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Taller de Literatura en ELEAM de Curicó:

Para que no nos olviden

Los recuerdos de hombres y mujeres que desde muy temprana edad tuvieron que dejar sus estudios y trabajar para ayudar a sus familias a sobrevivir en un Chile bastante más pobre y precario, quedaron plasmados en un taller de literatura que realizó la poeta Silvia Rodríguez Bravo en el ELEAM Carmen Martínez, de Curicó. Aquí contamos qué fue lo que contaron y escribieron.

Por María Teresa Villafrade

Diecinueve personas mayores de las 67 que se encuentran en la residencia, aceptaron el desafío de narrar, dibujar y/o contar sus experiencias de vida durante las cinco sesiones que duró el taller de literatura a cargo de la reconocida poeta de la región del Maule, Silvia Rodríguez Bravo, quien ha realizado muchos talleres de creación literaria en cárceles, en residencias del Sename y en centros sociales de distinta naturaleza.

“Trabajar con las personas mayores es siempre muy enriquecedor porque ellos tienen una memoria y un rescate oral que es digno de traer al presente. Incluso sin saber leer o escribir, todos pudieron participar porque en esos casos yo les pedía dibujar sus historias”, cuenta Silvia Rodríguez, cuya labor contó con el financiamiento de la Seremía del Ministerio de las Artes y la Cultura.

La poeta Silvia Rodríguez

Despertar la creatividad, el idear imaginario y la capacidad lúdica fueron los objetivos que ella se planteó al iniciar la jornada. Sin embargo, aclara:

“Hay que considerar que son historias de sobrevivencia en las que hombres y mujeres nacidos de la década del 30 en adelante narran cómo se las ingeniaron para sobrevivir a partir de su extrema pobreza en muchos casos. Pese a la adversidad, lograron sacar una familia adelante. Esos mensajes que ellos dan son fruto del esfuerzo, del sacrificio que hicieron para obtener algo en la vida y me sirven de ejemplo parar otros lugares donde hago talleres”.

-¿Qué fue lo más llamativo de esta experiencia para ti?

-Lo que más me llamó la atención es que aquellos que no sabían escribir, al ponerlos a pintar usaron colores muy vivos. Fue muy emocionante y agradable, porque demuestra que en su interior tienen todavía esperanza y energía para seguir haciendo cosas nuevas.

 

Para Laura Toledo, directora y terapeuta ocupacional del ELEAM Carmen Martínez, el libro en que quedó plasmado este taller es un documento de incalculable valor: “Este año queremos repetir la experiencia, porque para las personas mayores estas actividades los hacen sentir importantes y escuchados. Muchos han participado antes en un taller de teatro, están muy motivados y quedan demasiado contentos.

A continuación, un extracto de algunos de los relatos:

UNA CASA DE ADOBE SIN VENTANAS

“A los 75 años todavía me gustan las rancheras y la cueca. De joven bailaba de corrido con una mina. En los inviernos hacíamos sopaipillas en la casa y en los veranos nos íbamos con la familia al río Claro. En uno de mis últimos sueños yo estaba bailando con mi esposa en una Quinta de Recreo”, escribió José Flores Cáceres, uno de los participantes del taller, y sigue:

“La casa de mi infancia era de adobe, no tenía ventanas. Una vez me eché tunas en el bolsillo del pantalón, mi mami me tuvo que sacar las espinas con harto jabón. Éramos cuatro hermanos, yo era el mayor y las otras tres eran mujeres. Estudié hasta séptimo básico. Recuerdo que nos gustaba hacer guerrillas y tirarnos los cuadernos y las piedras por la cabeza”.

INVIERNOS CRUELES

Rosa Contreras Briso escribió: “Tengo 71 años. Con mis 14 hermanos vivíamos en una casa de madera. Yo era muy peleadora, llegué hasta tercero básico, después me dediqué a ser empleada doméstica. No me gustaría revivir ningún momento en especial porque solo me tocó trabajar mucho en la vida. Me gustaban las muñecas, el tango y la cumbia. Los inviernos en mi infancia fueron crueles, muy crueles, demasiado frío,  hambre, llovía y llovía semanas completas. Pero en el verano me iba al río Guaquillo a bañarme con mis amigas y mis hermanas”.

“Recuerdo que en mi último sueño, mi esposo que ya falleció me venía a buscar, me decía ´vámonos, vámonos´, pero yo le dije que no y luego desperté”.

“DESPUÉS DEL TRABAJO, ME IBA A BAILAR”

María Judith Figueroa, de 89 años, escribió: “De las estaciones del año, adoro la primavera porque yo como camarera trabajé mucho y tenía que caminar harto bajo la lluvia. Yo no fui al colegio, pero conocí a mucha gente como camarera”.

“Yo era de Rauquén, allí teníamos una casa de madera bien linda y con un bonito jardín. Como me crié en el campo me gustan mucho las gallinas, las vacas, tempranito les iba a sacar leche. Nada me hace enojar, estoy tranquila aquí porque trabajé mucho en un hotel. La vida hay que vivirla no más. Yo la pasé bien, después del trabajo me iba a bailar”.

“La vez que estuve más triste fue cuando se murió mi mamá, ya estaba viejita. Cuando partió yo estaba trabajando”.

VOLVER A SER COMO ERA ANTES

José Manuel Fuentealba (69) vivió su infancia en Vilches y escribió:

“La primera vez que escuché radio pensé que estábamos adelantados, pero cuando vi la tele no lograba entender cómo lo hacían”.

“Ayer estaba triste porque pasé un mal rato, pero lo estuve más cuando falleció mi mamá. Me gustaría volver a ser como era antes. Volver al tiempo en que me casé con Flor”.

“De los inviernos de mi juventud recuerdo que llovía 10 a 12 días seguidos y con un viento que llegaba a volar el techo de las casas. Pero en tiempo de calor, después que salíamos de clases con mis compañeros nos pasábamos a bañar a un riachuelo”.

“La última vez que soñé me estaba cayendo a un río por un precipicio y no podía salir porque había muchas moras. Tuve que buscar un palo, me costó mucho pero logré salir. Luego subí a un cerro para calentar el cuerpo. Después desperté un poco asustado, pero bien”.

“A LO MEJOR QUEDARON HIJOS POR AHÍ”

Rolando Jara Jara, de 81 años, vivió su infancia en el campo en Chillán.

“Los inviernos que pasé cuando era cauro, fueron crudos porque nos quedábamos en la casa haciendo herraduras, tijerones para podar, hacíamos hartas herramientas para la agricultura. Éramos nueve hermanos, a los 50 años los vine a conocer”.

“No me casé porque salía a trabajar, a lo mejor quedaron hijos por ahí, pero no lo sé”.

“Cuando era joven bailaba con las amigas en Lota, allá trabajé siete años en las minas de carbón. Sacaba carbón, era barretero. Trabajaba las ocho horas con media hora para la choca”.

TE INVITAMOS A DESCARGAR EL PDF Y A CONOCER A TODOS SUS PARTICIPANTES

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