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Heriberto Cisternas, “patroncito”:

“Se vivía una miseria terrible”

A partir de hoy y hasta el 19 de octubre, en que el Hogar de Cristo cumple 78 años, estaremos compartiendo con ustedes historias de éxito. De personas, iniciativas, políticas, lideradas por nuestra fundación que dan cuenta de que poniendo en el centro a las personas y creyendo en su capacidad de cambiar las circunstancias, es posible doblegar la pobreza y las desventajas sociales. El caso de Heriberto es elocuente y él nos pidió contarlo.

Por Ximena Torres Cautivo

Converso con Heriberto Cisternas, quien el domingo pasado cumplió 89 años.

Es un señor flaco, con boina gris sobre una cabeza clara y una memoria fresca.

Hablamos por Zoom. Él está en su casa en Talca. Parada detrás, vemos a Elisa, de 90,  su mujer desde hace 62 años. También lo acompaña su nieta, Camila, quien es fonoaudióloga y fue quien me contactó para contarnos que, cuando era niño, su tata había vivido en un hogar de niños.

Con Heriberto hablo de pobrezas viejas y antiguas.

Me cuenta que dejó su casa a mediados de la década del 40; tenía poco más de 10 años. Vivía en Quinta Normal y su padre “era caído al frasco. Por su culpa, vivíamos en una miseria terrible”. En su experiencia de niño vago, conoció a muchos como él: huérfanos, “huachos”, abandonados, niños fugitivos de la miseria rural, que preferían huir a la capital antes que ser regalados como mano de obra barata.

Dice que estaba durmiendo debajo de una banca de la plaza Pedro de Valdivia, cuando lo despertó y lo recogió una señora. Lo llevó a su casa y luego hizo los contactos para que lo recibieran en la Escuela Granja de Colina.

Inaugurada el 18 de mayo de 1947, en un amplio terreno “de 12 cuadras”, comenzó albergando a 57 niños pero rápidamente llegó a acoger a 120 jóvenes en riesgo social. Según su creador, Alberto Hurtado, “los niños reclamaban campo, espacio y aire puro”. En la Escuela-Granja del Hogar de Cristo, varones de entre 9 y 14 años completarían estudios primarios con talleres que los capacitaban en algún oficio y colaboraban en labores de campo.

Heriberto vivió allí dos años. Y tiene una foto donde aparece con el padre Hurtado. “Soy el de blanco, estoy parado en un palo, debajo del letrero”, afirma.

En sus memorias conserva fresca la imagen de haber hecho una fila para besarle la sotana al alegre padre Hurtado. “Los curitas italianos que nos cuidaban nos dijeron que estaba enfermo, que tenía cáncer, que moriría pronto. Él, que tenía siempre una sonrisa ancha, ese día estaba triste y nosotros también. El primero en la fila fue el Cabeza de Tablón, después pasé yo”, cuenta, reconociendo que más que nombres, recuerda apodos.

Otra anécdota presente en los ordenados recuerdos de este hombre que aprendió en la práctica a trabajar maquinaria pesada y hoy tiene 3 hijos, 8 nietos y dos bisnietos, es una vez en que el padre Hurtado llegó de visita y todos “estábamos vestidos con ropa dada de baja del Ejército. Él se molestó mucho y mandó a comprar ropa decente y digna para todos. Así dijo”.

Confiesa que de él aprendió un principio clave: “Lo ajeno es siempre ajeno, así nos decía”. No hay que robar ni envidiar.

“Yo nunca lo hice. Ni en mis peores apreturas. Ser honrado es un valor que me hizo ser lo que soy”, afirma orgulloso y nos manda una foto de su torta de cumpleaños: en cuadrados de mazapán se lee: “Contento, Señor, Contento” y tiene una camioneta verde encima.

GABRIELA MISTRAL Y SU AMIGO ALBERTO

Este 19 de octubre, el Hogar de Cristo cumple 78 años, y la pobreza que se vivía entonces era muchísimo más concreta, física y visceral que la actual, por describir de alguna manera la desnutrición de los niños, la precariedad del calzado y el vestuario, el analfabetismo, los piojos, la sarna y los sabañones.

En 1951, la revista Time escribió un sorprendente reportaje sobre Chile: “Algunas calles de Santiago han llegado a ser más peligrosas que los senderos de las selvas africanas. Cunde una ola de crimen y lo más importante es que la mayor parte de los crímenes son cometidos por menores de 21 años. Unos cincuenta mil criminales, la mayor parte de ellos jovencitos, corren ahora por las calles de Santiago”. El texto es parte de esa crónica, citada por el padre Hurtado en una columna aparecida en El Mercurio.

Impresiona que en una época en que la globalización no era ni siquiera una idea, un medio estadounidense se hiciera eco de un fenómeno  que ocurría tan lejos, en Santiago de Chile. El hecho, sin duda, revela la profundidad de “un problema de contornos pavorosos”, como se lee en el titular de uno de los muchos reportajes publicados por el diario Las Últimas Noticias a fines de los años 40 y comienzos de los 50, medio que bautizó a los niños abandonados que vivían bajo los puentes como “los gorriones del Mapocho”.

Han pasado 78 años de la fundación del Hogar de Cristo y la pobreza es otra. Más dura, dicen algunos. Distinta, afirman otros. Menor, sin duda, proporcionalmente.

Hay que ser justos y claros para señalar los progresos e identificar los cambios, como el influjo de las drogas y el narcotráfico que hoy secuestra a una infancia que no anda a pata pelá, sino que roba, asalta con violencia, para tener las zapatillas de marca que ansía.

Fue la gélida noche del 19 de octubre de 1944 cuando Alberto Hurtado experimentó la epifanía que consolidó el evidente sesgo social de su vocación sacerdotal. Esa noche vio en la figura de “un pobre hombre con una amigdalitis aguda, tiritando, en mangas de camisa, que no tenía dónde guarecerse” a Cristo.

La convicción de que en cada compatriota desvalido, en cada chileno vulnerable, en todo prójimo dañado por el desamparo, la falta de oportunidades, la pobreza, vivía el Hijo de Dios, lo llevó a reflexionar frente a un grupo de 50 señoras que se habían reunido en la sede del Apostolado Popular de calle Lord Cochrane. A ellas, les dijo: “Tanto dolor que remediar: Cristo vaga por nuestras calles en la persona de tantos pobres dolientes, enfermos, desalojados de su mísero conventillo. Cristo acurrucado bajo los puentes, encarnado en niños que no tienen a quien llamar padre, que carecen por muchos años del beso de una madre sobre su frente al dormirse. Cristo no tiene Hogar. ¿No queremos dárselo nosotros, los que tenemos la dicha de un hogar confortable, comida abundante, medios para asegurar el porvenir de nuestros hijos?”.

Marta Holley, una de las mujeres que lo escuchaba, quien se convertiría en una de sus colaboradoras principales, recordó muchos años después que “él estaba transfigurado”. Y que luego pidió perdón por su discurso encendido, el que no tenía intenciones de pronunciar allí. Pero la solidaridad ya se había desatado a partir del efecto de su discurso en las conciencias femeninas. Al final del retiro, había recibido la donación de una propiedad y de una suma de dinero para iniciar “un Hogar para los pobres”, el Hogar de Cristo. Más tarde, en un sobre anónimo, le llegó una valiosa alhaja, y así.

Tres días después, una columna con su firma en “El Mercurio”, ahondó en la necesidad “de un Hogar para los que no tienen techo”. Un enorme contingente de migrantes, los migrantes de entonces; campesinos que llegaban en masa a la capital desde el campo, buscando una oportunidad y vivían hacinados “como animales” en cités miserables. “Informes minuciosos nos aseguran que faltan 400 mil casas para que se pueda decir que la población de Chile tiene Hogar”, escribió sentando las bases de la causa, que el 21 de diciembre de 1944 se traduciría en la colocación de la primera piedra de ese nuevo hogar para los pobres.

“Detrás de la Estación Central de Ferrocarriles, llamada Alameda, por estar a la entrada de esa avenida espaciosa que es orgullo de los santiaguinos, ha surgido un barrio sórdido, sin apoyo municipal. Sus calles se ven polvorientas en verano, cenagosas en invierno, cubiertas de harapos, desperdicios de comida, chancletas y ratas podridas”, así describía en su novela “El Roto”, Joaquín Edwards Bello el barrio Estación Central, donde está la casa matriz de lo que algunos llaman “el milagro cotidiano” de san Alberto Hurtado.

La obra que este 19 de octubre cumple 78 años empeñada en hacer de Chile un país más digno y justo, tal como se lee en un mosaico en azulejos en la fachada de su casa matriz. Es una obra que desde sus inicios, inspirada por un adelantado en manera de activismo social, ha buscado la promoción, desarrollar la capacidad de agencia de las personas en situación de pobreza.

Este espíritu, que pone a las personas al centro y cree en su capacidad de progresar pese a la desigualdad y los infortunios, se aprecia en el concepto de educación que tenía Alberto Hurtado. Los niños pobres requerían sobre todo educación y un oficio que les permitiera ganarse la vida. Todo lo que encarna Heriberto Cisternas, y tantos otros como él.

En el prólogo de “Pasión de Leer”, libro que recopila más de setenta textos de Gabriela Mistral, premio Nobel de Literatura 1945, escritos a petición del educador Manuel Guzmán Maturana, para diferentes manuales de lectura escolares de comienzos del siglo 20, Juan Cristóbal Romero, actual director ejecutivo del Hogar de Cristo, escribe: “No fueron pocos los documentos en los que Alberto Hurtado se refirió a Mistral. Sorprenden menos sus reiteradas alusiones a la poeta que el hecho de que éstas siempre fuesen a propósito de la educación, una de las inquietudes afines a ambos”. La educadora de Elqui era una convencida  de que “la educación es, tal vez, la forma más alta de buscar a Dios” y que “el futuro de los niños es siempre hoy. Mañana será tarde”.

En ese contexto, se inscribe la Casa Granja de Colina donde vivió parte de su adolescencia Heriberto Cisternas.

LOS “PATRONCITOS” DE HOY

-Me fui de ahí por vergüenza. Me peleé por defender al Luisito, un niño más chico que siempre andaba con monedas en los bolsillos. Era chiquitito y pedía en la estación de trenes de Colina. Me agarré a puñetes con el Chupadedos, un grandote que le quería quitar la plata, y yo iba ganando cuando nos sorprendieron los curitas. Yo preferí irme antes que explicar nada.

Se fue, cuenta, donde Carmen Taramilla, la señora que lo había protegido antes y le tenía cariño. Luego decidió hacer el servicio militar y volver donde su madre. “Toqué la puerta y no me reconoció. Se asustó al verme y me dijo que volviera cuando estuviera Eligio, mi padre”.

Elisa era hija de los vecinos y da fe de cuánto buscó su madre a Heriberto, cuando él se fue. “Fueron como unos 7 años de ausencia y ella nunca paró su búsqueda”, asegura. Finalmente, se produjo el reencuentro. “Ella ya no está y tampoco ninguno de mis cinco hermanos; soy el único que va quedando”, dice él, sin fatalidad.

Mucha pena, en cambio, sintió al saber que había muerto el padre Hurtado. “Era tan bondadoso, tan generoso, que no me sorprendió que lo declararan santo. Yo siempre supe que era santo”.

Santo o no, según la fe de cada uno, fue un activo promotor del ser humano. En 1947, inmerso el mundo en un contexto de posguerra, publicó el libro “Humanismo Social”, el que él define como “un ensayo de pedagogía social”, que invita a la acción y a preocuparnos por el prójimo. Sorprende el uso de estadísticas, cosa poco común en su tiempo.

Ellas adquieren un gran interés pues señalan con datos objetivos la situación de su época y la evolución y progresos que ha experimentado el país.

Por ejemplo, frente a la realidad educacional de su época, sostiene: “Tenemos para comenzar el hecho de que unos 400.000 niños escapan anualmente a la asistencia de la escuela y que, por tanto, no pueden recibirla”. El texto refleja también un conocimiento directo de las mejores prácticas existentes, pues señala la visita a numerosos centros educacionales tanto de Europa como de los Estados Unidos.

Hoy los niños, niñas y jóvenes privados del derecho a la educación son unos 200 mil y eso que el país ha duplicado de sobra la población que tenía Chile en 1944, cuando Alberto Hurtado fundó el Hogar de Cristo.

Hoy los “patroncitos” de antaño, como llamaba el jesuita a los niños en situación de calle, en lenguaje inclusivo actual, son menos que entonces y de otro color. Él no conoció el fenómeno migratorio de hoy, ni el narcotráfico, ni la pasta base, ni el individualismo generalizado que algunos ven en la base de la desigualdad.

Esas nuevas pobrezas que sorprenden a los chilenos, incluido Heriberto, para las cuales el Hogar de Cristo sigue buscando soluciones, proponiendo políticas públicas, propuestas técnicas, iniciativas comunitarias sobre la base de la investigación basada en la evidencia para impulsar con el Estado, el sector privado y la sociedad civil organizada salidas que hagan de Chile un país más digno y justo.

Eso, mientras Heriberto Cisternas, celebra en familia sus 89, recordando a quien fue su inspirador y guía moral, el padre Hurtado.

 


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