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Cuando el fuego arrasa una vida entera en 90 segundos

A los 90 años, María Mercedes vio desaparecer su historia, su sustento y sus recuerdos en los incendios de Quillón. Hoy, desde una vivienda de emergencia, intenta reconstruir lo único que no se quemó: su voluntad de seguir adelante. Pero el falta el crochet, lanas; su huerta y el gallinero.
Por Ximena Torres Cautivo
Febrero 11, 2026

Que 90 años no es nada, pensó María Mercedes, vecina de Quillón, al ver arder en apenas 90 segundos los objetos que la habían acompañado durante toda su vida.

A sus 90 años, María Mercedes no tenía demasiadas cosas. Nunca se casó, no tuvo hijos. Vivió siempre con sus padres, y ellos, a su vez, vivieron toda su vida en el terreno del abuelo paterno. Un mismo lugar, una misma historia que pasó de generación en generación.

Una de las casas que se quemó —como tantas otras en esta comuna de la región de Ñuble, conocida como “el valle del sol” y por sus vinos dulces— era la más antigua. “La original”, dice ella. La casa de su abuelo.

—Se quemó todo el terreno, que son como seis hectáreas de monte. De las construcciones, lo único que no se quemó fue una cocina, porque antiguamente se hacían fuera de las casas. Esa cocina debe tener unos cien años, o quizás veinte más que yo. Por lo menos cien años tiene, y era de mi abuelo.

En Quillón, armando la casa de Mercedes completa por dentro. El kit de habitabilidad contiene una cama, dos camarotes, comedor, cocina, balón de gas, ropa de cama, batería de cocina, hervidor, vasos y loza.

Hoy, María Mercedes acaba de recibir el kit de habitabilidad entregado por el equipo del Hogar de Cristo de Chillán, encabezado por el jefe de Operación Social en Ñuble y Maule Sur, Mauricio Zorondo. La vivienda de emergencia fue levantada en tiempo récord por Techo-Chile. Ahora, sentada en su nueva cama, sobre un colchón nuevo y rodeada de un mobiliario que por primera vez es completamente suyo, sonríe con gratitud. La casa también es suya.

La pena, sin embargo, persiste. Y es honda.

La entristece —hasta las lágrimas— haber perdido los recuerdos de sus abuelos: muebles antiguos, fotografías, cartas. También le duele profundamente que se hayan quemado sus tejidos a crochet y todos los materiales con los que tejía: lanas, ganchillos, todo.

No le quedó nada. Y el crochet para ella no era solo un pasatiempo: era una actividad esencial, terapéutica.

ELLA BAJABA, ELLOS SUBÍAN

En los montes del secano costero de Quillón, en su vivienda de emergencia, sentada sobre su nueva cama, María Mercedes suspira con serenidad y dice:

—Echo de menos los recuerdos, todo lo que había y que era mi mundo. Y mi gallinero. Las gallinas se salvaron, por gracia de Dios, pero el gallinero se quemó. También los árboles frutales, de los que sacaba injertos que se convertían en plantas nuevas, que yo vendía.

Pollos, huevos, plantas. Eso que le permitía generar ingresos ya no existe.

—No sé si pueda volver a ver todo eso de nuevo. Aunque tuviera la plata para volver a plantar o sembrar, los árboles tardan años en crecer… y yo tengo 90.

Una tragedia que, a simple vista, podría parecer menor. Pero para ella significa la desaparición total de su vida anterior: de sus hábitos, su rutina, su autonomía y su motivación cotidiana.

Mauricio Zorondo, junto a Natalia Barriga, de la Dirección de Desarrollo Comunitario de la Municipalidad de Quillón, visitaron a María Mercedes tras el incendio. Ambos coinciden en que esta nueva vivienda, aunque pequeña y de emergencia, se encuentra en mejores condiciones que la que habitaba antes, al igual que los enseres entregados por el Hogar de Cristo, tanto a ella como a otro vecino del mismo sector rural.

—La casa de emergencia y la vivienda definitiva que se le construirá más adelante la dejarán en mejores condiciones de habitabilidad —afirma Zorondo—. Pero en lo cotidiano es evidente que no cuenta con los medios para recuperar la huerta y las plantas que le permitían subsistir y generar ingresos antes del incendio.

El consuelo es que María Mercedes logró salvar la vida. Quienes estuvieron cerca durante la emergencia cuentan que ayudó el hecho de que su casa estuviera en la cima de un pequeño cerro. Ella misma relata que desde allí observó el avance de las llamas y que, cuando sintió que la monstruosa marea de fuego se acercaba sin control, salió arrancando.

—El incendio cambió de dirección y ella quedó de frente al fuego —relata Mauricio Zorondo—. Afortunadamente, familiares que viven cerca habían ido a buscarla. Se encontraron a medio camino: ella bajando, ellos subiendo. Así lograron socorrerla.

Y hoy, al menos, no estamos lamentando una pérdida irreparable.