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Tonya Kohnenkampf:

“Tenemos el corazón puesto en la camiseta”

Si hay alguien que desborda energía y entusiasmo por su trabajo es esta paramédico que trabaja desde hace 13 años en el Hogar de Cristo velando por la salud de adultos mayores. Dice que, gota a gota, se llena el vaso para ayudar a solventar los gastos de la fundación y que no cualquiera se enrola en esta misión social. Esta es parte de su historia.

Por María Luisa Galán

 

“El Hogar de Cristo es una gran casa. En esta gran casa hay gastos y los gastos los tenemos que solventar, más ahora que hay que usar guantes, mascarillas, delantales. Que hay gasto en el personal de apoyo, porque ahora necesitamos más apoyo que antes. Estamos 24/7 y trabajamos con la camiseta puesta, pero ahora -con la pandemia- tenemos el corazón puesto en la camiseta, porque hasta nosotras como trabajadoras aportamos de otra forma. Pasamos a ser los soldados que estamos dando la guerra. Eso es un soldado y todas tenemos que luchar. Se necesita dinero para muchas cosas, porque los usuarios comen, se tienen que bañar, vestir. A veces necesitamos gas para que no se nos resfríen”, dice Tonya Kohnenkampf Lagunas, paramédico de la Casa de Acogida Padre Hurtado, del Hogar de Cristo, ubicada en Estación Central, que acoge a cerca de cien adultos mayores.

Su apellido es de origen alemán, sus bisabuelos llegaron a Catapilco, cerca de Zapallar. Pero hablar de su apellido no es su tema, porque dice que eso no define a las personas. Y está claro, ella se define por sí misma, por su actitud y por el amor con el habla de su trabajo. Al Hogar de Cristo llegó en 2007, luego de pasar unos meses como manipuladora de alimentos en el hospital San Juan de Dios. Después de 17 años de matrimonio, tuvo que comenzar a trabajar para poder solventar sus gastos y sacar adelante a sus hijos, por eso se empleó en la primera oportunidad que tuvo, aunque no tuviera el título para el cargo. Ahí trabajó con personas inmunodeprimidas, con contagiados por VIH. Le encantaba.

Su primer arribo a la fundación fue al Hogar San Alberto Hurtado, ubicado en calle Santo Domingo, en Quinta Normal. Luego del cierre de este programa, comenzó a trabajar en el Hogar Abierto en Estación Central. “Era un mundo completamente diferente, porque de trabajar con 30 personas postradas, pasé a 100 valentes o semi valentes. Pero me encantó. Mis hijos me dicen que me falta el cepillo de dientes y la frazada para irme ahí. Si no fuera porque tengo que descansar y por mi familia, por mis dos hijos, pasaría en el Hogar”, relata Tonya, a quien sus hijos la señalan como su súper héroe, la Mujer Maravilla.

Llevaba un par de meses en el Hogar de Abierto, hoy bautizado como Casa de Acogida Padre Hurtado, cuando ocurrió el terremoto de 8.8 grados el 2010. “No me dio miedo. Y como pasa el tren afuera, les dije a los usuarios que había pasado el tren. Todos juraron que así fue, uno no más salió. En el desayuno empezaron a comentar que había habido un terremoto… ¡Cuándo!, les decía yo. Como era de noche, cuando se cortó la luz, no se dieron cuenta. Me quedé 24 horas ese día. Saqué a mis compañeros que tenían bebés”, cuenta Tonya, que a su trabajo agrega un “pololito”: junto a su hijo menor vende frutos secos, los que ofrece en los programas y oficinas del Hogar de Cristo en Estación Central.

Voluntariamente, se ha quedado en estos días de emergencia a hacer más turnos para cuidar a los usuarios, sobre todo ahora cuando hay menos personal o trabajadores nuevos, a los que apoya con su experiencia. Le tocó cuidar al primer usuario con Covid-19, sin que supiera, y lo siguió cuidando después que supo. “Las cosas se han dado”, dice. Sus hijos son mayores, no viven con ella, vive sola. “Siempre digo, San Alberto Hurtado es como mi jefe. Mi jefe me paga pero él me paga de otra forma, con mis hijos sanos, inteligentes, uno se ganó la gratuidad, la otra trabaja”, cuenta. Y asegura que si la mandarán para la casa, ahí sí se enferma.

-Has trabajado con personas con VIH, ahora con Covid-19, ¿no temes contagiarte?

-Cuando uno estudia temas de salud, uno sabe que está expuesto a muchas cosas. Desde que uno está estudiando. Una amiga, por ejemplo, que estudió paramédico, dice que la da miedo la sangre, que la da fatiga. Entonces en el camino uno va viendo si es capaz, cuando uno ve que vas a trabajar con esas personas, que te vas a exponer, uno tiene que asumir los riesgos. Incluso puedo salir a la calle, no me voy a contagiar, pero me pueden asaltar y matar. Pero tengo que salir a la calle, salir a trabajar y si estudié para esto, sé a lo que voy. Trabajar en el Hogar de Cristo habla de la persona, no cualquier persona trabaja en el Hogar de Cristo. Todos, los que hacen reemplazo, igual porque lo hacen con cariño, se exponen, pero les gusta, se preocupan por los demás.

-¿Qué mensaje darías en esta campaña de Únete a la Segunda Línea?

-El apoyo económico es importante porque todo es plata, los usuarios no sólo se alimentan y visten. Tenemos que comprar gas para el agua caliente y tener recursos para las cosas más mínimas. Es lo mismo que uno gasta en una casa. Los socios han bajado porque se han visto expuestos a este problema de la pandemia, de la falta de trabajo e ingresos. Y a los pocos que quedan trabajando, les cuesta. A todos nos cuesta, pero gota a gota podemos llenar un vaso. Yo misma, no puedo apoyar económicamente, pero sí yendo al trabajo, ayudando y preocupándome. Los que pueden, de gotita a gotita, no significa que den una gran cantidad de dinero, podemos de a poquito llenar un vaso.

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