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Rehabilitación femenina: Por qué las mujeres piden menos ayuda

Marzo con eme de mujer, mes en que se nos homenajea y visibiliza, pero donde un tema es poco abordado: la escasa oferta de tratamiento por consumo de alcohol y otras drogas. Si bien existen centros donde ellas pueden hacer terapias junto a sus hijos en edad preescolar, aún éstos tienen enfoques masculinos y poco centrados en las necesidades de ellas. Aquí analizamos el problema.

Por María Luisa Galán

“¿Cómo te vas a ir por seis meses a tratamiento?”, “¿Estás loca?”, “¿Qué hago yo con los niños?” Son algunas de las frases que escuchan muchas mujeres cuando quieren hacer un proceso de rehabilitación por consumo de alcohol y drogas. Si bien es cierto que estadísticamente los hombres son los que tienen las tasas más altas de uso problemático de sustancias, también hay un porcentaje que las afecta a ellas y que al igual que ellos, requieren de asistencia y apoyo. Y aunque no existen datos certeros de cuántos centros ambulatorios o residenciales existen para mujeres y hombres a nivel nacional, privados o públicos, sí se sabe que del total de personas que reciben tratamiento: el 31,3% corresponde a mujeres.

En Chile existen dos posibilidades de tratamiento provistos por el gobierno de forma directa o indirecta, ya sea ambulatoria o residencial. Uno es a través de un plan general mixto orientado a hombres y mujeres sobre los 18 años afiliados al Fondo Nacional de Salud (FONASA). El otro está enfocado exclusivamente en la población femenina, también mayor de edad, perteneciente a FONASA, donde aquellas embarazadas o con hijos menores de cinco años, pueden hacer un tratamiento residencial junto a los niños.

Pero más allá de las cifras, las mujeres se enfrentan a una serie de escollos que no figuran en las estadísticas: el estigma, el rechazo y todas las vallas que deben sortear para ingresar a un programa terapéutico. “Para una mujer que es madre son demasiadas las barreras sociales que debe superar para decir: ‘Necesito apoyo’. Y lo que termina pasando es que llegan mucho más deterioradas al tratamiento porque han esperado más”, comenta Carlos Vöhringer, psicólogo y director técnico de protección integral y apoyo terapéutico del Hogar de Cristo, sobre mujeres y oferta programática para rehabilitación por consumo de alcohol y otras drogas.

Agrega: “Los roles de la mujer han hecho que históricamente consulten menos en temas de salud mental, particularmente en drogas. Sobre todo las que son madres por un el estigma asociado a los consumidores de drogas en general. Además, el mayor peso del cuidado de la familia se lo llevan las mujeres. Entonces, ¿qué pasa si esa mujer se enferma? ¿Si necesita hacer una pausa y salir de su casa? Porque ahí tienen que asumir otros y esos otros, que suelen ser hombres, no están preparados, dispuestos, ni socialmente validados para hacerse cargo. No digo que no esté cambiando, pero sigue operando así la sociedad y a menudo los sistemas familiares corcovean”.

EL ROL FEMENINO

Otro dato que alerta y que da cuenta de cuán frágil y sola está la salud mental de las mujeres, es el tiempo de permanencia en sus tratamientos. De acuerdo a un estudio realizado el 2020 por la Dirección de Presupuesto (DIPRES) del Ministerio de Hacienda en conjunto con el Centros de Estudios de Justicia y Sociedad de la Universidad Católica, 1 de cada 4 mujeres abandona su terapia.

“En este tema se observó una diferencia de género, pues son en su mayoría las mujeres quienes se vieron imposibilitadas para continuar en el programa por tener que hacerse cargo del cuidado de sus hijos e hijas. En general, señalan que no tienen a alguien más que acudir para que puedan apoyar la tarea de cuidado, por lo que han tenido que hacerse cargo por sí solas. Para ellas, el tiempo que implica el tratamiento se interpone con algunas tareas familiares y de cuidado. Otras señalan que a lo anterior se suma el tener que cumplir con responsabilidades laborales. La incompatibilidad de responsabilidades hace que finalmente opten por retirarse del programa”, señala el estudio.

¿Qué pasa después del tratamiento? Ese es otro problema, pues, al igual que los hombres, muchas regresan a su mismo lugar de origen del consumo de drogas y además, tal como señala el estudio de la Universidad Católica “las mujeres presentan una menor participación socioeconómica en comparación a los hombres, pues no logran encontrar trabajo”, debido a sus roles de género y cuidado del hogar.

“Una mujer puede dejar la drogas pero no ha resuelto otros temas. No hay que olvidar que las drogas son los síntomas o las consecuencias de otros hechos. Entonces, muchas regresan a la violencia, no son dueñas de su casa, no tienen trabajo ni tienen cómo poder realizarlo.  Y no es sólo responsabilidad del programa terapéutico, sino de cómo trabaja la red para ir proveyendo otros servicios, necesidades, con mirada de largo plazo”, agrega Carlos Vöhringer.

OJO MASCULINO

Un tema no menos importante es el diseño de los programas de tratamiento para mujeres.  Lo señala el estudio de la DIPRESA y la Universidad Católica. “Históricamente las mujeres han estado inmersas en políticas públicas orientadas al tratamiento de drogas y/o alcohol que se han enfocado en la población masculina en su construcción, diseño e implementación, aun cuando la experiencia de mujeres y hombres sean totalmente distintas, lo que responde a factores sociales y culturales anteriores a su drogadicción y/o alcoholismo”.

El programa Manresa del Hogar de Cristo, cuando estaba ubicado en Lampa (hoy en Colina), fue pionero en esta materia. El año 1996, con la presencia del presidente de entonces, Eduardo Frei Ruiz-Tagle y su esposa Marta Larraechea, se inauguró un programa residencial para que mujeres pudieran hacer su tratamiento junto a sus hijos en edad preescolar. Era mixto, pero a pesar de que estaban juntos en el mismo terreno, no estaban revueltos. Había una casa para hombres y otra para mujeres. Con el tiempo ese centro se fue reestructurando y hoy es el Programa Terapéutico Residencial Quilicura.

Programa Terapéutico Residencial para Mujeres – Quilicura

“Desde hace muchos años contamos con un programa para mujeres donde los hijos en edad preescolar las pueden acompañar, incluso mujeres que están embarazadas. Pero era también algo que no se miraba con tanta especificidad. Por mucho tiempo los programas de tratamiento fueron mixtos. No se visualizaba la interseccionalidad de riesgo: ser mujer con consumo problemático, venir de contextos de mayor vulneración y pobreza, hasta que ahora la evidencia comienza a mostrar que las mujeres necesitaban un abordaje diferente a los hombres”, comenta Carlos Vöhringer.

“Respecto a la diferenciación para mujeres, la literatura señala que la mayoría de los programas de tratamiento han sido desarrollados según las necesidades de hombres adultos. Sumado a lo anterior, las mujeres embarazadas, exigen estrategias aún más específicas de tratamiento, ya que éste puede afectarlas tanto a ellas como a sus hijos”, se lee sobre este punto en el estudio de la DIPRES y la  Universidad Católica.

Si bien se ha avanzado en el diseño de programas para mujeres, abriéndoles la oportunidad de hacer su terapia en compañía de sus hijos en edad preescolar, aún quedan aspectos por resolver para acortar la brecha de género. “Ella no está en el programa para seguir siendo madre y en la crianza, porque el ideal es que se enfoque en ella, pero como sociedad seguimos reforzando ese rol. Es decirle: ‘Siga siendo mamá acá dentro’ y muchas veces lo que necesita es que la apoyen en ese rol para que pueda enfocarse en otros aspectos significativos de su vida. Los niños la necesitan, pero también se necesita que emerjan otras dimensiones en ella. Pero efectivamente es complejo”, comenta Carlos Vöhringer.

Agrega: “Como sociedad no hemos sido capaces de mirar que hay necesidades diferentes para las mujeres y que para algunas se requiere abordar temas específicos asociados al género. Por un lado está el porqué las mujeres llegan a tratamiento, pero hay otros elementos relevantes que hacen que las mujeres se puedan reinsertar socialmente de forma efectiva, en temas laborales, vivienda, redes sociales, con grupos de referencias, crianza, y todo eso tiene diferencias con los hombres. Falta una mirada, desde el punto de la mujer, que aborde, esas dimensiones. Pese a que hay programas para mujeres con sus hijos, eso no es lo único que las mujeres necesitan para reinsertarse socialmente”.


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