Hoy es un vecino respetado y querido en el condominio Lomas del Belloto, en Quilpué. Sin embargo, hace menos de un año cuidaba automóviles por las noches en los estacionamientos del Hospital Van Buren, en Valparaíso, y dormía fuera de la Urgencia o en sus alrededores. Nadie lo miraba: era un hombre en situación de calle. “Eso fue vivir en el infierno. Estuve así unos 60 días. Parece poco, pero a mí se me hizo eterno”, recuerda Micheel Alyson Ayala (61).
Experto en logística y técnico químico enólogo, tuvo cargos importantes. Fue dueño de un minimarket, exportó algas y montó una bodega de vinos que —afirma— quebró “cuando los tratados de libre comercio afirmaron a las grandes viñas en desmedro de las chicas”. Ha tenido tres matrimonios y es padre de cuatro hijos. Luciano, el menor, de 16 años y aún en enseñanza media, lo visita este verano. Micheel lo cuida con esmero.
Además de vecino respetado, es un papá presente y cariñoso. Cuando llegamos a la casa del condominio que habita junto a otros tres hombres que también pasaron por situación de calle, está preparando una cazuela de ave para Luciano.

En el condominio de Quilpué, el reciclador municipal Micheel Ayala.
Viste su ropa de trabajo.
Hace dos años es reciclador de la Municipalidad de Quilpué. Simpático, extrovertido y bueno para la talla, su experiencia en logística ha servido para que el condominio cuente con grandes contenedores de basura y con un retiro garantizado. Son pequeñas acciones de colaboración y liderazgo que dicen mucho de su personalidad.
Conociéndolo, cuesta entender cómo perdió tanto. Cómo terminó solo, viviendo en la calle.
Aquí cuenta de ese tiempo que recuerda como un paso por el infierno, y también de sus planes optimistas para el futuro.
—¿Sabes? En esos 60 días que viví en la calle nunca dejé de trabajar, nunca me faltó un plato de comida, nunca dejé de afeitarme ni de bañarme. Iba a un supermercado donde me prestaban el baño para asearme. Soy un convencido de que la presentación personal es una carta de garantía. Uno debe mostrarse de la mejor forma ante los demás y dar siempre el mejor trato.
Ya nos había contado que se refugiaba en los alrededores del Hospital Van Buren, donde se hacía algunos pesos cuidando autos por las noches. Confiesa también que, por su apariencia limpia y ordenada, nadie le creía que estaba literalmente en la calle.
—En ese tiempo, por primera vez me sentí invisible, ignorado, no considerado, no escuchado por nadie. Es una sensación macabra, aterradora. Eres, pero no eres. Antes, cuando yo veía a las personas en la calle, las miraba; no las veía. Eso pasa. La experiencia es tremenda, pero uno aprende muchas cosas.

Micheel con Luciano (16), el menor de sus cuatro hijos. Piensan estar viviendo juntos en abril próximo.
—¿Cómo se explica un descalabro existencial tan grande en alguien que tuvo un buen trabajo, una familia, hijos?
—Aunque tengo mucha experiencia laboral, tenía poca experiencia de vida. Creo que tomé decisiones infantiles. Le tengo temor y respeto a la mente humana: es muy sensible, muy frágil. Mantener una línea de vida cuesta. Cuando esa línea se rompe, todo se vuelve adverso. Tomé una mala decisión y mandé todo a la porquería: dejé mi trabajo, dejé todo. Me gasté mis ahorros y quedé en la calle, literalmente.
Micheel nunca ha tenido problemas de consumo. Habla con respeto y cariño de alguien —“un muchacho sumido en la droga y el alcohol”— que le habló del Hogar de Cristo. “No era un amigo, pero se dio cuenta de lo que yo necesitaba”.
Actualmente, el Hogar de Cristo gestiona tres Casas Compartidas, dispositivo financiado por el Ministerio de Desarrollo Social y Familia. En ellas viven 14 hombres, con historias quebradas y en etapa de reconstrucción. La de Micheel, en Quilpué, es una de ellas. Otra es la de Benito Paillacar, orfebre huilliche, cuya historia también puedes leer aquí.
Tienen en común que son mayores de 18 años, que no han pasado tanto tiempo en la calle y que cuentan con un trabajo formal o informal que les permite mantenerse. Eso las diferencia de otro dispositivo social, Vivienda Primero, que busca sacar de la calle a quienes llevan más de cinco años en esa condición, tienen 50 años o más y presentan diversos problemas de salud física y mental. Allí el plazo de permanencia es más largo, el apoyo psicosocial es distinto y el objetivo es evitar que mueran en la calle a causa del deterioro, el clima y la violencia extrema que implica no tener un lugar donde estar.
Las tres viviendas de Casa Compartida en Valparaíso está a cargo del psicólogo Roberto Pérez, quien coordina visitas y necesidades de cada residente, trabajando por su completa inclusión en un plazo de un año.
Micheel explica como logró llegar aquí. Cuenta que le dieron el dato del Hogar de Cristo, donde lo atendió “la señorita Úrsula”.
—Me dijo que tenía que ir a la oficina a firmar todos los días para demostrar interés y constancia y poder ingresar a la hospedería. No era fácil, porque yo me levantaba a las seis de la mañana para tratar de hacer algún pololo, lo que fuera. A los doce días de ir a firmar me dijeron: “Venga a las cuatro de la tarde”. Cuando ingresé me dieron una ducha y un casillero. Creo que ha sido la ducha más dulce y agradable de mi vida.
Conmueve la forma en que describe ese momento:
—La contención que entrega el equipo humano que trabaja ahí es de otro mundo. Saben contener, escuchar, abrazar. Verte. En ese minuto en que me acogieron, dejé de ser invisible.
—¿Ese paso fue el que te condujo acá?
—Exacto. Estuve dos meses en el Hogar de Cristo y conseguí trabajo con contrato estando ahí. A los pocos días de tener un techo, ya estaba trabajando. No en la Municipalidad de Quilpué, donde trabajo ahora, sino en una empresa de aseo que limpia las calles. El primer día andaba tapado hasta los ojos, me daba vergüenza. Después entendí que estaba entregando un servicio a la comunidad, y eso me reconfortó. Hasta me enorgulleció.
Le pagaban “200 lucas, pero para mí era como un millón de dólares, porque no tenía nada. Imagínate que eso era la mitad de lo que me descontaban de mi sueldo bruto cuando estaba en logística”.
Un día le dijeron que su perfil no cuadraba con la hospedería. Pensó que debía volver a la calle, pero le explicaron que postularían al sistema de Casa Compartida.
—¿Conocías el concepto?
—No, no tenía idea. Me citaron a una entrevista en Miraflores, Viña del Mar, un miércoles, y el sábado ya estaba en la Casa Compartida. Todo fue muy rápido. Salí aceptado de una.
Micheel lo define así:
—Es una casa que se comparte entre dos a seis personas, dependiendo del espacio del lugar. Hay reglas: respeto, sana convivencia, no consumo de alcohol ni drogas, mantener el aseo y el orden. En el fondo, el buen vivir.

Extravertido y gracioso, Micheel muestra los equipos de deporte que comparte con sus compañeros de esta Casa Compartida en Quilpué.
Afirma que el buen vivir “son cosas básicas que no se enseñan en la universidad. Vienen de la cuna. No tiene costo para la persona: se pagan los gastos básicos —arriendo, luz, agua, gas— y se entrega apoyo en mercadería. Lo que tú tienes que poner son ganas de superarte y entender que este no es tu hogar definitivo, sino un período transitorio que puede durar entre diez meses y un año”.
—¿Cuánto llevas tú?
—Siete meses.
—¿Y cómo miras el futuro?
—Lo veo claro. Ya estoy juntando mis cosas porque quiero irme en marzo. En abril viene mi hijo Luciano a vivir conmigo. Ya vuelo con colores propios. Estoy afianzado en lo que hago. Esto ha sido fundamental, porque estando en la calle puedes hacer mil cosas, pero no tienes la tranquilidad de llegar a una casa, planificar y despejar la mente. Pasas el día pensando dónde vas a dormir, qué vas a comer, qué vas a hacer. No tienes paz mental ni física para proyectarte. Y eso es fundamental en el ser humano: poder planificar la vida, aunque sea a corto plazo.
—¿Qué tenías cuando llegaste acá?
—Mi ropa, nada más. Hoy tengo muchas cosas.
—¿Nunca perdiste tus documentos?
—No, siempre los tuve.
—¿Nunca caíste en consumo?
—Jamás. El consumo te destruye profundamente: tus principios morales, tu ética, tu palabra, tus ganas de surgir, de vivir. Pierdes tu dignidad, tu esencia.
—¿Te relacionaste con personas en esa condición?
—Sí. La mayoría tiene ese problema: droga toda la noche, alcohol, peleas, cuchillos. Espantoso.
—¿Había mujeres también?
—Sí, pero menos. Aunque te diría que muchas son más violentas que los hombres. Todo es violencia: una mala mirada, un tono de voz equivocado, te puede costar la vida.
—¿Cuál fue el mayor aprendizaje?
—Valorarme, quererme y no querer estar ahí nunca más. Le tengo mucho respeto a la gente de la calle, pero no me gustó y no me va a gustar nunca. Que no te guste es el primer paso para salir. Y ser íntegro siempre, mantener tus principios.

Micheel Ayala saluda al capellán del Hogar de Cristo José Francisco Yuraszeck. Juntos grabaron un video explicando este dispositivo social que financia MIDESO y opera la causa de Alberto Hurtado,
—¿Eres religioso?
—No soy de iglesia, pero creo en Dios. Dios está en mí, en ti, aquí en mi habitación, en las buenas acciones. Esa esencia no la perdí nunca.
—¿Cómo es tu familia de origen?
—Mi madre fue enfermera del Hospital Parroquial de San Bernardo. Mi padre, médico de la misma entidad, fue detenido y desaparecido el 24 de septiembre de 1973. Un tío me llevó a Argentina cuando tenía nueve años. Estudié allá, luego me fui a Brasil. Ha sido mi peregrinaje por la vida.
La historia de Micheel es enorme. Tan tremenda como la calle, pero por otras razones. No cabe en estas páginas. Lo que sí cabe es la esperanza en su futuro.
—¿Te gusta lo que haces ahora, relacionarte con la gente, el reciclaje?
—Es lo mío. Me gusta aportar, soy proactivo, resolutivo. Trabajé muchos años en logística y pienso volver a eso pronto, probablemente el próximo año. Ahora estoy armando una casa para vivir con mi hijo menor. Pienso arrendar en este mismo condominio. Ya me conocen y me valoran.