Callcenter: 600 570 8000Hogar de Cristo 3812, Estación Central, Santiago
Donar

Ana María: “Fui la primera persona con Covid en Atacama”

Es también una de las 33 personas mayores que reciben atención domiciliaria de Hogar de Cristo en Tierra Amarilla. Sobrevivió a una neumonía y al Covid-19, que no solo la mantuvo cuatro meses hospitalizada en 2020, también le arrebató a su hijo mayor. Hoy, el acompañamiento en su casa es una de sus principales fuentes de apoyo.
Por María Teresa Villafrade Foncea
Agosto 19, 2026

Ana María Castillo Alfaro (68) nos recibe en su humilde pero bien conservada vivienda en el sector Luis Uribe de Tierra Amarilla, caminando con dificultad. Hoy despertó a las cuatro de la mañana porque cuando tiene que salir, no duerme. “Soy muy nerviosa”. Ahora viene saliendo de una neumonía y de inmediato se activaron todas las alarmas. Esto porque ella fue la primera persona que tuvo Covid en la región de Copiapó en aquel año fatídico de la pandemia, el 2020.

“Salí en todas las noticias entonces. Estuve dos meses inconsciente, no supe nada de mi vida y en total pasé cuatro meses hospitalizada. El doctor les dijo a mi marido y mis cuatro hijos que mejor me compraran altiro el cajón”, relata con dulce crudeza.

Ana María y su esposo Pascual, pilar fundamental en su vida. Se casaron en 1976.

Ella se salvó, pero su hijo mayor de 44 años, quien también enfermó de Covid, no.

“Él estuvo veinte días intubado. Sufría de presión alta y era bien gordito. Yo había soñado que mi hijo se enfermaba y moría cuando estuve hospitalizada, y así tal cual pasó. Los dos estuvimos intubados casi al mismo tiempo”.

EL SEÑOR LE AVISÓ

No le quisieron decir nada a ella, porque venía saliendo de su enfermedad, pero asegura que, como mamá, lo supo.

“Yo lo había soñado. Yo había soñado que mi hijo se me enfermaba y que mi hijo se moría. Y en la noche cuando él estaba muriendo el Señor me lo estaba mostrando. Que mi hijo se me estaba yendo”, narra con tristeza.

Ana María cumplió 68 años en mayo. Dice que, gracias a Dios, no tiene secuelas del Covid, que recuerda todo. Nacida y criada en Tierra Amarilla, se casó con el minero Pascual Marcoleta el 20 de septiembre de 1976, un devoto esposo, hoy jubilado, que la cuida como hueso santo.

Él con pesar declara que ya no hay tantas mineras como antes. Se jubiló tempranamente. “Ahora la gente se dedica más a la agricultura, a trabajar en los parronales”, dice con pesar. 

“SOY LA DUEÑA DE TODO”

El papá de Ana María también fue minero. Y su mamá se dedicó a sacar adelanta a los 10 hijos que tuvo el matrimonio.

-De tus hermanos ¿cuántos siguen vivos?

-De los diez quedamos nueve, porque una hermana falleció. La tercera de mis hermanas. Éramos seis y cuatro hombres. Todos vivimos en Tierra Amarilla.

-¿Y has sido feliz con Pascual, tu marido?

-Sí.

Son propietarios de la vivienda que habitan, pero ella advierte: “Yo soy la dueña de todo”.

Cuando se casaron, la situación económica del país era pésima. Tuvieron que trabajar en el PEM y en el POJH, programas de empleo de emergencia, con sueldos muy precarios de esa época.

Pascual y Ana María con su nieta Isabel que ese día no tuvo clases. Entonces, ellos la cuidan.

“Pagaban al mes como tres mil pesos. Era la plata en aquellos tiempos, pero gracias a Dios nunca nos faltó”, aclara ella.

De sus cuatro hijos, dos varones solo estudiaron hasta octavo básico y se pusieron a trabajar. El tercero terminó enseñanza media y trabaja de guardia de seguridad en el aeropuerto. Solo la hija completó su educación y es técnico en jurídico y en administración de empresas.

“Es bien trabajólica y empeñosa. Ella y mi nieta viven con nosotros. Ya tenemos cinco nietos y dos bisnietos”.

“ME ABURRO SOLA”

Desde la pandemia y por su enfermedad, Ana María es parte del servicio de atención domiciliaria de Hogar de Cristo para adultos mayores.

La comuna de Tierra Amarilla tiene 14.500 habitantes, de los cuales poco más del 10.4% son mayores de 65 años, grupo que integra Ana María, con la ventaja de que s parte del dispositivo domiciliario del Hogar de Cristo.

“Para mí es una gran compañía. Me encanta conversar y que vengan a verme. Me aburro sola, cuando viene gente yo me alegro. Generalmente no puedo salir a menos que mi hijo me lleve en auto, porque me cuesta desplazarme, voy a la esquina y me canso”.

La trabajadora social de Hogar de Cristo, Ingrid Aracena, es la jefa del servicio de apoyo domiciliario en la región. Ana María se siente apoyada por ella en todo momento.

La monitora del servicio, la trabajadora social Ingrid Aracena, cuenta que en Tierra Amarilla hay 33 personas mayores que ellos visitan regularmente al igual que a Ana María. Desde el sector Luis Uribe hasta donde están las tomas en el sector Jaime Cruz.

Patricia y Teresa, hermanas de Ana María, también están en el programa. Una de ellas quedó imposibilitada de caminar debido a una enfermedad.

“Yo tengo mucho apoyo, mi esposo es mi cocinero y ambos vivimos de la pensión básica. La que se encalilla siempre soy yo, porque compro lo que necesitamos. Recibo 235 mil y debo pagar más de la mitad en deudas y medicamentos”.

Ana María debe inyectarse una vez a la semana Ozempic, cuyo valor es superior a los 200 mil pesos la dosis.

“Algo me aporta la municipalidad y mis hijos completan lo que falta. La debo usar para regularizarme la sangre. He bajado de 81 a 70 kilos con ese tratamiento”.

Cada mes debe hacer los trámites con la municipalidad. Un proceso agotador.

Ana María tiene problemas de visión y de movilidad. En el antejardín de su casa, su familia y el Hogar de Cristo, están para ella.

Nos despedimos de este matrimonio y su nieta Isabel, con la sensación de que les alegramos la mañana. De que alguien los escuchó con atención. Esa es la finalidad que persigue el Hogar de Cristo a través de 51 unidades de este servicio de apoyo domiciliario que en 2025 atendió a casi 4 mil personas mayores en todo Chile.