Cómo logró sus implantes mamarios revela con crudeza y ciertamente con dolor lo que ha sido la vida de Claudia Torres, nacida como Mauricio Torres, en Calama, hace 56 años.
-Mi abuela me reconoció como hijo suyo, así es que se da el hecho casi chistoso de que yo legalmente soy hermana de mi mamá.
Una mamá que, asegura, nunca la quiso. “Ella me tuvo a los 14, 15 años. Y como no le resultó la relación con el hombre que fue mi padre me dejó donde mi abuela y se olvidó para siempre de mí. Yo vivía con mi abuela en Calama y ella en Chuqui. Estábamos a 15 minutos de viaje, pero nunca me fue a ver. Nunca la he visto. Ni siquiera me visitó cuando estuve detenida durante 21 meses en la cárcel de Calama”.
Fue en ese recinto penal donde esta mujer transgénero y varias otras reclusas -trans y no trans- se inyectaron silicona industrial para aumentar o crearse “unas pechugas bonitas”, como explica Claudia.
-Como la silicona industrial es transparente, la entraban como vaselina. En esa cárcel había un servicio de limpieza de chaquetas y prendas de cuero, las que se limpian con vaselina, por eso la silicona pasaba colada. Entonces, el paramédico, que era súper buena onda, nos consiguió unas jeringas gruesas para que nos metiéramos la silicona por aquí -cuenta Claudia, indicando los costados de su cuerpo a la altura del pecho, cerca de las axilas.

Claudia en el departamento que habita desde abril en un condominio de Copiapó, al que considera un sueño.
Fueron muchas las que se intervinieron a sí mismas con este peligroso método artesanal. Es más: fue tan exitoso “el procedimiento” que algunas amigas de Claudia se las arreglaron para cometer delitos menores e ir a la cárcel a enchularse la parte delantera. “Se dejaban atrapar por delitos contra la moral y las buenas costumbres, como se decía entonces, para caer presas y hacerse el arreglo”.
-Ahora me van a sacar estos implantes. Hace poco me hicieron una resonancia magnética y, por suerte, no tengo cáncer, pero esto que me puse me lo tienen que sacar. Me dijeron que podía optar a implantes mamarios, tal como ahora estoy con terapia hormonal.
Claudia, entonces Mauricio, tenía 13 años cuando la mandaron a comprar el pan y optó por la libertad que le daba la calle. Desde entonces ha vivido prácticamente siempre en esa situación. “A veces, cuando me iba bien, pagaba una residencial, una pieza, pero la mayor parte de mi vida he estado en la calle”.
Siendo una adolescente, sin nadie que se preocupara por ella, empezó a aspirar neoprén, “a tener malas juntas”. Pero, al mismo tiempo, dice, por primera vez se encontró con gente que era como ella.
-Me parecían hadas, reinas. Ellas me enseñaron a maquillarme, a encresparme las pestañas, a verme linda. Me enamoré de ese mundo. Hoy creo que fue un gran error.
-¿Por qué crees eso?
-Porque los que trabajamos en la calle, arriesgamos la vida a diario. La droga te consume y se lleva todo lo que ganas. Incluso teniendo plata, una no puede llegar a cualquier lado a dormir. El riesgo de abuso es permanente.
-¿Es más dura la vida en calle para una mujer trans que para cualquier otra persona?
-Es mucho, mucho peor que para cualquiera. Te discriminan de una manera que te hacen sentir como si fueras una escoria en la tierra. Un ser despreciable, indigno. Así me han tratado a mí siempre.

Ha vivido 43 de sus 56 años en calle. Hoy sentada en la cama de su dormitorio en el departamento que comparte con un compañero, por primera vez en su vida respira tranquila.
En suma, Claudia ha vivido 43 de sus 56 años en la calle. Durmiendo en los terminales de buses o en las urgencias de los hospitales, donde podía asearse y sentirse un poco más segura. Las caletas o los conjuntos de rucos le resultaban siempre peligrosos. “Ahí hay gente de todos lados. Gente mala. Bueno, con drogas, todos cambiamos. Nos ponemos más malos. Y en la calle todo es difícil. Te pueden violar, cortar, matar. A mí me han pasado de todo, doy gracias a Dios de estar viva”.
-¿Realmente has estado en peligro de muerte?
-Yo he visto las estrellas en mis ojos. Varias veces, no una sola. A amigas mías las han matado delante de mío. Y la ley no hace nada, porque se nos considera escoria.
Dice que más de una vez se ha salvado por un pelo.
-A veces me sorprendo de lo valiente que soy, porque nunca han logrado matarme. Me han dado palizas tremendas sólo por ser como soy. Una vez unos quince hombres me empezaron a seguir para pegarme. Corrí, corrí, corrí. Me querían muerta. Si me hubieran alcanzado, hoy no estaría conversando con ustedes.
Claudia es cuidada. Se tiñe levemente rojo el pelo. Se maquilla. Le gusta verse bien, le encanta la ropa con diseño. Cuenta que, pese a su valentía y a su intuición para alejarse cuando las cosas se ponen feas, hace unos años la patearon en el suelo y le quebraron la nariz. Hoy se nota esa golpiza en su rostro.
-Fue una madrugada, a la salida del Centro Comercial Coimbra, aquí en Copiapó. Cuatro hombres me pegaron mucho. Me fracturaron la nariz. Casi me matan. Debe haber sido en 2017. Algo debo haber hecho yo, quizás, pero qué tan grave para que me masacraran así. Yo me salvé de esa porque Dios es grande y me quería viva. Él me quería viva -dice, moviendo nerviosa una pierna y sudando, porque “me pongo nerviosa, no estoy acostumbrada a hablar de mí, a que me pregunten.
En Atacama hay 578 personas en situación de calle catastradas. Unas 300 de ellas viven en la capital regional, Copiapó. El resto se distribuye entre Vallenar, Caldera y otros pueblos pequeños.
Desde abril pasado, la ciudad cuenta con el programa Vivienda Primero, que es financiado por el Ministerio de Desarrollo Social y, realmente, logra reinsertar a las personas en situación de calle. La clave es partir dándoles una vivienda, compartida generalmente por dos, para que desde allí logren pararse y reconstruir sus vidas. El dispositivo partió en Santiago en 2017 y han pasado un millar de personas por él, con éxito en su proceso de reinserción de más de un 90 por ciento.
El verbo dar es un decir, porque las viviendas no son entregadas en propiedad. Son otorgadas a quienes cumplen con dos condiciones básicas: tener más de 50 años y una larga trayectoria en situación de calle.
El departamento o casa en que se les ubica cumple para albergar con independencia a dos personas. Se les ayuda con los gastos de servicios, se les apoya con mercadería y -esto es lo clave- se les entrega apoyo sicosocial permanente. Cuando ya han logrado estabilidad, inserción, reconstruir lazos, son egresados del programa.
En Copiapó no fue fácil encontrar las 9 viviendas requeridas para albergar a las 18 personas seleccionadas por la Subsecretaría de Desarrollo Social y Familia para Vivienda Primero. El Hogar de Cristo regional fue el encargado de arrendar las viviendas, alhajarlas, armar las parejas y ahora está en pleno proceso de acompañar a los 18 beneficiados en esta nueva vida.

Claudia acompañada de Odila Yáñez, la trabajadora social del Hogar de Cristo de Coquimbo, a cargo del programa Vivienda Primero.
Varios de ellos hoy habitan en un condominio de dos altas torres de 11 pisos de altura, donde el arriendo de un departamento de dos dormitorios y un baño cuesta 550 mil pesos, más que viviendas equivalentes en otras regiones del país. Odila Yáñez, la trabajadora social del Hogar de Cristo a cargo del programa, comenta que lo más complejo fue conseguir que propietarios y comunidades aceptaran recibir a estos nuevos vecinos. “Hay aún mucho prejuicio respecto de las personas en situación de calle”, comenta, pero hasta ahora todo ha ido bien, de acuerdo a lo planificado.
“A Claudita Torres”, como la llama cariñosamente, la instalaron de las primeras. Y, cuando nos mandaron el listado de los beneficiados con Vivienda Primero en Copiapó para visitarlos y contar sus historias, su caso nos interesó de inmediato. Es una de las personas con más larga trayectoria en calle dentro de los 18. Así es que nos interesó especialmente entrevistarla. Sabemos cuán dura es la vida sin un techo en el caso de las mujeres. No por nada, ellas suelen ser sólo el 18% de esta población. Una minoría. Altamente vulnerada.
Pero, al conocerla, su historia se volvió aún más extrema, dada su condición de mujer trans.
Honesta, querida, muy conocida en Copiapó, es una suerte de faro para iluminar la oscuros que son los vericuetos de la vida en situación de calle.
Hoy, bajo techo, protegida y segura, nos habla de cómo le cambió la existencia estar en Vivienda Primero.
-Yo dejé hace cinco años de fumar. Partí haciéndolo a los 13. Hablo también de la pasta base, que la dejé junto con el cigarro.
-¿Por qué dejaste el consumo?
-Porque un día me vi en el espejo y dije ¿quién es ese monstruo? Yo no puedo ser eso. No puedo ser esa persona. Estaba delgada, era puro hueso. Así es que me ayudé. Yo ya tenía bien controlado un precáncer al estómago que me habían diagnosticado. Era a partir de una úlcera nerviosa. Me operaron en Antofagasta y salí de eso.
Sitúa esa decisión alrededor de 2021. Reconoce que no ha sido fácil. Que, aunque la dejó de un día para otro, ha tenido tentaciones. “Pero yo le juré a Dios que nunca iba a volver a fumar y hasta ahora no lo he hecho más”.
Asegura que lo mismo hizo con el trago. “Eso fue en 2018, después de una borrachera tremenda. Desperté y supe que no podía seguir tomando”.

Claudia recogiendo almuerzos que donó una empresa al Hogar de Cristo en los pasados temporales del norte. El contacto con los participantes de Vivienda Primero es constante.
Ahora le cuesta poner en palabras lo que significa tener “un departamento tan bonito”. Dice que a su compañero de Vivienda Primero casi no lo ve. Que es discreto y respetuoso y que no coindicen casi nunca.
Claudia lamenta estar sin trabajo. Como tiene antecedentes, le cuesta mucho conseguir empleo. El Hogar de Cristo le ayudó a que Conaf la contratara como jardinera en unos parques públicos, pero era por tres meses. “Las plantitas me fascinaron. Descubrí que soy buena para reproducir patillas, se me da todo bonito”, dice, orgullosa. Ahora mismo saldrá a hacer aseo en una casa, pero son pololitos menores, no como lo de Conaf que fue gratificante. Lo mismo que contar con un lugar seguro. “Eso es indescriptible, un sueño. Saber que aunque me quede sin trabajo, tendré mi cama, mi baño, mi espacio”.
Cuenta que sacó el cuarto medio laboral, que permite trabajar, pero no continura estudios superiores. Logró sacarlo, porque sólo había cursado hasta octavo básico. Dice que conoce Chile desde Arica a Chiloé. Y que sabe más de la vida que ese viejo juez que la recogió cuando era adolescente para un servicio sexual y al que ella le robó un maletín con la billetera y unos documentos judiciales de una causa importante.
-El viejo me sacó bajo fianza cinco días después de que me agarraron. Para que no lo delatara ni ensuciara su imagen, pagó mi libertad. Aunque contrató a unos cabros para que me pegaran. Me escapé. No me agarraron.
Desde entonces, se las ha valido por sí misma. Arriesgando la vida. Vendiéndose para sobrevivir. Infectándose y desarrollando enfermedades que le han dejado secuelas. “Tengo una grave inflamación interna que están viendo a qué se debe. Perdí la hora para la endoscopía, porque nadie me pudo acompañar ese día. Y hay que ir acompañada”.
Odila Yáñez del Hogar de Cristo toma nota. Le pide que reagende la hora y que alguien del programa irá con ella. Claudia es sola. Con su familia no tiene nexos, salvo con una prima lejana que la vino a ver. Su madre vive en Chuquicamata, pero “nunca se ha interesado por mí”, dice, lagrimeando. Tampoco ha tenido suerte con el amor de pareja. Dice que todas sus relaciones se han fundado en el aprovechamiento económico y el abuso sexual.
-¿Estás o has estado enamorada alguna vez, Claudia?
-Yo he amado muchísimo, pero nunca nadie me ha amado a mí. Esa es mi desgracia.