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Ruth y Fanny:

Conoce a las reinas del medan en Ancud

La primera es la trabajadora social a cargo del programa de atención domiciliaria para adultos mayores de la ciudad (Padam) y la segunda, su fiel ayudante. Juntas asisten a 7 hombres y 23 mujeres de alta vulnerabilidad. Además, conocen y apoyan a la treintena de personas en situación de calle que pululan por Ancud. Chilotas totales, encarnan la vieja costumbre del medan o socorro mutuo, tan propio de la isla. Así, trabajan.

Por Ximena Torres Cautivo

Anoche, la lluvia tocó un concierto sobre el tejado de zinc, hoy se coludió con el viento y está decidida a asustarnos; el agua que cae del cielo semeja un violento oleaje que barre de un lado a otro las latas del techo.

Afuera, no se ve ni un alma. Todo Chiloé parece estar metida dentro de una nube húmeda y gélida. Nosotras a salvo, en una hostería en Ancud, calentitas, apenas a tres casas de la sede del Hogar de Cristo en la calle Lord Cochrane de la ciudad. Es una buena casa de un piso, con vistas al mar, forrada en tejuelas de alerce, muchas veces pintada. Es una propiedad entregada en comodato a la fundación, donde hoy funciona el Programa de Atención Domiciliaria para el Adulto Mayor (Padam) de Ancud, el que atiende a 30 adultos mayores, 7 hombres y 23 mujeres, de alta vulnerabilidad y pobreza. Lo dirige la trabajadora social Ruth Caicheo (49), única mujer y primera mayoría en el concejo municipal de la ciudad y activista por los derechos del pueblo huilliche, quien tiene como apoyo a la técnico social Ruth Torres (70), para acometer su tarea. Son una dupla imbatible e inagotable, llevando apoyo concreto –alimentos, leña, pañales, kits de higiene– y ese más intangible y, sin duda, más necesario: compañía, atención y cariño a esos 30 adultos mayores.

A ese programa se suman el Comedor Esperanza, iniciativa del chef de origen chilote y formado en Santiago, Nelson Alvarado (43), quien lleva varios años dando almuerzo a personas en situación de calle en Ancud con ayuda de la comunidad, a través de una radio local. Funciona entre las 12 del día y las 2 de la tarde. En 2020, Hogar de Cristo le ofreció la cocina y el comedor de la casa para que sirviera ahí sus almuerzos; entre 20 y 30 diarios. Ruth y Fanny también cuentan con él y sus servicios para que distribuya viandas a los adultos mayores del Padam que no están en condición de cocinarse por sí mismos.

Varios de los comensales de Nelson son quienes desde el primero de abril duermen en los dormitorios de la casa, que antaño fue una hospedería y que ahora acoge al albergue municipal de emergencia. Con capacidad para 12 personas, la iniciativa se inició recién, dadas las inclemencias del tiempo, y se mantendrá en principio hasta el 30 de junio. Hogar de Cristo pone el local, las camas y la ropa blanca y de abrigo. El municipio financia a los monitores y al personal de aseo. Ruth y Fanny son las dueñas de casa. Conocen a todos “mis chicos”, como los llama Fanny, y los apoyan en otras necesidades cotidianas, aunque eso no forma parte de sus tareas. Los contienen, los escuchan, los celebran… y hasta los entierran.

César Llempi es uno de esos chicos. Conversamos con él a la hora de almuerzo.  Es moreno, pequeño, de claros ancestros mapuches y con una cojera evidente. Cuenta que nació en Cañete, provincia de Arauco, pero lleva años en Chiloé, siempre viviendo en situación de calle. Mientras disfruta de una sopa de choritos, acompañada de una ensalada de betarraga con cebolla –ese es el menú que dispuso hoy Nelson– nos explica que él no duerme en el albergue, que no le gusta. “Yo tengo mi casita dentro del ServiEstado en el Centro. Ahí me dejan quedarme y estoy tibiecito”, cuenta, mientras le acomodan unos restos extra de ensalada para la noche en un pote de plástico y Ruth descubre que tiene la ropa húmeda y la parka rota y le ofrece ver qué hay para él en el ropero.

Cuando las olas de lluvia golpeaban el techo, desperté pensando en César. ¿Cómo capeará la tormenta en el ServiEstado? ¿Habrán llegado los 12 hombres que caben en el albergue municipal o estarán aguantando el chaparrón en la calle, calentándose por dentro con grapa, ron o lo que haya? Son once hombres, mejor dicho, porque en la casa hay una habitación femenina. Fanny habilitó un espacio para Zenaida.

Quizás dónde estará durmiendo ahora mismo la Zenaida, que suele arrinconarse en el fuerte o batería de San Antonio, fortificación militar que data de los tiempos de la colonia española y que hoy en la tarde, como todos los días, estaba llena de turistas. Cuando los paseantes se van, ella se mete en una cueva, apegada al cerro, acompañada casi siempre de Claudio, su pareja. “Un Adonis”, como hace ver Fanny, ponderando lo rubio, lo alto y los ojitos azules de ese hombre venido del norte a quien ama la Zenaida. “Él estuvo internado grave a causa de la cirrosis hepática. Casi se despacha, pero lograron recuperarlo y cuando apareció era otro: estaba limpiecito, afeitado, sin barba. Era un Adonis”.

UN PASO PARA ADELANTE, DOS PARA ATRÁS

Ruth y Fanny saben que Zenaida tiene 48 años, que es oriunda de Castro, que no ha sido madre y que ha pasado parte de su vida en la calle. Nelson, del Comedor Esperanza, afirma que ella sufre menos violencia en la calle que la que vivió en su casa, con su familia, que eso fue lo que la llevó a vivir a la intemperie, a romper todos sus lazos. Y la ve como una superviviente.

Fanny comenta: “No es la única mujer en calle que existe en Ancud. Yo calculo que pueden ser unas seis, pero no hay estadísticas”. En 2020, el Ministerio de Desarrollo Social estimó en 78 personas la población en calle en la Isla Grande Chiloé, distribuidas en las tres ciudades: Ancud, Castro y Quellón.

La austral Quellón es el punto final de muchos de estos trashumantes que vienen bajando desde el sur y quedan varados en el extremo de la isla, sin plata para seguir avanzando por mar y sin voluntad para devolverse. Ahí, el deterioro por el consumo problemático de alcohol es evidente, como se puede ver entre los acogidos de la Hospedería de Hombres de la ciudad, a los que conocimos justamente en 2020. Pero han pasado dos años y hay una pandemia de por medio, ¿en cuánto se han multiplicado las personas de calle? ¿Cuántas han muerto? ¿Cuántas habrá en sectores rurales? Todas son preguntas abiertas.

“Con la Zenaida, la Chena, tenemos un tema en el tiempo de invierno, porque no le gusta el albergue. El año pasado el mar subió con furia y arrasó el lugar donde se instalaba con el Claudio, su pareja. Por suerte, nos llevamos muy bien con los carabineros, y ellos nos ayudan en esos casos. Al final, los fueron a buscar y Claudio fue hospitalizado. Yo a ella la conozco desde que estaba la Hospedería del Hogar de Cristo en Castro. Nunca la he visto en estado de ebriedad, pero claro que toma, como todos. Cuando Claudio fue dado de alta del hospital, hizo acá su convalecencia y ella lo cuidó, fue su enfermera. Entonces le armamos una pieza para ella sola, pero a la Chena no le gusta estar separada de él. Necesita acariciarlo, besarlo. Es intensa. Yo le digo: “Chena, deja tranquilo a tu hombre”. Estuvieron un buen tiempo acá, pero de repente un día salieron a caminar y no volvieron más. Se fueron de nuevo al sector del fuerte”.

Claudio (53) viene a almorzar al comedor Esperanza casi todos los días. Solo. Dice que a la Chena no le gusta comer acá, pero que tratará de convencerla de que venga mañana.

Comenta Fanny:

-A nosotras nos da tristeza, porque avanzamos un paso y retrocedemos dos. Hay ocasiones en que dan ganas de tirar todo por la borda, como lo que nos sucedió con Álvaro, un chico de 18 años, con graves problemas de consumo de drogas, al que habíamos logrado conseguirle un cupo en la Fazenda de la Esperanza. Esa es una comunidad terapéutica espectacular, es de unos curas brasileños y queda aquí cerca, en Mechaico. Cuando lo llevamos, el grupo estaba cantando una cumbia villera. Bonita, alegre. Pero nuestro chico se taimó, dijo que esa música le recordaba a sus amigos, sus carretes, el consumo, y no hubo caso: no quiso quedarse. Y se fue. Lo perdimos. No supimos más de él. Y le habíamos hecho tanto empeño para que se tratara.

CON EL JUREL DESATADO

Fanny Torres es viuda desde hace 6 años. Tiene 4 hijos y 4 nietos y una nieta, además de sus “viejitos y sus chicos” que llenan su vida. Los 30 adultos mayores del Padam le dan puras alegrías. Dice: “Nuestros muchachos han estado muy fuertes. Sólo ha habido un fallecimiento por COVID, el resto ha pasado este tiempo muy bien, sin problemas. Y nos emociona el haber podido conseguir dos casas de subsidio en conjunto con la municipalidad de Ancud para José Soto (79), su mujer Ermelinda (69) y el hijo de ella, Luchito, ambos con discapacidad intelectual. Ellos eran un caso de vulnerabilidad social crítico en la ciudad”.

A José Soto, se suma el caso de María Floridema Gómez (79) y su hija Yanett (48), también con discapacidad. Las dos vivían en una rancha a orillas del mar, sin servicios básicos y se dedicaban la recolección de luga, un alga típica de la zona. Hoy tienen su casa en la misma población que José Soto. Y a ellas se agrega el trabajo hecho por un grupo de voluntarios, Acción Solidaria, que logró reconstruir la precaria vivienda de Agnes Thorlacius (76), otra adulta mayor de extrema pobreza que es asistida por el PADAM de Ancud. Los tres casos son impresionantes historias humanas que ya les contaremos, ya que los visitamos a todos con la entusiasta guía de Ruth Caicheo y Fanny Torres.

Fanny, nacida en Achao, es una de los 11 hijos de un sargento primero de carabineros. Con su humor y sus dichos característicos, cuenta cómo logró que su machista marido, un buzo fallecido hace seis años, la dejara trabajar. Fue su hija la que le consiguió permiso, “con la condición de que no dejara de almorzar con él a diario”. Ayudar a los más vulnerables de Ancud, sin duda, cambió la vida y la mirada de esta dueña de casa chilota, adulta mayor ella misma, pero con una pila de larguísima duración.

-Conozco a mis viejitos y a mis chicos como si los hubiera parido, como si fueran familia. Ellos me conversan todo. Sé sus vidas al revés y al derecho. Sus penas y sus alegrías. Tengo decenas de anécdotas con ellos, como cuando el Pipoyo se subió a la punta de ese ciprés y tuvimos que llamar a los Bomberos para que lo bajaran– recuerda.

El Pipoyo “estaba con el jurel desatado”, como dicen acá, refiriéndose al síndrome de abstinencia. Temblaba y era evidente que iba a colapsar. “En un caso así, hay que saber reaccionar. Yo sabía que tenía una botella medio vacía en algún cajón de la oficina y le serví un poco en un vaso antes de llevarlo al hospital. Creo que le salvamos la vida”, afirma Ruth Caicheo, jefa de Fanny y ex compañera de curso y la mejor amiga de la hija que le consiguió “permiso” a Fanny para trabajar.

Ambas son una dupla profesional y humana que rezuma compromiso y conocimiento técnico y práctico. Fanny ahora mismo está preocupada de buscarle unos guantes de novia a Agnes, porque, ahora que tiene casa nueva, se va a casar a fines de mes. Ninguna objeta el plan y a Fanny le interesa que “ese día se vea linda, que esté bien emperinfunfá, y tenga un recuerdo feliz”. Son profundamente respetuosas de “sus viejitos”. Y, sin hacer alarde de su carácter chilote, ambas tienen impreso en sus ADN la solidaridad propia de un pueblo que hace mingas, practica el medan y siempre está atento a ofrecerte un yoco.

Ruth recuerda fiestas y despedidas, cumpleaños y velorios. Como ese en que, tras la bendición del obispo, los amigos de la antigua Hospedería, pidieron permiso para “bautizar” el ataúd del finado, un hombre de larguísima vida en calle, conocido de todos, con vino del mejor. “Ellos, que andan siempre cortos de trago, vaciaron la botella, con autorización de las autoridades presentes, sobre el cajón, cantando juntos Al partir de Nino Bravo. Todavía me emociono del cariño que se vivió en ese entierro”, dice, emocionada.

Mientras, Fanny, va metiendo en un cartucho un par de milcaos y unos restos de kuchen de murtas. “Este es un yoco sencillo, porque el original es un plato típico chilote. Con milcaos, chapaleles, sopaipillas dulces y saladas, prietas, chicharrones, papas cacho, tragua de chancho, como le decimos al cuero del cerdo acá. Ahora es una colación sencilla, un embeleco para el camino”, nos dice.

Tras cuatro días de intensa convivencia con la dupla femenina del Padam de Ancud, bajo un temporal inclemente, sabemos y hemos conocido en carne propia y ajena qué es el medan chilote, la practica de la solidaridad en su estado puro entre una comunidad que se conoce y se quiere.

Si te importan las personas más pobres y vulnerables, involúcrate.

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