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Juan Rojas: “Perdí matrimonio, hija y dignidad”

Después de siete años viviendo “en las tinieblas”, entre el consumo, el hambre y un ruco en los cerros de Valparaíso, Juan Rojas está aprendiendo a vivir de nuevo. Una vivienda, un trabajo estable y el acompañamiento de Hogar de Cristo le han devuelto algo que creía perdido para siempre: el amor propio y la esperanza de volver a encontrarse con su hija.
Por María Teresa Villafrade Foncea
Septiembre 8, 2026

Juan Rojas se define como un hombre “voluntarioso”. Lo dice con una mezcla de orgullo y pudor, sentado en el departamento donde hoy empieza a escribir una nueva etapa de su vida. Le cuesta todavía creer que tiene una llave, una cama, un lugar donde guardar sus cosas y, sobre todo, un espacio que puede llamar suyo.

Durante siete años vivió, según sus propias palabras, “en las tinieblas”. El consumo problemático de drogas y alcohol fue arrasando con todo lo que había construido: perdió su matrimonio de 22 años, se alejó de su hija, hoy de 27, y terminó perdiendo incluso aquello que parecía más difícil de perder: su autoestima, amor propio y dignidad.

“Todos mis familiares ya no creían en mí. Yo era un experto en manipular, en mentir y en hacerme la víctima. Eran mis fortalezas y son las de toda persona adicta. Pero no me daba cuenta de que esos tres factores me hacían daño, todos los días me hacían daño. Y consumía y consumía y consumía. Trabajaba para consumir”, recuerda.

Hoy habla de ese pasado sin esconderlo. Tampoco busca excusas.

El consumo, el hambre y el ruco en los cerros de Valparaíso son parte de una historia que, poco a poco, comienza a quedar atrás. Una historia que Juan pudo empezar a cerrar después de un largo proceso de recuperación y gracias a una oportunidad que nunca imaginó: ser parte de Vivienda Primero, el programa de inclusión habitacional de Hogar de Cristo.

En su departamento en Copiapó, Juan Rojas comenzó en abril de 2026 su nueva vida, dejando atrás siete años de situación calle.

El modelo pone la vivienda como punto de partida y no como una recompensa final. Está dirigido a personas mayores de 50 años que han vivido largos períodos en situación de calle y combina el acceso a un hogar con acompañamiento social y psicosocial para que puedan recuperar progresivamente su autonomía.

En Copiapó, Vivienda Primero comenzó a funcionar en abril de 2026. Hogar de Cristo arrendó y alhajó nueve departamentos, financiados por el Ministerio de Desarrollo Social y Familia, para recibir a 18 personas seleccionadas por la Subsecretaría de Servicios Sociales. Cada vivienda es compartida por dos participantes y el equipo acompaña de manera permanente el proceso de adaptación, convivencia y reconstrucción de sus proyectos de vida.

Juan es uno de ellos.

“YO ERA UN BUEN ESPOSO”

Antes de la calle y de la droga, Juan recuerda otra vida. “Yo era un buen esposo, preocupado de mi familia, de mi suegra”.

Durante 22 años estuvo casado. Trabajaba, tenía una familia y una hija por la que hoy siente una enorme necesidad de recuperar el tiempo perdido. Pero llegó una depresión profunda y comenzó una etapa que él define como “negra”.

La vida se fue desordenando hasta que terminó en Valparaíso, viviendo en la calle. Allí conoció una realidad que, dice, es difícil de explicar a quien nunca la ha vivido.

“Una de mis cosas fuertes que yo he tenido desde que tengo uso de razón es ser bien voluntarioso. Pero la gente, a uno, por la condición de drogadicto, lo mira mal, mal, mal. Lo discrimina de una forma que usted ni se imagina”.

Juan cree que esa discriminación puede terminar hundiendo todavía más a una persona.

Juan sabe que a cualquier persona le puede pasar lo mismo que a él. “La droga no distingue clase social”, dice.

“En vez de ofrecerle un platito de comida, en vez de ofrecerle una ducha, en vez de ofrecerle una ropita limpia, le ofrecen droga. Entonces, ¿cómo van a ayudar a una persona así?”.

Conoce de cerca el círculo que se genera alrededor del consumo y que hace tan difícil salir de él.

“Generalmente uno, en la condición de drogadicto, se inclina más a convertirse en un sirviente de las personas que trafican. ¿Por qué? Porque se le hace más fácil conseguir la droga. Lo mandan a comprar, lo mandan a barrer, lo mandan a hacer esto, lo mandan a hacer esto otro. Entonces el pago de eso es con droga”.

Así, explica, se construye un vínculo del que cuesta muchísimo escapar. “Porque tiene todo servido en bandeja”.

CRISTO Y LA PASTORA

Juan lleva 15 años viviendo en Copiapó. Llegó hasta allí acompañado por una hermana, que intentó alejarlo de las drogas y comenzar una vida nueva lejos de Valparaíso. Pero la herida psicológica era demasiado profunda. “Me trajo una hermana para alejarme de las drogas, pero aquí recaí. Mi parte sicológica estaba muy mal”.

La salida apareció de una manera inesperada.

Juan llegó a la casa cristiana de la pastora Paola Contreras, donde permaneció cuatro años internado. Allí comenzó un proceso que él considera decisivo para su recuperación. La historia de Paola también ha sido conocida por los equipos de Hogar de Cristo que trabajan en Copiapó con personas en situación de calle y consumo problemático.

“Me comprometí a cambiar mi vida de una vez por todas, porque se me estaba pasando el tren, por así decirlo, de una forma gráfica. Estaba poniéndome viejo, no tenía dónde caerme muerto, no tenía dónde dormir”.

Entonces tomó una decisión.

“Lo único que me podía ayudar de verdad era Cristo y él me tiene así. Fue una decisión radical y aquí estoy”.

Juan habla de su fe como uno de los pilares que lo han sostenido durante estos años. Cuando enumera a quienes lo ayudaron, no menciona solamente grandes gestos. También recuerda los pequeños. “Gracias a todas las personas, al programa Calle, al Hogar de Cristo y a todas las personas que de una u otra forma han colaborado conmigo con un granito de arena. Ya sea con un buen trato, en preocuparse qué te falta, en preguntarte cómo estás”.

Y agrega algo que parece sencillo, pero para él no lo es.

“Muchas veces con una cosa tan pequeña, pero que es grandísima: un saludo, un beso en la mejilla. Es una cosa bien reconfortante para uno, porque siente que hay alguien que está ahí al lado preocupándose de uno”.

“LA DROGA NO DISTINGUE CLASES”

Juan ha decidido mantenerse alejado de los ambientes donde antes se desenvolvía. Sabe que para él cualquier situación de tensión puede transformarse en un riesgo.

“Ahora yo no frecuento ese ambiente más y es por un tema de seguridad mía. Lamentablemente, nosotros cuando caemos en este mundo de la drogadicción nos hacemos enfermos para el resto de nuestras vidas”.

Por eso se cuida.

“Cualquier cosa que atente contra nuestra tranquilidad gatilla en nosotros eso, el consumo”.

Su estrategia es alejarse de aquello que puede desestabilizarlo y apoyarse en las herramientas que ha adquirido durante su proceso de recuperación.

“Como tengo a Cristo Jesús en mi corazón, yo me afirmo en él en ese tipo de cosas. Le pido que me ayude, que me dé tranquilidad, que me dé paz”.

Juan observa también con preocupación el aumento que percibe en el consumo y la aparición de nuevas drogas. Pero cuando se le pregunta qué lleva a una persona a terminar en la calle, su respuesta no apunta solamente a las sustancias.

Habla de la familia.

“El desapego familiar, problemas desde la infancia. La droga no distingue clase social”.

Lo sabe porque lo vio en Valparaíso.

“Vi a muchas niñas de buena familia, en sus buenos vehículos, comprando droga”. Para él, uno de los factores más determinantes está en las carencias afectivas que comienzan mucho antes de la vida adulta. “Es un círculo vicioso. Es un patrón que se crea desde que los abuelos, los bisabuelos fueron drogadictos, fueron traficantes y eso se va pasando generación en generación”.

Vuelve al punto que considera fundamental: el afecto. “Es la falencia más que nada de afecto del papá y la mamá hacia el hijo, de protegerlo al hijo”.

UNA ENCUESTA QUE CAMBIÓ SU VIDA

La puerta hacia Vivienda Primero se abrió de manera casi casual.

Mientras estaba en la casa de la pastora Paola, llegaron unos jóvenes a realizar una encuesta a personas que habían participado en el Programa Calle. “A mí me llamó la atención y les pregunté, por curiosidad, qué posibilidad había de que yo participara en eso”.

Juan pensaba principalmente en trabajar. Quería emprender y desarrollar sus habilidades como cocinero y panadero. Pero pronto descubrió que el programa tenía un propósito mucho más amplio.

“Gracias a Dios que quedé y ahí empezó el cambio conmigo”.

Durante dos años recibió apoyo psicológico y acompañamiento. Ese proceso le permitió descubrir que todavía tenía capacidades, proyectos y posibilidades. “Me di cuenta de que todavía tengo alto potencial en todo sentido. Entonces me empecé yo mismo a fortalecer, a recuperar mi amor propio, mi autoestima y todas las cosas que la droga me había llevado”.

Pasaron los años. Juan asistió a las sesiones, cumplió con los compromisos y sostuvo su decisión de no volver al consumo. “Me comprometí a no caer nunca más en eso. Nunca más. Me comprometí. Hasta el momento lo he cumplido”.

La trabajadora social de Hogar de Cristo, Odila Yañez, recalca la importancia del programa Vivienda Primero para alcanzar una real inserción.

Vivienda Primero llegó después.

En Copiapó, el programa busca precisamente eso: que la vivienda sea la base desde la cual una persona pueda reconstruir su vida, recuperar autonomía y fortalecer sus vínculos. No se trata solamente de entregar las llaves de un departamento. El equipo de Hogar de Cristo realiza un acompañamiento permanente, con planes de trabajo personalizados y apoyo para la vida cotidiana y la convivencia. “Ellos se dan cuenta de cómo uno sí, de verdad, quiere cambiar”.

PROBLEMAS DE CONVIVENCIA

Hay otro cambio del que Juan habla con especial orgullo: su trabajo. Lleva nueve meses como conserje en un edificio de 79 departamentos. La cifra puede parecer pequeña para cualquiera que haya tenido una vida laboral estable. Para él significa muchísimo. Cuando estaba sumido en el consumo, sus trabajos no duraban más de tres meses.

Tiene responsabilidades. Tiene horarios. Vecinos que lo conocen. Un sueldo que administra. Y tiene algo que durante años no tuvo: continuidad.

Cuando le explicaron qué era Vivienda Primero, Juan sintió que se trataba de una oportunidad extraordinaria.

Juan Rojas junto a Odila Yáñez y su compañero de Vivienda Primero, Roberto Mesías, con tiene una excelente convivencia.

Recuerda las reuniones con Odila Yáñez, la trabajadora social a cargo del programa en Copiapó, y con otros integrantes del equipo. Allí conocieron experiencias de personas que habían sido beneficiadas antes y entendieron que también ellos podían asumir el desafío.

La selección consideraba el proceso que cada participante había realizado, su comportamiento, su responsabilidad y los avances logrados.

“Ellos veían a quién postulaban. A los que más nos portábamos bien, a los más responsables, a los que ellos sí veían un cambio de verdad en nuestra vida”.

Juan tenía claro que, si no resultaba seleccionado, no perdería lo que ya había conseguido.

Finalmente, llegó la noticia.

Primero vivió en otro departamento compartido. La experiencia no resultó bien. Su compañero mantenía un estilo de vida que Juan ya no quería para sí. “Él está todavía en ese mundo”.

No se refiere solamente a lo que ocurría dentro del departamento, sino a la vida que su compañero mantenía afuera.

“Cuando tiene plata, él sale de ese departamento y hace cosas que yo hacía y que hoy no quiero para mi vida”.

La convivencia también se hizo difícil por razones de higiene y hábitos cotidianos.

Es allí donde aparece uno de los grandes desafíos de Vivienda Primero: aprender nuevamente a vivir bajo un techo, junto a otra persona, después de años —o décadas— en la calle.

Odila Yáñez lo explica desde su experiencia acompañando a los participantes en Copiapó: las personas que han vivido más tiempo en situación de calle y que nunca han tenido una vivienda propia pueden tardar más en adaptarse a ella. La convivencia entre dos personas con historias y hábitos diferentes es uno de los principales desafíos del programa. Por eso el acompañamiento psicosocial es permanente y cada participante cuenta con un plan de trabajo personalizado.

UNO ENTRE 18

Para Juan, en cambio, la experiencia de vivir bajo un techo comienza a tener otro significado. No se trata solo de dormir protegido. Se trata de aprender a habitar, a cuidar, a trabajar.

A cumplir horarios, cocinar, administrar el dinero, recuperar hábitos. Devolver a sentirse parte de una comunidad.

Pero hay algo que todavía le duele más que cualquier pérdida material, su hija.

Tiene 27 años y Juan quiere volver a verla. “Quiero pedirle perdón”.

No sabe todavía cómo será ese encuentro. Tampoco puede recuperar los años que pasaron. Pero ahora, desde su departamento y después de haber sostenido un largo proceso de recuperación, siente que tiene algo que antes no tenía: la posibilidad de intentarlo.

Sabe que necesitará tiempo para reconstruir la confianza de quienes dejaron de creer en él, pero ya no está en el mismo lugar ahora trabaja. Tiene una casa, una rutina y personas que lo acompañan.

“También quiero ver a mi mamá. Ella va a cumplir 90 años”.

Vivienda Primero no le devolvió mágicamente los años perdidos ni borró las heridas. Le dio algo más concreto y, al mismo tiempo, profundamente simbólico: un lugar seguro desde donde comenzar a reconstruirlos.

En Chile, el programa nació en 2019, inspirado en el modelo Housing First, y hoy atiende a personas con largas trayectorias de vida en calle en distintas regiones del país. La vivienda se entrega sin exigir como condición previa haber terminado un tratamiento o rehabilitación: es precisamente el hogar el que se convierte en la base para comenzar a trabajar los demás aspectos de la vida.

En Copiapó son 18 historias que comenzaron a cambiar este año.

La de Juan es una de ellas.

VIVIENDA PRIMERO ES FINANCIADO POR EL MINISTERIO DE DESARROLLO SOCIAL Y FAMILIA