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Tres Razones...

que llevan a un hombre a vivir en la calle

No son las mismas para ellos que para ellas. Y la población mayoritaria viviendo en la vía pública son los hombres. Aquí, a través del caso de “El Chino”, explicamos qué lleva a tantos a caer por esta “espiral existencial descendente”, como llaman los especialistas a la manifestación más dura de la pobreza. Cuando se conmemora la Justicia Social a nivel planetario, es bueno tomar conciencia de que todos podemos llegar a ella.

Por Ximena Torres Cautivo

Terminar viviendo de la manera más precaria en la vía pública es el resultado de procesos múltiples, complejos y dinámicos. “La gente de la calle está muy mezclada, hay gente que se quedó sin trabajo, que quedó sin casa por equis problema, por ejemplo, porque se separó de la mujer y se quedó sin nada”, dice en un estudio reciente una persona que pasa por esta situación. La crisis social y económica consecuencia de la pandemia, ha incrementado la presencia de personas en la calle, durmiendo en carpas o bajo precarias construcciones, lo que ahora tiene un nuevo impulso en la enorme cantidad de migrantes que están ingresando al país de manera irregular.

Pero más allá de este verdadero desastre humanitario latinoamericano que es la migración, principalmente de venezolanos, la situación de calle es producto de diversas formas de exclusión, que involucra factores económicos, familiares, laborales, habitacionales, educacionales, de salud, entre otros.

Según los datos del Registro Social Calle (MINDES, 2017), las causas declaradas son:

  1. Problemas familiares o la pareja: 63,6%.
  2. Consumo problemático de alcohol y/o drogas:14,3%
  3. Problemas económicos: 11,5%.

La primera causa es particularmente clara en los hombres, quienes son la población mayoritaria en situación de calle, mucho más evidente que entre ellas, donde lo que destaca como razón que las empujó a vivir a la intemperie es la violencia intrafamiliar en todas sus formas.

La historia del Chino, un encantador ariqueño de 74 años que vive en la calle, en una precaria casa rodante que él mismo se construyó, es ejemplo claro y elocuente de un evento familiar que “detonó” o “desencadenó” esta suerte de “espiral vital descendente” que es la vida en calle y suele estar a la base de estas biografías. Reinaldo Lorenzo Díaz Fibla es su nombre, pero en el pasaje de la población Jorge Inostrosa de Iquique todos lo conocen como “El Chino”. Cuenta que empezó a trabajar a los 14 años, que llegó sólo hasta “tercero de preparatorias” y que se casó obligado. “Los viejos de antes te obligaban al matrimonio cuando la niña quedaba embarazada y el sueño era que se casara de blanco. Yo dije: bueno… y me casé. Pero cuando el hijo que tuvimos cumplió 18 meses de edad, murió. Era una guagüita. Ahí me separé, así es que en mi vida no hay familia ni descendencia ni nada”.

“El Chino” forma parte de los 30 adultos mayores a los que ayuda el Programa de Ayuda al Adulto Mayor del Hogar de Cristo en Iquique. Padece artrosis la que lo tiene “muy patuleco”, vive en su “tráiler” que “el pastor” le permite estacionar en este pasaje y recibe una pensión mínima de 54 mil pesos. Complementa ese magro ingreso con lo que gana pintando y desabollando. “Me hago unas 120 lucas en promedio al mes. Soy desabollador y pintor y lo seré hasta que me dé el cuerpo”, declara. Durante años tuvo serios problemas de consumo de alcohol, eso terminó por estacionarlo en la calle, igual que su tráiler. “Yo tomaba por el sabor,  no por despecho. Me gustaba. Me daba libertad. También fumaba entre dos y tres cajetillas de cigarros diarias. Eso hasta que me dije que no podía seguir quemando la plata y lo dejé. Con el trago fue más o menos parecido”.

“El Chino” encarna el drama de no tener casa en una de las regiones donde las propiedades son las más caras del país. “Salí de mi ciudad natal, llegué acá en 1985 y ahora terminaré con mis huesos en Iquique. Cuando uno es joven no mira futuro, no mira nada. Vive nada más. En mi caso, el vicio era más poderoso que cualquier otro impulso”.

Pese a todo, estuvo a punto de comprarse una casa, aquí, en la misma calle donde tiene estacionado su tráiler “hechizo”. Esta es claramente su vecindad; el lugar donde todos lo conocen y muchos lo aprecian. Primero arrendó y llegó a construirse un par de piezas en segundo piso. “Me endeudé con el Sodimac para hacer las obras, pero después en 1992 caí al hospital por la artrosis. Estuve como dos meses muy mal, hospitalizado, y cuando volví, la casa había salido a remate. Mis cosas estaban tiradas en el patio y tuve que negociar que me dejaran tenerlas ahí hasta encontrar dónde vivir. Pero todo era muy caro: seis, siete gambas. O eran piezas no más, sin un lugar grande para dejar mis herramientas, que para mí es lo fundamental”.

Finalmente, un amigo le sugirió hacerse una casa rodante. Ya vería luego dónde la pondría. “Me dijo tú tenís las herramientas, materiales, vigas de fierro. No te costaría nada”. Dicho y hecho.

Hoy nos muestra, orgulloso, su solución habitacional. Es una suerte de container con ruedas, que puede ser arrastrado por otro vehículo. No tiene servicio higiénico, tampoco ducha. Ni cocina. El Chino se “cuelga” de la luz de un vecino, pero paga su consumo. Nos permite mirarlo por dentro, pero advierte: “Cuidado con las pulgas”. Para hacer sus necesidades, se las arregla con un gran balde de pintor y bolsas gruesas de basura para eliminar los desechos. Cuando necesita ducharse, recurre a una amiga boliviana que le presta baño en su casa, pero tiene que cruzar la ciudad en colectivo. Es un gasto. Para cocinar, tiene un hornillo y un hervidor. “Yo como de todo, me gusta todo, aunque ya no me acompañan los chocleros”, comenta, aludiendo al estado de sus dientes. En general, para el tema alimentación lo ayudan sus amigos del Padam del Hogar de Cristo.

En ese momento, el Chino, Reinaldo, se quiebra. Lo emociona la solidaridad de quienes lo ayudan, de los profesionales del Padam y del vecindario. Agradece que hayan aceptado que habite el espacio urbano común, que bromeen con él, que de alguna manera lo hagan parte de la comunidad.

-¿Con qué sueñas, Reinaldo?

-Con nada. Casa tuve, pero se acabó por el tema del matrimonio. Cuando se murió la guagüita como que dejé de tener obligaciones. Usted sabe: un hijo es una responsabilidad. Para mí esa es la mayor responsabilidad de un hombre. Y yo la perdí –concluye este hombre que partió definiéndose como “un roto alegre”, pero ciertamente arrastra la pena más grande, la pérdida de su hijo, el gran quiebre existencial que lo dejó literalmente en la calle.

Si te importa la realidad de las personas que viven en calle, involúcrate

 

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