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Testimonio del Programa Ambulatorio de Temuco:

“Descubrí que no todo estaba acabado”

Cerca de un año de proceso terapéutico por consumo problemático de alcohol y otras drogas llevan José e Iván en Temuco. En tiempos en que la salud mental se ha deteriorado por la crisis sanitaria y social, por la incertidumbre y el encierro, ellos decidieron hacer un quiebre y creyeron en sí mismos para cambiar sus vidas. Aquí dos testimonios de que sí se puede.

Por María Luisa Galán

Doctores de indistintas especialidades le dijeron que su caso era un milagro. El 20 de febrero de 1992, José Alvarado (55), tuvo un accidente automovilístico en Concepción. Había llegado desde Temuco hacía unos meses a la ciudad penquista para trabajar en una empresa cervecera, gracias a un dato de su hermana. Cuatro días antes,  había chocado, pero sin mayores consecuencias, excepto su automóvil que había quedado en un taller de reparaciones. Por eso, la mañana del 20 de febrero lo pasó a buscar un compañero para llevarlo a Talcahuano, donde estaba la empresa. “Nos chocó un vehículo. No sabemos si mi colega pasó o los otros pasaron con rojo. El accidente fue grande. Nos dimos vuelta. Chocamos con una camioneta, una casa… Fue terrible”, cuenta hoy José Alvarado, desde Temuco, su ciudad natal.

Llegó al Hospital de Concepción donde sufrió un paro cardiaco. Estuvo cinco minutos muerto. Volvió a la vida y unos días después, le dio otro ataque al corazón. Estaba mal, en la UCI. Allí estuvo en estado de coma durante 22 días. No había mucho que hacer, sólo trasladarlo a Santiago, pero sus padres se negaron. Lo que sí, debido a que fue un accidente laboral, fue transferido al Hospital del ICT de Talcahuano.

“El día 21, una viejita se dirige donde mis papás, que estaban en el hospital, y les dice: ´¿Por qué están tristes?´. Le contestaron que su hijo había tenido un accidente y que estaba a punto de morir. Entonces la viejita saca una estampita de Santa Teresa de los Andes y se las pasa. ‘Si cree en Dios y en Santa Teresita, su hijo se va a salvar. Oren y recen en nombre de ella’, les dijo. El día 22 salí del estado de coma”, cuenta José. Para ese entonces, muchos ya lo daban por muerto. Un tío cura le había dado la unción de los enfermos, habían comprado el féretro, el nicho estaba listo y su abuela tenía arreglada su casa para el velorio.

El movimiento de un dedo meñique fue el aviso de que estaba vivo, que había vuelto. Sin embargo, los doctores advirtieron a sus padres que podía quedar en silla de ruedas, paralítico o parapléjico. “Como sea, pero que quede vivo”, respondieron sus atribulados padres. Pero nada de eso ocurrió. Hoy camina y habla sin problemas. Tuvo una recuperación exitosa.

-¿Se acuerda algo de esos 5 minutos muerto?

-Tengo una laguna mental de 70 días. Diez días antes y 60 días después del accidente están borrados para mí. Lo único que recuerdo de ese período fue que desperté encima de una capa nubes. No estaba claro ni oscuro y no había nadie a mí alrededor. No tenía hambre, sed, no tenía sufrimiento, no me dolía la cabeza, no me faltaba nada. Tenía todo. No sentía miedo. Pero sí me di cuenta que mucha gente lloraba por mí, abajo, los sentía. Y me empecé a desesperar, a ponerme nervioso, cerré los ojos y volví, ahí fue cuando desperté del estado de coma. Pero no vi el túnel ni nada de eso.

Veinticinco años tenía José cuando ocurrió el accidente. Luego de su trágico paso por Concepción, volvió a su natal Temuco, ciudad que desde su infancia fue testigo de su amor por el fútbol. Para ese entonces, le habían dado pensión de invalidez, porque a pesar de que estaba bien físicamente, su memoria le fallaba, además de tener otros problemas producto del accidente. Al final, los médicos optaron por darle una pensión de invalidez de por vida.

Quiso volver a jugar fútbol y el doctor le dio el pase. Le dijo: “Aguantaste con tu cabeza un furgón, cómo no vas a aguantar un pelotazo”, recuerda José. Pero según cuenta, las amistades le dieron la espalda, “ellos no querían que me pasara algo, recibir un pelotazo, un codazo, pelotazo que pudiera ser perjudicial. Pero les decía que no iba a pasar. El fútbol en ese tiempo era todo para mí y de ahí me alejé de todas las amistades”, dice quien fuera jugador en Colo Colo, San Antonio y Católica de Temuco.

Empezó a trabajar como vendedor ambulante, le iba bien y con los años hizo otras amistades que lo condujeron al consumo de marihuana. “Mi tranca era no poder volver a ser el mismo de antes. Me refugié en eso, en el consumo de la marihuana y eso me hizo mal, me atrapó. Hice sufrir a mi papá, sobre todo a mi mamá que vive conmigo. Pero nunca fui de estar en la calle”, dice.

Junio del año pasado fue la fecha que identifica como su punto de quiebre. Una discusión con su hijo de 25 años fue el puntapié para comenzar a cambiar. Ingresó al Programa Terapéutico Ambulatorio (PTA) del Hogar de Cristo en Temuco especializado en el tratamiento por consumo problemático de alcohol y otras drogas. Debido a la pandemia ha tenido algunas sesiones presenciales, otras virtuales, todas con un equipo multidisciplinario que lo ha acompañado en estos casi doces meses de proceso terapéutico. Está feliz y agradecido de esta etapa. “Recuperé la confianza de mi familia. Descubrí que no todo estaba acabado. Decía: ‘Nunca voy a salir de esta cuestión’ y resulta que puse de mi lado y me di cuenta que tenía pena, por la desconfianza que me tenía mi hijo que es lo que más quiero. Dije, entonces, no más. Ahora tengo el cariño, el amor, la dedicación y confianza de mi familia”, dice con orgullo.

LO HICE POR MÍ

Iván Lepiman (35) también lleva casi un año en el PTA de Temuco. “El apoyo que me ha dado el equipo ha sido súper bueno. Los terapeutas me han ayudado a mejorar mi vida, me han tirado para arriba por las cosas que han pasado en mi vida. Me metí al programa porque tenía problemas con las drogas y el alcohol y ellos me han ayudado mucho”, dice, feliz porque pronto le darán de alta.

“Cambié en el sentido de preocuparme por mi familia, y estoy con mi pareja con quien queremos comenzar una vida de familia. Antes no era de hacer las cosas que se hacen en el hogar, con el tiempo fui cambiando y me di cuenta que yo hacía falta en mi hogar, como arreglar cosas que no ellos no podían”, cuenta Iván, quien estima que su consumo duró cerca de 15 años.

La pandemia lo ha afectado mucho en el ámbito laboral. Trabajaba apatronado, como chofer de grúa horquilla, pero debido a algunos problemas, decidió emprender solo en el rubro de la jardinería. “Me compré mis cosas. Ahora veo más la plata, antes no lo hacía por el tema de las drogas y el alcohol. He ahorrado plata para tener más cosas que me faltan, como herramientas”, relata desde la capital de La Araucanía.

¿Cómo llegó al mundo de las drogas? Cree que en primera instancia fueron las juntas, también lo atribuye a que a su papá y mamá que les gusta el alcohol. “Viví en un mundo así, pero ahora ya estoy saliendo. Llevo un año sin beber alcohol ni nada que finalmente hacen daño. Me di cuenta que nunca es tarde para revertir las cosas, pero lo hice porque tenía muchos problemas. Acarreé muchos problemas por las drogas y el alcohol. Lo hice por mí, en ese sentido nadie me apoyó. Me estaba metiendo en problemas con muchas personas y eso se fue acumulando. Al final vi que mi vida no iba bien y quería otra vida para mí, quería cambiar y necesitaba un empujoncito para poder salir de las drogas y el alcohol”.

Ese empujoncito lo encontró en el equipo terapéutico del PTA. “Nunca pensé en llegar al programa. Primero fui al consultorio para que me ayudaran, me dieran pastillas para no tomar más y ver un psicólogo, pero no tenían personal. Pero sí me recomendaron fundaciones y aquí estoy”, dice feliz por su logro.

José e Iván son personas que a pesar de sus historias y dificultades, decidieron cambiar sus vidas. Y el Covid -19 y la consiguiente crisis sanitaria y social no fue una limitante. En tiempos en que los problemas asociados a la salud mental ha aumentado, ocupando Chile el segundo lugar entre 30 países donde más ha empeorado en este ámbito en pandemia, su resiliencia y capacidad de volver a comenzar es valorable; recurriendo y pidiendo apoyo a un programa ambulatorio con cerca de 10 años de experiencia.

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