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Se nos fue la Rosi

Murió sola a causa del coronavirus. Había vivido los últimos 17 años de sus 65 en un Centro de Atención Residencial para adultos con discapacidad mental, después de un breve período en situación de calle. Era una de las hijas menores de una modesta familia del sur. Nunca fue al colegio, nunca tuvo amigas, ni pololo, ni hijos. Añoraba a sus hermanos, volver a vivir con alguno de ellos, tener una familia; el coronavirus se lo impidió. Aquí la recuerdan sus cuidadoras.

Por Ximena Torres Cautivo

“Los chiquillos del San Luis Gonzaga son unos luchadores. Van a resistir, ellos luchan por su vida, no les va a pasar nada”.

Esa era la convicción de los 38 trabajadores de este Centro de Acogida Residencial para 50 adultos con discapacidad mental y dependencia severa del Hogar de Cristo, que funciona muy cerca de la avenida Santa Rosa y del Hospital Padre Hurtado, en la comuna de La Granja.

Pero el domingo 17 de mayo, la letalidad del coronavirus los golpeó con saña y Rosa (65), quien vivía desde el año 2003 en este hogar, murió sola en el hospital vecino, donde entró el jueves 2 de mayo de urgencia con 39.5 de temperatura, en estado crítico, y el Covid-19 positivo, que se comprobó con el test PCR y se le fue manifestando como una neumonía, se complicó severamente. “Esa noche se nos informó que, dada su fragilidad, no estaba en condiciones de ser entubada, que se limitarían los esfuerzos terapéuticos y ella entraría en cuidado de término de vida”, explica Ingrid González, la jefa de operación territorial de ese sector de la Región Metropolitana, de quien depende el Centro.

Los “chiquillos” del San Luis Gonzaga. Entre ellos, en esta foto, está Rosita, quien vivió aquí desde 2003. 

Ingrid conocía de cerca a Rosita, a la Rosi, como la llama, y por eso se quiebra varias veces a lo largo de esta conversación. Lo hace, cuando dice que “los demás chiquillos no saben que murió. Nosotros, cuando muere uno de nuestros acogidos hacemos un rito de duelo. Como la mayoría no son valentes, un 80 por ciento de los 50 que viven aquí  se mueven en silla de ruedas, no los llevamos al cementerio, pero salen todos a ver pasar la carroza mortuoria y lanzan al cielo globos blancos en señal de despedida. Ayer, pasó la carroza por enfrente, pero sólo salió parte del personal a decirle adiós a la Rosi. Fue muy triste, muy solitario, pero preferimos no perturbar a los demás chiquillos, ya hay suficiente perturbación en el ambiente”.

Lo que más lamentan todos los trabajadores es la soledad en que se fue Rosita. “Pensar que murió sola en una pieza de hospital me desarma, a mí y a todos aquí, sobre todo porque lo que ella más anhelaba era terminar sus días en la casa de uno de sus hermanos. Soñaba con estar con los suyos, en familia”, reflexiona Ingrid.

Nacida en Pitrufquén, era una de los 11 hijos de una modesta familia sureña, padecía una discapacidad mental severa que fue agravándose con los años. Teresa Sánchez, técnico en enfermería que la cuidaba desde hace 5 años y tenía un vínculo especial con ella, señala: “La Rosi se había ido deteriorando mucho los últimos años y muchas veces decía que quería morirse. No era fácil. Últimamente se negaba a comer y había que hacer de todo para convencerla y lograr que se alimentara, porque era muy testaruda”.

Teresa Sánchez lleva 5 años trabajando en el Centro de Atención Residencial San Luis Gonzaga y tenía un lazo muy especial con Rosita.

Hace unas semanas, el 22 de abril, empezó a convulsionar y fue internada en el Hospital Padre Hurtado. A su discapacidad, sumaba una epilepsia, que se manifestó en varios cuadros convulsivos. Fue estabilizada en el hospital, donde permaneció 8 días, recuperándose. Incluso la médico tratante se sorprendió de lo bien que estaba evolucionando. Volvió de alta al Centro de Acogida Residencial San Luis Gonzaga, su casa, el 30 de abril, sin ningún síntoma sospechoso.

“Llegó en muy buenas condiciones de salud y el equipo la instaló de inmediato en el dormitorio de aislamiento que habían habilitado para la emergencia, donde han extremado las medidas de seguridad sanitarias. Ahí son tres veces más estrictas en los protocolos: usan todos los elementos de protección personal, la higienización es diaria y el aseo es recurrente, regulan los tránsitos de personas”, detalla Ingrid. Y recalca que los 38 trabajadores, mujeres casi todas, se han comprometido con la protección de la salud de los acogidos de una manera notable. “Destaco especialmente a dos profes de la Universidad de las Américas que hacen campo clínico con nosotros. Una es enfermera y la otra kinesióloga y, pese a ser externas y a que ya no están viniendo los estudiantes, han estado durante todo este proceso de emergencia sanitaria al pie del cañón con el equipo, al lado de los chiquillos. Y, cuando pasó lo de la Rosi, se quedaron hasta las tantas, acompañándonos, conteniendo, participando de la organización”.

Ingrid se refiere a la noche del 2 de mayo, cuando a la Rosi se le disparó la fiebre y hubo que llevarla de vuelta al hospital. Allí se le hizo el test de PCR y dio positivo para Covid-19. Se había contagiado el virus durante esos 8 días que estuvo internada previamente.

“Yo la vi cuando volvió el jueves 30 de abril y me sentí feliz. Traía una sonda nasogástrica, lo que me alegró, pensé que al alimentarse por esa vía recuperaría peso y se fortalecería. Pero cuando volví a mi turno, el domingo 2 de mayo, ya no estaba”, relata con mucha pena la TENs Teresa Sánchez.

Murió sola de Covid-19, en el Hospital Padre Hurtado, el domingo 17 de mayo.

“Me tocó acompañar a la jefa del programa en la comunicación del deceso al equipo, que luego debió organizar el aislamiento de las 5 personas que habían estado en contacto con la Rosi y que dieron positivo. Realmente el equipo está bien mermados, de los 38 trabajadores de planta en tiempos normales, están presentes 18, el resto es personal de reemplazo, pero es increíble lo jugados y comprometidos que son todos. Todas, hay que decir. Aquí ninguna se desmorona, todas sacan fuerzas y siguen trabajando por los chiquillos. Es tanto su compromiso, que a una monitora sus hijos la amenazaron si seguía viniendo. Ella es de las mayores, es abuela, acá no hay millennials, y toda su familia está aterrada de que se contagiara”.

¿CÓMO QUIERO QUE ME RECUERDEN?

La Rosi era dulce y amorosa… casi siempre. “Cuando estaba de malas, era terrible, pero con los que tenía conexión afectiva era cariñosa, graciosa, buena para cantar y para tomar té. Todas a las que ella apreciaba tenemos un tazón que alguna vez nos regaló y que compraba en sus salidas a la feria”, comenta Ingrid, haciendo notar el lazo que estableció con Teresa Sánchez.

“Ella quería tanto a sus hermanos, que un verano que yo estaba de vacaciones le ofrecí llevarla a Lampa, donde vivía su hermana. La pasé a buscar en auto, con mi familia, y pasamos la tarde en casa de su hermana. Fue emocionante verla ahí con los suyos, contenta de reencontrarse con un sobrino al que había criado de niño. Estaba feliz. Hizo todo lo posible porque me trajera un cachorro de poddle, porque su hermana criaba esa raza de perros. Me emociona acordarme de la simple felicidad que vivimos ese día”, relata Teresa, quien por supuesto tiene un tazón regalo de la Rosi.

Ingrid, por su parte, nos ofrece el regalo perfecto para conocer mejor a la primera acogida de nuestros un programa residencial del Hogar de Cristo que fallece a causa de esta pandemia artera y lamentable. Es su autobiografía que, en el contexto de una de las tantas actividades recreativas y creativas que se hacen en este Centro de Atención Residencial que funciona desde 1997, ella le dictó a una estudiante de enfermería, porque Rosita nunca fue a la escuela y no sabía leer ni escribir. Dice así:

“Yo vivía en Pitrufquen, al sur…

Estoy en agosto de cumpleaños, para santa Rosa y me llamo Rosa.

Éramos 11 hermanos; yo, la menor. Cuando era chica, tenía 8 perritos, muy chicos y blancos. Yo jugaba con ellos cuando mis hermanos salían a trabajar. Yo no salía a ninguna parte, porque mi papá no me dejaba jugar con nadie. No fui al colegio. Nunca tuve pololo, tampoco hijos. Mi papá no me dejaba salir y ya era grande…

Cuando chica tenía una muñeca de goma, se llamaba Carmen Gloria, tenía los ojos verdes, el pelo rubio y un vestido café. Yo jugaba a desvestirla para arreglarle la ropa y después la vestía, también la peinaba.

Mis hermanos siempre fueron buenos conmigo, pero eran mayores y trabajaban, entonces me quedaba sola todo el día, pero después ellos llegaban a conversar conmigo. Ahora, domingo por medio, me viene a ver mi hermano, es muy bueno, se llama Manuel.

Yo trabajaba en una feria allá en Pitrufquén, vendía verduras, tomates, lechugas, cilantro, cebollas, de todo…

¿Cómo me gustaría que me recordarán?

Alegre, contenta”.

Así resumió su vida la Rosi, esa que terminó en completa soledad el domingo pasado a causa del Covid-19.

 

 

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