“Mi proceso de desvinculación y deterioro duró muchos años y terminó con mi estadía en la calle. Todo empezó mucho antes, cuando estaba en la universidad. Soy egresado de Arquitectura de la Universidad Católica. Estudié durante 15 años y amaba mi carrera. Hoy, después de 35 años de haber egresado, estoy cursando nuevamente los ramos para titularme. La misma universidad me abrió la puerta y me dijo: “Vuelve y termina”. Acabo de hacer el primer semestre con un ramo, un taller. Estoy a mitad de camino.
Cuando estaba en la universidad comencé con el consumo de drogas. Principalmente marihuana, que en esa época se veía como algo inofensivo, habitual, sin tanto prejuicio ni tanta carga. Algo natural, un pasto.
Comenzó siendo algo sutil y se fue haciendo cada vez más intenso. Hasta llegar a un consumo diario y, con los años, abusivo.
Durante todo ese tiempo nunca dejé de trabajar. Consumía de noche y trabajaba en oficinas de arquitectura. Podía mantener a mi familia, sostenerme, trabajar y tener este gustito personal que, además, practicaba en soledad.
Yo tenía esa peculiaridad: me aislaba.

Martín Nieto en Hora de Conversar hablo con toda honestidad de esos tres años que pasó manteniendo el trabajo de día y el consumo de noche, en la calle.
Ese aislamiento también es un elemento social. Uno empieza a sentir que los compañeros de la universidad te guardan distancia, se empiezan a juntar más entre ellos, te empiezan a excluir. Y te vas encerrando.
Eso fue muy negativo en mi caso, porque muchas decisiones las tomaba solo, sin conversar con mi mamá, con mi hermana, con nadie. Y eso tiene un riesgo.
Hasta que llegó un punto en que todo hizo crisis. La mamá de mi hija se aburrió de soportarme. Y me fui a la calle.
Pero yo no sabía estar en la calle.
Había vivido en una casa, había tenido trabajo y, de hecho, logré conservarlo siempre. Yo conozco mucha gente de calle que en la noche está en el abandono, pero durante el día tiene un trabajo. En mi caso, además, era en una oficina de arquitectura, en un ambiente profesional.
Era como una doble vida. De día, arquitecto. De noche, calle y consumo.
Yo no tenía comida, no tenía baño, no tenía ducha, no tenía muda. Para poder presentarme más o menos compuesto en la oficina tenía alguna ayuda, me lavaban ropa, conseguía alguna cosa o de repente arrendaba una habitación por dos o tres días. Después volvía a la calle, porque yo seguía consumiendo. No paraba.
Deambulaba de noche por las calles cercanas a mis puntos de compra de drogas.
Sufrí unas noches horribles. Aparecieron noches tan heladas, yo creo que más heladas que las de ahora. Muy heladas. Me provocaban un terror inmenso. Pensaba que no iba a poder levantarme en la mañana. Tenía los miembros inmovilizados, congelados. Y el hambre era tan grande como la angustia.
Siempre andaba solo.
Tampoco era de meterme en una caleta y ser aceptado. Por mi formación, por mi tamaño, por mi forma de hablar… yo era un bicho raro. Podía pasar por ahí, pero al rato me tenía que ir porque empezaba a percibir la agresión, alguna negatividad. Yo no era el típico personaje de calle.
Estaba excluido por todos lados: por mi familia, por mi entorno, por mis antiguos amigos y también por la gente de la calle.
Porque la gente de la calle te acoge y comparte, pero siempre hay algún malandrín que te quiere quitar algo, que se quiere aprovechar. Es su forma de sobrevivir.
Yo era, de alguna manera, un excluido entre los excluidos.
Aprendí a buscar un alero, un rincón, una instalación de faena, un lugar donde no hubiera nadie. Ahí me metía.
Así logré, digo yo, saborear, besar la realidad de la calle, de forma real, no simulada.
Hasta que alguien me habló del Hospital San Juan de Dios, en Independencia. Me dijeron que había una unidad de superación de la drogadicción. Me consiguieron una entrevista gratis, porque había que pagar, poco, pero había que pagar.
Fui y me recibió una psicóloga, Margarita Montenegro. Nunca olvidé su nombre.
Ella me dio tres sesiones, en tres semanas. Y me cambió.
No es que solamente me convenciera de dejar la calle. Ella supo encontrar en mí la voluntad de cambiar mi vida, de cambiar todo lo que había vivido y sido hasta entonces.
Ella convocó a otro Martín.
Supo hacer salir de mi interior algo que yo no sabía que tenía dentro.

Cuesta que Martín se ría, pero cuando lo hace aparece el Martín que él no conocía que tenía dentro en sus años más oscuros.
Yo ya estaba hastiado de la droga. Había consumido mucho, muchísimo. Siempre marihuana, no era otra cosa, pero consumía todo lo que podía y mientras más, mejor. Era un verdadero adicto.
Margarita me habló después de la Ruta de la Cuchara, que funcionaba en La Vega. “Déjate de andar pidiendo pan en los locales”, me dijo. Ahí voluntarios de distintas organizaciones daban comida caliente gratis.
Y después me habló de la Hospedería Álvaro Lavín del Hogar de Cristo, que está en Mapocho con Esperanza.
Ahí me dejaron ingresar. Te daban tres meses para estar, mientras buscabas ordenar tu vida.
Fue una oportunidad enorme.
La oportunidad de conservarme sano, limpio, alimentado. De tener un casillero con mi ropa, una cama y una ventana.
Primero me pusieron en una habitación antigua, bien fea, pero después se produjo un cupo en otra sala. Me instale en una litera, arriba, donde tenía una ventana. Me sentía feliz de tener ese lugar.
Imagínate: una cama, un colchón, una ventana cerca.
Yo había estado tan desposeído que en la mañana agradecía el vaso de café, té o chocolate con leche y la hallulla con mermelada que te daban.
Algunos hombres se quejaban, encontraban muy pobre el desayuno.
Yo era feliz con él.
Lo consideraba una bendición.
Cuando se acercaba el momento de dejar la hospedería, me hablaron de la Corporación Nuestra Casa. Fui a la entrevista un jueves y el viernes tenía que dejar la Álvaro Lavín.
Esa noche llegué y ya no tenía cama; se la habían dado a otro.
Tuve que dormir en el suelo de nuevo. Mojado, porque llovía.
Sentí que era una especie de advertencia.
En Corporación Nuestra Casa me dijeron: “Aquí no vas a durar porque no es tu perfil, porque eres universitario y aquí viene gente de la calle realmente”.
Eso me desafió.

Martín Nieto estuvo en Hora de Conversar dando su testimonio. Afirma que no es lo mismo ser una persona de calle que ser una persona en situación de calle. Escucha aquí su testimonio.
Y estuve tres años ahí, aunque el plazo máximo era un año.
Ahí generé una red de vínculos.
Y cuando tú tienes de nuevo una red de vínculos, te comprometes. Te comprometes con las personas que creen en ti. Sientes el compromiso de responderles, de cumplirles.
Eso me fue fortaleciendo.
Empecé a salir a repartir café de noche. Cocinaba, lavaba, hacía aseo, salía de voluntario.
Y nunca dejé de trabajar. Trabajo desde los 18 años.
Cuando íbamos a La Vega empecé también a mirar a la gente de la calle de otra manera.
Yo hago una distinción: hay gente de la calle y gente en situación de calle.
Yo estuve en situación de calle, pero no soy gente de la calle.
Como me explicó un compañero, yo nací y tuve una cuna. La gente de la calle es la que nace en un hoyo y vive toda su vida en ese hoyo. No logra salir de ahí porque no conoce otra cosa.
Son personas que llevan toda su vida en la calle. Imagínate: 40, 50, 80 años. Sin nada.
Creo que hay una diferencia bien grande.
La situación de calle es sumamente dolorosa, porque es solitaria. No hay lazos. Ni familia. No hay nadie.
Vi, por ejemplo, a una niñita en La Vega. Me decían que era consumidora de pasta base y que para conseguir las dosis se prostituía. A los meses, murió de sida.
Yo tengo un discurso que repito sobre el consumo de drogas. Intento que las personas que consumen se vean como un engranaje de una máquina.
Al consumir, les digo, estás haciendo que la máquina siga dando vueltas.
Y la consecuencia es que por ese funcionamiento hay gente que muere.
Tú lo pasas bien, disfrutas, te drogas y, pucha, después hay una consecuencia.
Y eso es lo que hay que reflexionar mucho.
Hoy, cuando me preguntan por qué una persona en situación de calle se resiste a ir a un albergue en medio de un temporal, yo entiendo algo que antes también sentía: el deseo de estar solo. También el valor de la libertad.
A muchas personas no les gusta sentirse clasificadas, encasilladas, introducidas en un espacio institucionalizado. Y cuesta mucho cambiar eso.
El albergue está lleno de prohibiciones. En Estados Unidos hay más libertad en los albergues y más comprensión del consumo.
Yo manejo mucho por Santiago y paso por las calles del centro donde el amigo Desbordes se empeña en desalojar rucos. Es una preocupación y un gasto que no creo que sirva para nada. Lo que serviría es tener programas sociales serios: de acogida, de salud, de trabajo verdadero. Porque yo sé lo que significa estar en la calle”.
Hoy Martín está decidido a titularse de arquitecto. Tiene una mujer que lo quiere y a la que quiere. Unos suegros que lo han encaminado por el budismo. Trabajo. Casa. Un perro poodle precioso, del que nos muestra fotos como si se tratara de un hijo. También tiene “varios hijos biológicos”, donde cada uno es una historia. Lo conocimos porque dio testimonio de lo que vivió en la calle en el más reciente encuentro 3xi, que abordó la pobreza en todas sus formas. Así lo invitamos al programa Hora de Conversar, donde abundó en lo que vivió y aprendió en esos duros tres años en la calle