No parece jubilada, pero lo es. Alba Aravena tiene 72 años y está casada desde hace más de 40 con Alejandro Schlegel, de 80. Viven hace unas tres décadas en el Barrio Yungay, en Santiago Poniente, donde “participamos activamente en la comunidad barrial, lo que al parecer nos mantiene sanos y activos, y nos da impulso para seguir aspirando a la vigencia”, afirma, no sin ironía.
Cuenta, como “dato extraordinario”, que aún tiene suegra. “En este mes, el de los adultos mayores, ella cumple cien años. Está bien físicamente, aunque algo ida en lo mental. Vive en una residencia y sus hijos la visitan todas las semanas”.

Alba estuvo en los estudios de radio Cooperativa, donde fue entrevistada en el programa Ojos que sí ven. Nada más ad hoc a alguien que quiere visibilizar a las mujeres que nadie ve: las que viven en calle.
Alba es terapeuta familiar. Y, por una evidente cuestión de sororidad -fraternidad femenina- y de sentido social, es activa voluntaria de la Pieza Rosada, una iniciativa muy reciente que partió albergando el invierno antepasado a cuatro mujeres en situación de calle por las noches. Y que hoy, en otra dependencia, distinta de la original, que era parte de la parroquia San Saturnino, acoge a nueve “vecinas”, como llaman ellas a quienes ayudan. “Aunque ellas estén en situación de calle, viven acá, en el barrio. O sea, son vecinas”, sostiene, convencida.
-Es bien notable que lo veas así en estos días en que los propios alcaldes expulsan a las personas en situación de calle y los corretean de un lado para otro, mientras en el Congreso se busca penalizar los rucos.
-En cierta medida es razonable todo eso, porque hay gente que se toma los espacios públicos, perjudicando al resto. Los rucos son hoy caldo de cultivo para el tráfico, el consumo de drogas y la delincuencia. Pero, al mismo tiempo, nosotros conocemos la realidad de las personas en situación de calle. Sabemos que arrastran quiebres tremendos y requieren ayuda.
Alba entiende que los adultos mayores del barrio, que están solos, consideren un peligro a las personas en situación de calle. “Ellos les temen, se asustan. Yo lo entiendo”.
Desde hace mucho tiempo, Alba participa de una ruta fraterna.
-Así caminando por el barrio y distribuyendo comida y abrigo en invierno, uno ve la realidad. Somos vecinos del barrio y jóvenes estudiantes del Colegio Verbo Divino de Chicureo los que hacemos estas caminatas. El año pasado, en ese caminar, nos dimos cuenta de cómo estaban aumentando las mujeres que dormían en la calle.
-¿Qué hicieron frente a esa realidad?
-Cuando nos dimos cuenta del aumento de las mujeres en la calle, fortalecimos el conversar con ellas. Porque la caminata por el barrio no es sólo asistencialismo: llevar un plato de comida o un suéter. No. Lo principal es escuchar. Entre ellas había una muy esbelta, muy bonita, de piel oscura. Había tenido un buen pasar, pero por múltiples desdichas, terminó en la calle.
Cuenta que fue esta joven la que un día les dijo: “Mi sueño es tener algún día una pieza rosada donde dormir, donde estar, que sea mía, donde pueda estar segura”.

Alba y otras voluntarias que se la juegan porque la Pieza Rosada tenga larga vida y ayude a “las vecinas”, como llaman solidariamente a las mujeres en situación de calle del bariio Yungay.
Eso las movilizó y le dio nombre a una iniciativa que, por ahora, no es más que eso. Un acto solidario, muy femenino y amoroso, que nació en la previa del invierno 2025.
-El invierno es crudo, pero vivirlo en la calle no significa solo pasar frío o estar mojada. Para una mujer significa violencia, robos, abuso, violación. Las mujeres están mucho más expuestas a esos ataques. Y las vulneraciones que arrastran son mucho peores, más crudas, más tristes, que las de los hombres, sobre todo porque tienen que ver con sus hijos, ya que muchas de ellas son madres.
El primer albergue, la primera Pieza Rosada, fue al alero de la Parroquia San Saturnino, donde participan varias mujeres que pertenecen a la orden de las Focolares. Había cuatro camas y un colchón de emergencia. Ahora están en Chacabuco 1070 y cuentan con nueve camas. “Es un lugar prestado, por lo que es posible que unos meses tengamos que dejarlo, porque está en venta”.
Esta incertidumbre se suma a lo que ella llama entre comillas “deuda”.
-Nosotros quisiéramos albergarlas todo el día, porque hoy La Pieza Rosada sólo es para dormir. A las 8:30 de la mañana deben salir. Y ahí vuelven a quedar en la indefensión, porque la mayoría son personas con adicciones.
OJOS QUE SÍ VEN
A Alba y a las demás gestoras de la Pieza Rosada las aflige no contar con el personal necesario para apoyar a las mujeres en su rehabilitación. Vagar de día las expone. “Y todo lo que avanzamos en protección en la noche, lo perdemos en el día”, resume.
Actualmente, la Pieza Rosada, que fue habilitada con el aporte de todos los vecinos, cuenta con dos monitoras remuneradas, que están a cargo en las noches con un sistema de turnos.
-A través de las Focolares recibimos una donación que nos ha permitido solventar ese costo.
Las Focolares pertenecen a un movimiento que se llama economía de comunión, integrado por empresarios que financian proyectos sociales que les parecen interesantes en cualquier lugar del mundo.
Así les llegó ese aporte, “pero evidentemente esa plata se va a acabar y tendremos que ver cómo seguimos”.
Alba destaca que la Pieza Rosada tiene ayuda masculina en su creación y gestión. Menciona, por ejemplo, la ayuda del empresario y creador del precioso Museo Taller, que es un atractivo turístico cultural del barrio Yungay, Francisco Dittborn.

El empresario Francisco Dittborn en una foto de 2017. Hoy es un patrocinador permanente de la Pieza Rosada, como buen vecino del barrio Yungay, donde hoy está el Museo Taller.
Así, la Pieza Rosada no es un proyecto femenino ni feminista, es una iniciativa barrial, comunitaria, mixta, y dirigida sólo a mujeres. Esto, porque donde sí ve una brecha de género es en el apoyo a las mujeres en calle versus los hombres en la misma situación.
-Para nosotros es un logro eso: estar orientados a la atención de mujeres. Si te fijas, aquí mismo en el barrio, hay harta ayuda para los hombres en situación de calle. Para ellas no hay nada o muy poco. En general, en Santiago la ayuda para mujeres es inexistente. En eso creo que somos pioneros.
Mujeres mayores, migrantes, jovencitas, trans… Muy diversas son las acogidas de este particular dormitorio rosado, donde todas tienen responsabilidades y el ambiente es alegre y colorido. Dice Alba con orgullo:
-Tenemos a una mujer trans que es bien destacada acá en el barrio, porque ella es artista.
-¿Te refieres a Cecilia Campos?
-Sí, ella está acá con nosotros. Es una artista plástica, una pintora estupenda, que vende sus obras e incluso ha hecho exposiciones.

Antes de la entrevista, en los estudios de Radio Cooperativa. En la recepción, la conocen porque la junta de vecinos de la que es parte guarda ahí las llaves del local donde se reunen.
Ahora, la preocupación de Alba y de sus socias y amigas en esta empresa, es conseguir financiamiento estable y adquirir estatus de fundación para seguir ayudando a las mujeres más vulnerables entre las vulnerables. Veintisiete han pasado hasta ahora por la Pieza Rosada, obteniendo una ayuda invaluable.
-Nos mueve la visibilización de estas mujeres -concluye. Nada más apropiado en un programa que se llama “Ojos que sí ven” y que se emite en el mismo barrio donde queda esta sorora Pieza Rosada.