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Arriba del Cerro Chuño

Por Solange Veloso, Directora Social Nacional Hogar de Cristo

No sólo Arauco vive en emergencia y tiene no una, sino muchas penas; hay dolor en muchas partes. La pobreza y la desigualdad están apagando el brillo de muchos: mujeres y hombres que viven en la calle, que tienen graves problemas de salud mental; adultos mayores, niños y, migrantes, que se encuentran en situación de pobreza extrema sin acceso a la salud, educación, vivienda.

Hablamos de personas viviendo donde pueden en las principales calles de la ciudad, consecuencia del empobrecimiento general dejado por la pandemia y del imparable flujo de migrantes que ha hecho aumentar la presencia de niños, adolescentes y madres en situación de calle, haciendo visible la cara más cruda de la pobreza y despertando lamentables episodios de xenofonia por todos conocidos.

Los voluntarios de Hogar de Cristo, que recorren la ciudad entregando comida caliente, abrigo y conversación a los más excluidos, estiman que casi 2 mil personas, en su mayoría migrantes, viven atrapadas en la aridez de una ciudad con aroma a quemado: a aceite, basura, escombros, a humo de tubos de escape y fritanga de comida callejera.

Desde el plano de Arica es posible ver a diario humaredas espontáneas en el Cerro Chuño, que es el aislado montículo que se ha ido convirtiendo en el refugio y el gueto de migrantes sin nada, que han encontrado ahí un lugar para pararse. El lugar donde hace un par de semanas se dejó sentir el influjo nefasto de El Tren de Aragu, la nefasta banda criminal venezolana, en el hallazgo del cuerpo de una persona que al parecer fue enterrada viva, cerca de unas chabolas que eran lugar de tortura de gente secuestrada.

Chuño tiene una línea de viviendas básicas en su pie, pero hacia arriba la autoconstrucción con lo que haya a mano es la norma. Es un barrio sin servicios, sin locomoción, con los niños creciendo excluidos de la educación, la salud y todos los apoyos sociales. En el plano, la ciudadanía y las autoridades respiran aliviadas; es mejor que se hayan ido a encaramar allí que tenerlos y verlos a diario en calles, plazas y bandejones centrales, armando y desarmando sus carpas, “macheteando”, limpiados patabrisas. Es parecido a la solución que le daba Susanita a su amiga Mafalda, la hija de Quino, cuando se preguntaba qué hacemos con los pobres. Susanita, pragmática, le respondía: “Esconderlos”.

En el Cerro Chuño, la vida es lo que resulte. Nadie que no viva allí se aventura a entrar. Sus vulnerables habitantes –agrupados por nacionalidad– asumen el riesgo sanitario permanente para ellos y sus niños que significa vivir ahí; el estar sujetos a la eventual erradicación sin una solución habitacional; y, peor aún, el convivir con el narco y el crimen organizado, tan de moda por estos días, que los usa y los abusa.

Han pasado dos años y medio de vida en pandemia, ¿en cuánto se han multiplicado las personas de calle? ¿Cuántas han muerto? Todas son preguntas abiertas. En Arica, se hablaba de un centenar hace un par de años, ahora Hogar de Cristo estima que esa cifra se duplicó. ¿Esta realidad escandaliza? No, si no miramos hacia el Cerro Chuño y nos quedamos con la idea que “parece que ahora hay menos”.

 

Si te preocupan las personas en situación de calle, involúcrate

 

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