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León Cohen, terapeuta:

"Celebro la capacidad expresiva de William"

El psiquiatra, actor y asesor  de distintas áreas dramáticas de los canales de televisión, comenta la teleserie política nacional y el complejo telón de fondo: la salud mental de los chilenos, tan deteriorada desde antes incluso de la pandemia. Sin ínfulas intelectuales, celebra el concurso literario Vuelen Plumas y a su ganador por partida doble, William Ortiz, que tiene discapacidad síquica, y a la Teletón, que parte ahora.

Por Ximena Torres Cautivo, publicado por ElDínamo.cl

-¿Qué harías en relación a la salud mental, León, si a alguien se le ocurriera nombrarte ministro de Salud?

-Saldría arrancando. A perderme –dice, con el humor honesto que lo caracteriza, el psicoanalista y actor León Cohen (71).

Antes de investirlo secretario de Estado, nos había hablado de lo mezquino que es el presupuesto destinado al buen estado de la mente en comparación con el presupuesto total de salud en Chile. Apenas un 2%, cuando las recomendaciones de la OMS, la OCDE  y la experiencia de países desarrollados indican que sea al menos de 6%.

-Ahora, este gobierno está consciente de que hay que invertir más en salud mental. En general, todas las autoridades lo han estado, pero es más clara ahora la necesidad, porque ahí está el germen de la violencia que estamos viviendo hoy como sociedad. La pandemia ha dejado muchos muertos y los sigue dejando y muchas heridas en la psique de todos. Por eso aplaudo que en estos tiempos de apreturas económicas haya iniciativas colaborativas, que son particulares, como la Teletón, en términos de discapacidad física, y como la del Hogar de Cristo con las personas con discapacidad mental.

León está conmovido porque le acabamos de presentar a William Ortiz, escritor de relatos breves, que ha ganado dos veces el concurso literario para personas con discapacidad mental “Vuelen, Plumas”. Y lo ha escuchado leer su cuento “Colapso”, el que tiene dos versiones. Una de ellas parte así:

“Mi mamá estuvo rayando la papa desde el mediodía del sábado. Se hizo un jurel frito de la canasta (que entregaba el gobierno) y quedó incomible; en vez de alcohol en las manos, se puso endulzante, y trató de cargar el control remoto en vez del celular. El doctor le preguntó por qué andábamos con mascarilla y quién era el Presidente de Chile; no tenía idea. Han pasado dos semanas y se recupera de su amnesia temporal, sabe quiénes le deben y cuánto, eso es un buen síntoma”.

El psicoanalista, que atiende desde hace más de 30 años en una consulta en el barrio El Golf –“ahora le dicen Sanhattan, antes era un barrio tradicional”–, reconoce en el valor de la expresión, de poner en palabras lo que se siente y piensa, la mejor manera de mantener la sanidad mental. Y felicita por ello a William. Y por hacerlo de manera estética, además. Esto porque, según él, el carácter chileno es lo opuesto a la sana expresión.

“La nuestra es una cultura que se caracteriza por su carácter fóbico, evitativo, contenido, que se expresa de manera sorda. Yo, como terapeuta, veo en mi consulta historias de personas que no son proletarias, son gerentes en grandes empresas, y ellos incluso manifiestan padecer el abuso y el desprecio de sus superiores, así como desarrollan  un cierto abuso con el nivel inferior. No necesariamente con el trabajador, el que en esas empresas está muy protegido por sus sindicatos, pero con otros que están por debajo de ellos”.

-La violencia y los problemas de convivencia que estamos constatando al volver a lo presencial, a “la normalidad”, pasado lo peor de la pandemia, ¿son causa entonces de abusos sistemáticos no expresados?

-La violencia que hoy vemos se ha alimentado de distintos factores, pero lo más relevante es la ambición, la codicia, el tener plata. Para lograr eso, la agresividad, el ponerle la pata encima al otro, se ve como un valor. Así lo muestran los medios de comunicación, las redes sociales, las películas y series más exitosas. Eso cruza todas las clases sociales y puede llegar a traspasar el orden moral. Lo único importante es sobrevivir en tiempos complejos y tener plata. Y esa actitud es un caldo de cultivo global, cultural, social, que propicia la aparición de las corrientes ultra derechistas que están en todo el mundo. La sorda percepción del abuso fue el motor esencial de la violencia que motivó la revuelta social del 18 de octubre de 2019. Los 30 pesos abrieron una caja de Pandora de donde emergieron todos los resentimientos propios del abuso. Y, para peor, luego vino la pandemia, y ahora el mundo está en guerra, agravando la crisis económica local.

“Hago el papel de Marx, porque soy más musculoso”

A “la turbulencia social” se sumó la pandemia, “una amenaza invisible”, describe el terapeuta de manera casi literaria, “que podía entrar en tu cuerpo, enfermarte y hasta matarte. Eso implicó un cambio tremendo. Era un enemigo que se podía colar por las ventanas o venir de otras personas cercanas sin ninguna mala intención. Mataba a los mayores, pero también a los jóvenes.  Los sentimientos de ansiedad, angustia, incertidumbre, miedo, colapsaron a muchos, sobre todo a los que tenían cierta fragilidad previa”.

Habla de la pérdida de vínculos sociales, entre ellos, del trabajo. De la alteración de las rutinas. De una suerte de situación de guerra, con informes diarios sobre el número de personas “caídas”. Y de una alteración larga, “que a diferencia de las situaciones traumáticas puntuales, va generando que las personas se vayan marchitando”.

¿Conclusión?

-La conocida. Se generó mucho síndrome depresivo, mucha irritación, mucha violencia intra familiar, un cierto apagamiento de la motivación por aprender. Esto último es tremendo: hoy vivimos un impacto severo sobre una educación que ya estaba a mal traer. Hoy existen niños, púberes, adolescentes, jóvenes, con dos años de aprendizaje perdidos, y eso corresponde como a diez años de un adulto en cuanto a percepción del tiempo. Este daño se ha manifestado en el aumento de la violencia en los colegios. Y para los padres y madres es un desafío tremendo, porque ellos mismos han experimentado una experiencia traumática, agotadora, abrumadora, que se traduce en depresión ansiosa y muchos cuadros psicosomáticos, sin hablar de las desestabilizaciones de aquellos con enfermedades psiquiátricas que dejaron de tratarse – detalla el terapeuta.

Y afirma que ni más plata ni una nueva constitución resolverán todo este dolor en el corto plazo.

-¿Cómo leíste el rechazo mayoritario que suscitó el texto constitucional redactado por la Convención, que se supone vendría a aplacar los ánimos?

-Yo lo vi como el rechazo a una  fantasía rupturista, que intentó darle el protagonismo a algunos sobre otros. Fueron cientos de miles los chilenos que se sintieron discriminados por el privilegio que se intentó entregar a grupos indígenas o de raíz indígena. Hubo un exceso de palabras y conceptos incomprensibles y megalomaníacos, como plurinacionalidad, en un texto que no suscitó adhesión, y mucho espectáculo penoso durante todo el proceso. La gente pensaba: “Estos tipos están ganando dos millones de pesos al mes por disfrazarse o tocar la guitarra, mientras yo con cuatrocientas lucas no llego a fin de mes y salgo a la calle, me asaltan y me quitan lo poco que tengo”.

-¿Y cómo ves al joven nuevo gobierno?

-Esta es una generación que, no sólo por su juventud, no sabe mucho. No son formados y se agarran de la ideología con una arrogancia propia del que no sabe y no tiene experiencia. Hay algunos que son inteligentes y honestos, pero también hay muchos de los otros. Ese dilema está resquebrajando a un grupo que denostó a la Concertación y ahora debe acudir a sus miembros. A nivel de mandos medios, en los ministerios, se ha instalado esa rivalidad nociva.

El viernes 18 de octubre de 2019, León iba a Talca, en auto, con su ex compañero del Instituto Nacional y de Medicina en la Universidad de Chile, Marco Antonio de la Parra, a presentar “La secreta obscenidad de cada día”. La obra –ya un clásico del teatro chileno que este noviembre cumple 39 años desde su primera exhibición pública–, nació del estímulo que León le dio a su amigo más querido y admirado. “Marco Antonio es el hombre más inteligente que conozco”, sostiene. León participó de la génesis de la obra y fue la mitad del elenco original y la ha representado junto a De la Parra desde esa función original en innumerables ocasiones, “entre mis 33 y mis 68 años, y de Punta Arenas a Nueva York”. En el delirante diálogo entre Freud y Marx, León es Marx, “porque soy más musculoso que Marco”, justifica y luego hace un recuerdo más o menos reciente:

-En la radio empezaron a contar que alumnos secundarios se estaban saltando los torniquetes del Metro. Nos había contratado la Universidad de Talca para dar dos funciones. Hicimos la primera y al salir de la sala esa noche de viernes nos enteramos que Santiago estaba bajo estado de emergencia. Hicimos la función la noche del sábado con gran éxito y el domingo, al regreso, entramos a una ciudad distinta, llena de barricadas humeantes y rastros de disturbios.

Nadie de cerca es normal

“Todavía atajo”, responde cuando le preguntamos por sus 71 años, apelando a su importante CV deportivo. León Cohen fue seleccionado nacional sub 20 de fútbol en 1971 e integrante del equipo de la Universidad de Chile durante una década. Combinó los estudios de medicina con ese trabajo, teniendo como entrenador a Fernando Riera y gastándose buena parte del sueldo en libros. “Marco Antonio, que se leía un libro por semana, era impresionante, orientaba mis lecturas, porque yo no había tenido una educación muy humanista”.

De esa etapa, citando a Albert Camus, afirma: “Todo lo que sé de moral y de las obligaciones de los hombres, se lo debo al fútbol”.

-En serio, eso me formó como republicano –y al tiro se corrige. Explica, risueño: -Como persona republicana, quiero decir, para que no se malentienda. Hoy sigo jugando. Lo hago en el centro Deportivo Azul, con mis compañeros de la Chile. Y pertenezco al Consejo Azul.

Amante del fútbol y del teatro (“He sido actor por 40 años”), cuenta que el domingo se va a juntar con su único hermano, el actor, dramaturgo y académico, Gregory Cohen. “Vamos a ver la Copa Libertadores juntos. Gregory es tres años menor que yo, pero mucho más alto. Es un personaje dostoievskiano”, afirma.

Los hermanos Cohen, según el mayor, “tenemos la enfermedad de la monogamia”. Cuenta que Gregory está casado con Lía y tienen dos hijos, mientras él es padre de tres varones con Edy Herrera, siquiatra, como él, con quien, además, comparte consulta. “Tenemos mellizos y uno de ellos, que vive en Alemania, ya nos hizo abuelos. El otro es realizador audiovisual y vive en Santiago. Y el menor es el más científico de los tres”.

-Bonita familia. Suena todo muy ideal.

-Yo diría real, con todo lo que significa la vida, no ideal. Un psiquiatra con una vida perfecta sería alguien muy enfermo, estaría imposibilitado de entender a las personas.

-Me recuerdas una frase de Caetano Veloso, que afirma que nadie de cerca es normal…

-Yo complementaría la frase con que todos de cerca somos reales, con todo lo que eso significa. En mi trabajo escucho muchas historias de todo tipo, historias enormes, que enriquecen mi trabajo en el área dramática.

Efectivamente, desde hace décadas, León Cohen ha asesorado a María Eugenia Rencoret,  directora del área dramática de TVN por años, ahora en Mega. Hoy hace lo mismo en Chilevisión.

-¿Qué salida le ves a la teleserie política nacional?

-Yo creo que hay unanimidad en todos los sectores en cuanto a que no tiene cabida un golpe de estado. Tampoco pedir la renuncia de Boric, pese a su aprobación tan baja, lo que hace muy difícil gobernar. Creo que también hay consenso en que no se puede dar cabida a gente violenta. Eso genera una cierta esperanza. Hay que celebrar a gente joven y racional como ese diputado Soto, que presidió la Cámara, con mucho sentido de país. Ese debe ser el espíritu.

  Estamos en campaña para no recortar gastos en ninguna de nuestros programas. Los de reinserción educativa son críticos. 


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