En Chile existen más de 475.000 organizaciones de la sociedad civil. Caben en ese enorme número juntas de vecinos, clubes deportivos, centros de padres y apoderados, agrupaciones de adultos mayores… Y, como bien señala Ignacio Irarrázabal en uno de los capítulos del libro “Cartografía Social de Chile 2025”, lo que podría interpretarse como una señal de un estupendo estado de salud democrática, no es así.
La confianza, el sentido de comunidad, la cohesión social están por el suelo en el país.
¿Cómo se explica esta contradicción?
En Hora de Conversar intentamos responder esta pregunta con el capellán general del Hogar de Cristo, el sacerdote jesuita José Francisco Yuraszeck. Lo primero que él levanta es lo recogido por la socióloga, doctora en Arquitectura y Estudios Urbanos de la Pontificia Universidad Católica de Chile y miembro del directorio de la fundación, en otro de los capítulos de la Cartografía Social.
-Ella cita en su texto un joven de un campamento, donde los vecinos lograron el sueño de la casa propia. “Cuando éramos pobres, éramos más ricos en calidad de relaciones. Ahora tenemos casa, pero parece que lo que tiene que ver con la convivencia y la comunidad se debilitó”. Resulta increíble que estando mejor materialmente, la sensación de soledad se agudice, porque se pierde el sentido de pertenencia, de causa, de inclusión.

José Francisco Yuraszeck estuvo en Hora de Conversar hablando sobre el tema del libro del que es parte sustantiva. La Cartografia social de Chile 2025 aborda la cohesión social y el estado de los vínculos entre los chilenos. AGENCIA BLACKOUT
-Es contradictorio y es insólito, porque hoy nadie pensaría que alguien añora sus tiempos de pobreza…
-Creo que esa reflexión muestra el peso que tiene dentro de la manera de evaluar la pobreza multidimensional el aspecto redes y cohesión social. La calidad de los vínculos que tenemos, la posibilidad real de ser y de sentirse partícipes en la comunidad hoy es clave.
Ingeniero, hijo mayor de una numerosa familia de clase acomodada, el capellán vive desde hace al menos 7 años en la población Los Nogales de Estación Central. Conoce las diversas realidades sociales del país y, por eso mismo, insiste en que no se puede generalizar sobre lo raído de nuestro tejido social. Según él, no se trata de un desgaste uniforme. Es importante diferenciar.
-Las generalizaciones nunca son buenas; habría que ir por barrio por barrio, población por población. Existen lugares en Chile donde se mantiene un tejido social vivo, muy fuerte. Yo lo veo aquí en Los Nogales, donde la actividad de las juntas de vecinos y de las parroquias es muy rica, volcándose al servicio de los demás en las más diversas iniciativas -explica el sacerdote.
Menciona, por ejemplo, la preocupación por los vecinos mayores, que viven solos o en pareja en sus casas, lo que se fortaleció en pandemia.
-Esos grupos vivos que tú describes, ¿por qué son tan invisibles?
-No sé la razón, pero, sin duda, habría que mostrarlos más. Creo que hay mucha vida en las comunidades, en las poblaciones. Y la organización que se dan responde a los dolores y necesidades de sus alrededores. Insisto: con la pandemia se agudizó el llevarles comida a los mayores y algo de eso ha permanecido.
En un Hora de Conversar reciente, Vicente, el director de la radio Franklin decía que las ollas comunes son -y nunca mejor aplicada la expresión- “pan de cada día” en sectores consolidados de Santiago. “La fachada confunde, porque se ve bien, pero dentro hay una enorme pobreza encubierta”, afirmó el dirigente vecinal.

Las ollas comunes son todo un simbolo de la comunidad organizada. La pandemia las activó y siguen absolutamente vigentes en muchas poblaciones y campamentos de Chile. AGENCIA BLACKOUT
El capellán matiza: “No siempre es carencia total de dinero. También pasa que cuando eres mayor, la movilidad, la motricidad falla y salir a comprar no es tan simple. Después hay que picar, cortar, cocinar. Por eso, esto de hacer juntos la comida es una cosa muy práctica, que además contribuye a reconstruir el tejido social”.
De esas necesidades que se presentan con la edad, afirma, actualmente hay muchas organizaciones preocupadas y ocupadas. Ya sea sumando a las personas mayores a las ollas comunes, cuando ya no pueden cocinar, hasta llevarlos a sus consultas médicas. Eso sucede mucho en comunidades de vecinos que se conocen desde hace muchos años. Son vínculos que se han fortalecido casi de generación en generación.
-¿Cómo entran ahí los migrantes que son los nuevos vecinos?
-Los vecinos nuevos se están agrupando por sí mismos. Son de otra edad, son más jóvenes. Los haitianos si no han logrado hablar bien el castellano, se arriman a iglesias, cristianas, que tienen pastores que les hablan en creole. Colombianos, venezolanos se acercan a parroquias católicas. Eso lo veo mucho. Como las parroquias son lugares de pertenencia y de fácil entrada, es un lugar donde los migrantes están llegando y revitalizando la vida de las comunidades. Los migrantes además tienen más hijos que los chilenos hoy día y esos niños muchos son chilenos, porque han nacido aquí.
El “padre Pepe” comenta las catequesis de bautismo y de primera comunión, están llenas de hijos de extranjeros.
Felipe Expósito, investigador de Hogar de Cristo, en el capítulo que escribe para la “Cartografía Social de Chile 2026”, identifica tres perfiles comunales. El primero reúne territorios donde se acumulan desventajas estructurales: pobreza, déficits en vivienda, menor conectividad, rezagos educativos y dificultades de inserción laboral. Allí las carencias se potencian entre sí y hacen insuficientes las intervenciones aisladas.
Un segundo grupo presenta mejores condiciones relativas. Ello no significa que esté libre de problemas, sino que dispone de mayores oportunidades y servicios. Finalmente, existe un tercer perfil donde el rasgo predominante no es la pobreza estructural, sino la inseguridad asociada al narcotráfico y al consumo de drogas.
-Es interesante ese análisis, capellán, porque significa que las políticas sociales no pueden ser las mismas para todos. ¿Qué piensas?
-Hay que mirar la historia. Hay poblaciones que hoy que tienen como 80 años, más o menos la misma edad del Hogar de Cristo. Chuchunco, por ejemplo, como se llamaba a mediados del siglo pasado a Estación Central, tuvo una transformación gigante. En el barrio o sector Pila del Ganso, en la esquina de la Alameda con General Velásquez, donde vivían cien personas en un conjunto de casas, hoy en una sola torre habitan mil. La configuración de los barrios y de las comunas ha cambiado.
Esos cambios, así como la caracterización que hace Felipe Expósito, tienen mucho que ver con la historia, con la memoria de las organizaciones de base.
Pero hay algo que permanece y que tiene que ver con la pertenencia. Por eso me parece tan importante mirar lo que ocurre en cada lugar y no quedarse solo con las cifras generales.
-Eso también parece estar detrás de la nueva mirada del Hogar de Cristo.
-Sí. Alejandra Rasse está en el directorio del Hogar de Cristo, preside el comité directivo social y nos está ayudando a mirar precisamente la intervención social del Hogar de Cristo no comprendida solo como un servicio que se presta a una persona, sino también desde ahí cómo impactamos a la comunidad. De ahí surge el énfasis en las iniciativas comunitarias del Hogar de Cristo, que estamos por desarrollar y que en algunos lugares ya han partido, retomando prácticas que teníamos en los años 80.

Sala cuna Monseñor Santiago Tapia en La Pintana. Ahí el Hogar de Cristo en los años 80 sentó las bases de una activa organización comunal. AGENCIA BLACKOUT
-Hay trabajadores del Hogar de Cristo que uno conoce y que vivieron esa experiencia entonces. El jardín infantil y sala cuna Santiago Tapia, en La Pintana, es un ejemplo.
-Sí. Hay una anécdota que les puedo contar. Había un centro comunitario ubicado en la población El Castillo, en La Pintana. Todavía existe la sala cuna y hay un servicio domiciliario de apoyo a personas mayores y también un servicio ambulatorio para temas de consumo de droga, pero ya no está el centro comunitario del Hogar de Cristo. Lo que sí existe hoy es un centro integrado de atención a personas mayores de la municipalidad. Cuando se inauguró, la alcaldesa Claudia Pizarro, que estaba ahí presente, me dijo: “Capellán, yo le quiero agradecer que el Hogar de Cristo se haya ido”.
Se ríe el capellán y comenta, riéndose: “La frase podría parecer un poquito grosera. ´Qué bueno que se fueron´, me dijo. Pero qué bueno que se fueron porque acabábamos de inaugurar este centro integrado para personas mayores, y no solo aquí, sino en tres lugares más. Con la experiencia comunitaria del Hogar de Cristo, se hizo cargo la municipalidad, ofreciendo un servicio más robusto, con más sostenibilidad financiero. La municipalidad tomó la posta y nosotros podemos ir a otros lugares donde se nos necesite”.
-Esa es como la base de la estrategia social hoy día del Hogar de Cristo: estar más presente en la comunidad.
-Claro, y estar menos esperando que vengan a nosotros, sino más bien saliendo a la comunidad, prestando apoyo domiciliario, como hacemos en el caso de las personas mayores y de las con discapacidad mental y sus cuidadores.
La frase “Mientras más pobre el barrio, más comunidad hay” que citamos antes podría ser perfectamente como una romantización de la pobreza. Algo parecido a lo que hizo hace unos meses la ministra de Ciencias, Ximena Lincolao, al afirmar que para ella ser niña pobres había sido muy positivo. ¿Qué piensa el capellán?
-Yo creo que no. Esa frase es la descripción de un sentimiento, porque en algunos lugares no se logra organizar la comunidad y no hay ni Dios ni ley y gobiernan los narcos. Pero hay otros, donde las personas se reconocen, se respetan, suman fuerzas y brota la organización. Desde cuestiones básicas como la alimentación en las ollas comunes, pero al poco andar también en temas de educación, de deporte o iniciativas culturales.
-¿Qué te gustaría que pasara con la Cartografía?
-La gracia que tiene esta serie anual de publicaciones es ser una reflexión compartida de todas las obras sociales vinculadas a la Compañía de Jesús, con un foco específico. Primero nos ha llevado a conversar entre nosotros de estos temas y a conocer lo que hace cada uno.
¿Quiénes han participado? TECHO Chile, Emplea, Súmate, Infocap, Fondo Esperanza y otras, poniéndonos unos anteojos determinados. El año pasado fueron los de la habitabilidad y el territorio y este año los de convivencia y cohesión social. Eso nos permite poner sobre la mesa y en la conversación cuestiones que hacemos cotidianamente, que de otra manera no nos daríamos cuenta de qué hacemos. Creo que eso es lo más importante. Me encantaría que esto nos ayudara a posicionar estos temas a nivel país. Pero como son noticias positivas, no pegan, porque la cobertura mediática de la pobreza siempre tiende a asociarla al delito, a lo negativo, y eso a la gente termina…
-¿Distorsionándole la percepción?
-No, haciendo que no pongan su dirección en el currículum. Cuando yo invito a Estación Central siempre percibo el temor en el que no conoce. Eso pasa en todo Chile. Hay una percepción de la inseguridad que provoca miedo y que es muchísimo mayor de lo que realmente ocurre en los distintos sectores. Creo que hay que hacerle la contra a ese sentimiento.

El capellán José Francisco Yuraszeck aporta buen apetito y música a la mesa que se le invite y llama a todos a asistir a El Gran Malón este 4 de octubre en la Plaza Huemul.
-Ahora el Hogar de Cristo hará un Gran Malón el 4 de octubre. ¿Cuál es el propósito?
-El Hogar de Cristo hace muchas fondas y reuniones por estos días. Desde hace dos años, la comunidad donde vivo, en la población Los Nogales, el primer domingo de diciembre ponemos una mesa tipo Té Club en la calle. Invitamos a todos los vecinos: traiga su mantel, traiga su tetera, traiga algo rico para compartir y una guitarrita. Y fíjate que así hemos logrado salir del anonimato y conocernos como vecinos. Ahora lo haremos más grande aún, como Hogar de Cristo, en el Barrio Huemul. Eso hoy es tan sencillo, pero tan escaso, sobre todo en barrios más pitucos. Menos mal que existe el fenómeno de Halloween.
Bueno para guitarrear, mandado a hacer para cantar, simpático a la hora de motivar, el “padre Pepe” llama a todos en este mes de Celebraciones Patrias a “reconocer que vivimos en una misma tierra, el mismo sol. Tenemos que encontrar motivos suficientes para reconocernos uno en el otro, para invitarnos y ojalá no dejar a nadie fuera de la mesa. Porque, al final, un país debiera ser algo así como una familia extendida, en que nos cuidamos y nos preocupamos unos de otros”.