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Alejandro Prado: “Una piscolita los sábados”

Es el pequeño lujo que, a sus 82 años, se permite este adulto mayor que vive en Tierra Amarilla. Exminero, padre soltero y antiguo rey de las pistas de baile, hoy enfrenta una vejez marcada por la precariedad. En una casa que se llueve, tomando seis medicamentos diarios y con unos ojos que apagan poco a poco, quien alguna vez fue “el bailarín predilecto” de las fiestas de la comuna, no pierde el entusiasmo. Hoy, una visita, una conversación y un traguito compartido pueden cambiarle el día.
Por Ximena Torres Cautivo
Agosto 31, 2026

Fue “cantinero de minas”, “sereno de minas”, minero, a veces. Aunque nació en La Granja, en Santiago, hoy es un tierramarillano más. Ha vivido toda su vida adulta en Tierra Amarilla, esta pequeña comuna de la región de Atacama, donde la minería manda… O que hasta hace poco mandaba en exclusiva. Ahora todo se ha diversificado, Alejandro está jubilado y recibe la PGU. De eso vive.

Alejandro Prado González (82) hoy intenta salvar los muebles de la lluvia que se ha dejado caer en un lugar habitualmente seco. Muy seco.

Alejandro Prado en su casa de la población Luis Uribe. Llueve y ha amontonado los muebles para que no se le mojen. Pese a las dificultades que impone el inédito aguacero en Tierra Amarilla, está feliz de que lo visite la monitora del Hogar de Cristo, Ingrid Aracena.

Las calaminas de su techumbre, habitualmente recalentadas por el sol nortino, hoy parecen un colador y van generando goteras, mojando todo dentro de esta casa abarrotada de muebles, adornos, recuerdos. Como suele pasar cuando el tiempo avanza, la sencilla casa en una población que se entregó con lo que años atrás se llamaban “casetas sanitarias”, se ha ampliado para todos lados y está colmada de objetos. En uso y en desuso. Algunos de enorme valor sentimental, como varias fotos, donde Alejandro aparece luciendo sus dotes de talentoso bailarín. Campeón de cueca y de rock and roll, se le ve acompañado de distinguidas parejas: una concejala, una señora del Centro de Salud Familiar. “Era el bailarín predilecto en muchas fiestas comunales”, dice, con orgullo.

CUEQUERO Y ROCANROLERO

Hoy ya casi no baila.

La salud se ha debilitado y, para demostrarlo, va a su también abarrotado dormitorio a buscar todos sus remedios. Despliega las bolsas de papel que los contienen y que le entregan mensualmente en el CESFAM local como si fueran las cartas de una baraja. Son seis medicamentos distintos. Asegura que no se confunde y que se los toma todos tal cual se los han prescrito.

Despliega sobre la mesa las seis bolsas con sus medicamentos que le provee el Centro de Salud Familiar local.

Alejandro no sabe leer ni escribir. Apenas firma. Y ahora, dice, de poco le serviría, porque ha ido perdiendo progresivamente la vista. Cada vez, ve menos. Y el oído tampoco está al ciento por ciento. Es evidente que requiere audífonos.

Por eso agradece tanto ser parte del servicio de apoyo domiciliario para personas mayores que Hogar de Cristo tiene en Atacama. Específicamente en Tierra Amarilla. Una vez al mes recibe una caja de mercadería que le resulta de gran utilidad, pero lo que más valora es que lo visiten. Le conversen. Lo inviten.

Su casa queda en el límite de la población Luis Uribe, justo al frente de lo que es un terreno de tomas con casas autoconstruidas y bastante consolidadas. La calle es de tierra y ahora, a causa de la lluvia, hay que andar esquivando charcos y zanjas.

La monitora del servicio, la trabajadora social Ingrid Aracena, cuenta que en la pequeña comuna de Tierra Amarilla visitan a 30 personas, incluido el ex minero y ex bailarín Alejandro Prado. “La menor tiene 68 y la mayor, 94. En nuestro caso, ellas son mayoría, pese a nuestro carácter de zona minera y masculina: tenemos 22 mujeres y 8 hombres”, explica la profesional, que está a cargo del servicio desde 2021.

EL PLACER SABATINO

Las personas de 65 años o más representan aproximadamente un 7,6% de los habitantes totales de Tierra Amarilla, una cifra menor al porcentaje nacional de adultos mayores. Con una población estimada cercana a los 14.400 habitantes, en la comuna hay un leve predominio masculino, debido a la actividad más común, la minería.

Alejandro nos muestra una pintura que mandó a hacer de él con su única hija, a la que crió solo. “Soy padre soltero”, dice y también comenta: “No me gusta como quedó, porque parecemos de la misma edad, cuando somos padre e hija. El que pintó eligió la mejor pinta de ambos y quedamos como matrimonio, como pareja. Nada que ver”.

-Yo fui padre soltero. Reconocí a mi hija Lucía con mis dos apellidos, porque la madre desapareció. No se hizo cargo. La crié solo y a ella nunca le interesó conocer a su mamá. Creo que lo hice bien -sostiene Alejandro, con indudable orgullo.

Ingrid Aracena, la trabajadora social del Hogar de Cristo que lo acompaña y lo conoce desde hace años, hace notar su generosidad y su afán colaborativo. Comenta que hoy tiene de allegado a uno de sus nietos, el que vive en unas piezas al fondo de la casa, con su mujer y una hija de ella. También vive en la casa un cachorro precioso. Ese es el grupo familiar.

“Él acoge a todos con muy buen espíritu, tal como se suma a todas las actividades que puede. Es extremadamente entusiasta y participativo”, destaca Ingrid.

El nieto trabaja en sistema minero: 4×4. Cuatro días en la mina y cuatro libres. “Ahora baja y le toca descanso”, comenta Alejandro, lamentando lo mala que está la situación económica que obliga a una familia joven a vivir como allegados. “Hay que apoyar, digo yo, en lo que se pueda”.

No nos queda claro cuánto le ayuda a él la presencia del nieto.

Con la trabajadora social que lo visita, Ingrid Aracena, y un vecino, que también es parte del servicio de atención domiciliaria para adultos mayores que Hogar de Cristo tiene en Tierra Amarilla. Nada le gusta más a Alejandro que compartir y socializar.

Alejandro ha sido beneficiario de varios proyectos. Del Fosis, por ejemplo. “Hace 5 años, me gané con horno para preparar pan amasado e iniciar un emprendimiento, pero muchas veces no tenía el dinero para comprar harina”, comenta, sin lamentarse. Por eso, es un agradecido de la caja de alimentos que le trae el equipo de Ingrid o ella misma muchas veces. Y menciona lo que más lo divierte y hace feliz: “Me gusta cuando nos llevan de paseo a la playa, cuando se organizan convivencias, cuando nos juntamos a conversar y cuando, como ahora, me vienen a visitar”.

No importa que la casa se esté lloviendo. Lo que importa es sentirse acompañado. Valorado.

-No soy de grandes lujos ni exigencias. A mí lo que me hace feliz es compartir una piscola con un amigo o en familia los sábados por la noche. Ese es el único placer que me permito últimamente -concluye.