Sé que este tema es impopular. Tiene mala barra. Genera odiosidad, aunque humanamente debería despertar solidaridad.
Cómo no va a ser aflictivo y conmovedor que sean los niños migrantes los más pobres entre los pobres en Chile. El 51% vive bajo la línea de la pobreza, porcentaje que entre la infancia chilena es de 25.3%. Escandalosamente alto igual, pero la mitad que el de lactantes, infantes, púberes y adolescentes migrantes. Los que tienen entre 0 y 17 años de vida.
La buena noticia general de la última CASEN es que la tasa nacional de pobreza bajó a 17,3%. Casi 600 mil personas dejaron de ser pobres respecto de la medición anterior. Pero el promedio, como suele ocurrir, esconde la letra chica.
Entre las personas migrantes, la cifra no es para celebrar.
El 23,4% vive bajo la línea de la pobreza, casi seis puntos más que la media nacional. Son cerca de 400 mil personas. Y cuando se mira por nacionalidad, el retrato se vuelve aún más áspero: haitianos (42,4%) y bolivianos (38,6%) concentran las tasas más altas de carencia económica. Los venezolanos -la comunidad extranjera más numerosa- suman más de 148 mil personas en situación de pobreza.
El resultado es un cóctel conocido. Un país que envejece, que ve crecer su población migrante hasta representar un 7,5% del total, que enfrenta problemas de seguridad y empleo, y que tiende a buscar culpables rápido.
La televisión y las redes hacen el resto.
Tal como hace unos años, los periodistas sabíamos que a las notas sobre el pueblo mapuche no “marcaban”, hoy todos entienden que el tema migración es el que ahuyenta lectores y/o perpetúa prejuicios.
En Chile, la pobreza tiene acento. Color de piel. Nacionalidad.
La Casen incorporó además un indicador nuevo y más duro: la pobreza severa, que cruza ingresos insuficientes con carencias multidimensionales en salud, vivienda, educación, empleo y redes. Allí, migrantes y niños vuelven a aparecer como los más expuestos.
En los informes, esto se lee como porcentajes. Como números y signos.
En los barrios se ve como piezas subarrendadas, hacinamiento, trabajos informales, papeles que no llegan, colas en consultorios, miedo a perderlo todo. Acentuado, además, por una cuenta regresiva que lleva en la uña el presidente electo: expulsar a los que están en situación irregular o han cometido delitos.
Pero la precariedad material no camina sola. Avanza de la mano con otra pobreza menos medible: la del trato.
No existe un “índice oficial de xenofobia”. Lo que hay son señales evidentes de un clima cada vez más áspero.
Kenita, peluquera senior en una concurrida peluquería del barrio alto, nos cuenta:
-Claro que se discrimina en Chile por el color de piel. Hay clientas que dicen: “Prefiero esperar a que me atienda la negrita”. Por suerte, mi patrona es jugada y les responde clarito: “No seas así, prueba. Si quedas desconforme con el resultado, no te cobro. Pero prueba su capacidad y talento, antes de juzgarla por el color de piel”. Hasta ahora nadie ha dejado de pagar.
En simple: mientras la pobreza se concentra, la desconfianza se expande.
Por suerte, en las poblaciones y en algunas regiones, está presente CLAMOR que busca expandirse y tener efectos concretos en la forma cómo nos relacionamos con los extranjeros. Con los extranjeros. Los ajenos. Los otros.
Y cómo logramos finalmente integrarnos.
CLAMOR es la Red Eclesial Latinoamericana y Caribeña de Migración, Desplazamiento, Refugio y Trata de Personas. El actual capellán del Servicio Jesuita al Migrante, el sacerdote jesuita Pablo Walker, la considera una las iniciativas más sólidas y coherentes en que la Iglesia Católica ha trabajado en los últimos años. Apoyar sin vacilar a las personas obligadas a migrar por lo que sea: política, economía, desastres naturales, guerras.
Sin vacilar, pese a lo impopular que se ha vuelto la causa de la integración, la Iglesia a través de Clamor aboga por ella y por la protección de los que se ven obligados a dejar su terruño, su cultura, su mundo. De los migrantes, de los desplazados y de los usados y abusados por redes internacionales de explotación sexual.
En parroquias, colegios, barrios populares, la Red Clamor busca intervenir justamente allí donde la política pública no llega: en la convivencia diaria.
No reparten grandes soluciones.
Reparten acciones cotidianas y modestas: talleres de encuentro, mediaciones vecinales, espacios donde chilenos y extranjeros se sientan a hablar sin gritarse. Donde aprenden a conocerse y liberarse de prejuicios.
-No te imaginas cómo finalmente logramos juntar a vecinas chilenas y migrantes en unas actividades en Cerro Navia Joven. A todo lo que invitábamos no llegaba nadie, hasta que a alguien se le ocurrió organizar un taller de tintura y peinado. ¡No cabía un alfiler! Las chilenas se hicieron fans de las colombianas y las venezolanas. Fue la mejor idea que tuvimos.
Ahora están repartiendo un decálogo simple para una feliz convivencia. Invita a escuchar, a cumplir compromisos, a cuestionar prejuicios, a usar palabras amables.

Un flyer que describe la actividad que desarrolla SJM y la Comunidad Anita Gossens en Estación Central. Todo vinculado a Clamor.
Es tan sencillo que parece difícil.
Aquí se los dejamos:
DECÁLOGO POR LA CONVIVENCIA
1) Buscamos juntos espacios seguros para aprender a convivir.
2) Escuchamos y dialogamos para resolver pacíficamente los desacuerdos.
3) Reconocemos que todos enseñamos y aprendemos algo de otra persona.
4) Compartimos la vida cotidiana para superar la hostilidad y la indiferencia.
5) Descubrimos y cuestionamos nuestros propios prejuicios.
6) Abordamos el conflicto con respeto viéndolo como una oportunidad.
7) Cumplimos lo comprometido para dar esperanza y construir confianzas.
8) Usamos palabras amables que todos puedan comprender.
9) Promovemos la paz y denunciamos la violencia ya que nada la legitima.
10) Recordamos que en cada persona hay vida sagrada.
Para practicar los principios del decálogo, lo único que se requiere es humanidad. Ponlo en práctica, tal como lo están haciendo las comunidades de las poblaciones La Palma, Javiera y Gabriela, en Estación Central.