace.

Por María Luisa Galán

Transformar el cemento en tierra, el patio seco en un jardín frondoso, fue el objetivo de veinticuatro jóvenes estudiantes de la Universidad del Desarrollo junto a sus dos docentes, la diseñadora Cecilia Ovalle, y la arquitecta Macarena Urzúa. Esto en el contexto de la Semana I que cada año organiza el centro de estudios, donde alumnos y profesores eligen un desafío, un proyecto que deben ejecutar en un plazo determinado. Hubo muchos, pero este grupo se aventuró por el Centro de Acogida Residencial para personas con discapacidad mental ubicado en Estación Central. Las educadoras ya lo conocían, el año pasado hicieron junto a otro equipo una sala multisensorial, todo un ejemplo de que lo que se piensa y dibuja se hace realidad.

“Re significar lo existente, el valor de lo exterior en tiempos de pandemia”, se llamó la iniciativa. En palabras de Macarena: “Nos dimos cuenta que había espacios de carácter público que a nuestro parecer eran lo primero que arreglar, porque ahí es donde se genera el encuentro. Y en pandemia, sobre todo, el espacio exterior. Entonces llegamos a esto del ‘espacio oculto que quiere ser visto’. Lo que hoy es un patio, transformarlo en un jardín. Hay limitantes de funcionamiento, tienen que pasar silla de ruedas, por ejemplo, pero es ahí donde nace la idea del auto cultivo y la economía circular. Ellos trabajan la tierra, producen su alimento, el alimento se consume y hay una acción directa de ellos en esto. Resignificar este lugar principalmente tiene que ver con rescatar la tierra e incorporarla. En este espacio va a haber grandes soportes de madera para tener hierbas, plantas, flores silvestres, donde esto se tiña de vegetación”.

Precisamente, además del embellecimiento del patio del CAR con nuevas plantas y flores, el proyecto contempló hacer un mural, el cual estuvo coordinado por los jóvenes estudiantes y la fundación Metro 21, una galería de arte urbano que opera en Santiago y que, como se lee en su brochure, “busca situarse como un espacio de exploración de los nuevos lenguajes visuales del muralismo y graffiti contemporáneo”.

“Tiene que ser un relato gráfico de algo que tenga que ver con lo que pasa acá y así lograr empatía con sus habitantes”, dice Cecilia Ovalle, una de las docentes que lidera el proyecto. Agrega que los veinticuatro estudiantes se dividieron en equipos. Uno a cargo del mural, otros de las compras y logística, unos con los acogidos, explicándoles la importancia de regar y mantener viva la flora que se iba a instalar y el grupo a cargo de la construcción y el jardineo. Uno de los jóvenes que participaron en esta última tropa fue Alfonso Uribe, que fue captado por las cámaras cual Padre Hurtado con chuzo en mano labrando la tierra. “Ha sido entretenido. Me gusta mucho el tema de los jardines, picar con el chuzo, como ven en algunas imágenes”, explicó el estudiante de segundo año de kinesiología durante el primer día de trabajos, con un intenso sol sobre el antiguo barrio Chuchunco.

CHAO ZOOM

La mayoría de los jóvenes que participaron de este desafío vivieron su primer año universitario en  pandemia, no es de extrañar entonces que muchos optaran por este proyecto que combinaba lo presencial con lo telemático. Hubo sorpresas. “Hicimos un video invitando a los estudiantes de arquitectura y diseño, que son las disciplinas nuestras y que sabemos que van a tener un poco más de expertise, pero a los que más les llamó la atención fue a los de salud. Hubo estudiantes de obstetricia, medicina, kinesiología y también de derecho. Y, claro, diseñadores y arquitectos. Nosotros no conocíamos a los alumnos, no sabíamos con qué herramientas contábamos para lograr la misión”, dijo Cecilia.

“Lo escogimos porque buscábamos algo que nos sacara de la casa, que no fuera online, y nos encontramos con este proyecto para aportar con lo que pudiéramos”, agregó Alfonso. Y su compañera de carrera, Belén Saavedra, compartió también su experiencia. “Fue nuestra primera semana I y escogimos este proyecto semipresencial que fue muy enriquecedor ver a la gente que estaba esperando la sorpresa que les teníamos. Estamos sorprendidos porque no pensamos que iba a ser un voluntariado tan lindo. Me sorprendió el amor que le tienen los residentes a sus terapeutas, a su equipo, se nota mucho”.

Y viene más. Las profesoras dicen que este no será el último proyecto con el CAR. “Para el próximo año tenemos el lugar visto acá en el CAR. Está nuestro disco duro”, dijo Macarena.

Un dato importante. La compra de materiales para este  proyecto fue posible gracias al aporte económico de Empresas AASA Lo Valledor y Empresa Constructora Guzmán y Larraín. ¡Gracias por involucrarse y contribuir al bienestar de nuestros acogidos!

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