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Amanda Antonella Silva:

La tía grande del Padam de Ancud

Mide 1.80 y llama la atención con su pelo teñido y sus largas uñas. Está acostumbrada a “la discriminación visual”, como llama a que todos la miren y a otros rechazos peores. Hoy eso no importa. Trabajar en el Hogar de Cristo en Ancud le da respetabilidad y el cariño de los adultos mayores para los que trabaja. Pese a la pandemia que ha trastocado todo, haber cambiado su sexo y nombre registral, la tiene feliz y decida a apoyar a padres de personas trans, como ella.

Por Ximena Torres Cautivo

De “tío Pepe”, monitor de noche de la Hospedería de Castro, a “tía Anto”, asistente de adultos mayores del Padam de Ancud del Hogar de Cristo, ha sido la transición de Amanda Antonella Silva Villegas (37), un camino largo, cuesta arriba, solitario, más en una comunidad isleña, machista y prejuiciosa.

Pero Anto es mucha mujer para dejarse apabullar. Desde que el 27 de diciembre de 2019 se aprobó la Ley de Identidad de Género hasta el primero de marzo de 2020, 826 personas han cambiado su sexo y nombre registral en el Registro Civil y de Identificación en Chile. En Ancud, Antonella fue la segunda en hacerlo. “Llegó primero un niño homosexual de 18 años al que conocí ese día”, cuenta.  

Con su torrente de palabras, se impone, por estatura, voz, personalidad, aunque igual requiere de corazas. Ese es el rol fundamental que cumple su sedán blanco, en el que se siente protegida y se mueve por todo Ancud y ha viajado incluso a Argentina. La tía Anto carga bencina sólo en una bomba de la ciudad, porque en las otras ha sido mal tratada, discriminada y ella paga con fidelidad el buen trato, el respeto.

En torno a un opíparo desayuno con chapaleles, kuchen y vista al mar, en el Padam del Hogar de Cristo en Ancud, donde tiene su oficina, conversamos a fines del verano de los cambios de su vida pre-coronavirus. Ahora, post-pandemia, por teléfono, reflexiona: “Yo soy experta en reinventarme y esta emergencia sanitaria exige eso: adaptarse, porque nada será igual. Lo más duro es la cesantía, el ver cómo las personas se están quedando sin trabajo. A mi papá, por ejemplo, que tiene un taller mecánico le ha bajado mucho la pega. Antes tenía un par de autos que reparar al día, ahora son dos por semana. Nosotros acá en Chiloé estuvimos en cuarentena total, pero eso es mentira; nunca es total. Ahora estamos con barreras sanitarias y bien solos, porque la vida ahora se ha llenado de restricciones y distancia. Todo se ha vuelto frío”.

Ella sigue trabajando. En su pyme, una boutique de ropa usada. “Como soy tan alta, no encontraba ropa linda para mi talla acá en la isla, así es que compraba fardos de ropa americana en Santiago. Ahora compro para mí, pero también vendo en un localcito en la casa de mis padres y le doy pega a mi mamá”, cuenta. Pero su trabajo profesional lo desarrolla en el Programa de Atención Domiciliaria para Adultos Mayores, PADAM, del Hogar de Cristo. Ha sido a medio tiempo y de manera remota las dos últimas semanas. “Recién ahora volví a la unidad para atender de 9 a 13 horas. Es importante estar presente, acá vienen dos adultas mayores, con mucho daño, a desayunar, ver tele y a asearse en las mañanas. Una de ellas, Nancy, vive en un ruco, sin servicios sanitarios. Ella circula, circula, circula por Ancud y no entiende eso de quedarse en casa. ¿Cómo lo va a entender? Cuando me vio con mascarillas y guantes, se tiró a ofender. ´¿Qué se cree tía, que soy infecciosa? Pa que sepa, yo soy inmune´, me dijo ayer, bromeando. Tiene 78 años y para mí es la niña símbolo de los grupos de riesgo. Hoy no vino, yo le había traído unas empanaditas de pera, así que me tiene preocupada. Cuando me vaya a almorzar, voy a salir a buscarla en auto”.

Antonella con Nancy, la adulta mayor que desayuna en el PADAM, y que no tiene conciencia del riesgo que corre. “Yo soy inmune”, declara.

Antonella, otrora Pepe, tiene tres hermanas: una es contadora auditora, otra repostera y la menor, técnica en teléfonos celulares. “Ellas están casadas con uniformados, y mis cuñados son todos súper respetuosos, además yo no soy de esas que se andan metiendo en la vida de los demás”. Cuenta que cuando su mamá la esperaba, daban una teleserie donde la protagonista se llamaba Antonella. “Ella estaba decidida a ponerme ese nombre, pero nací hombre e improvisaron. Así quedé como José Ricardo Silva Villegas, pero desde los 8 años, desde que tuve juicio, supe que era mujer en un cuerpo equivocado, y mi mamá y mi papá pronto se dieron cuenta que en un 99 por ciento mi identidad era femenina. Mis padres, por ejemplo, jamás me obligaron a hacer pipí de pie. Yo los amo por eso y por todo; en verdad, les debo todo”.

-¿Qué pasaba con los demás: profes, parientes, conocidos?

-No había mucho conocimiento entonces de todo esto. No era un tema del que se hablara, yo lo toqué por primera vez con mis papás a los 8 años, pero cómo se le hablaba al personal médico. Eso era muy complejo. Mis padres, que son mi bendición, siguieron conmigo mi transición de alma, pero no de cuerpo, porque ahí no había cómo hacerlo en una isla como es Chiloé.  Era algo muy difícil, pero de la familia tuve todo el apoyo. Mis papás, hermanas, cuñados, mis ocho sobrinos, que tienen desde 9 meses a 14 años, siempre han estado a mi lado. El mayor vivió conmigo mi proceso, y lo ve con gran naturalidad.

-Y en lo laboral, ¿cómo ha sido? 

-Ah, otra bendición, una maravilla. Entrar al Hogar de Cristo ha encauzado mi vocación por los temas sociales y me ha dado un cierto estatus dentro de la comunidad chilota y de la comunidad trans de la isla, generando incluso algo de envidia. “Ella es tía del Hogar de Cristo”, dicen de mí y eso me otorga respetabilidad y dignidad. Lo habitual es que las personas homosexuales o trans o pertenecientes a las minorías sexuales se les identifique con trabajos de estilistas, peluqueros, artistas o, definitivamente, con el mundo de la prostitución. Por eso, que yo sea trabajadora de una organización tan respetada como el Hogar de Cristo, me valida.  Aquí logré pasar de ser un monitor homosexual de la hospedería de Castro a la tía Anto, que hoy trabaja con los adultos mayores de Ancud y es una persona trans. No ha sido fácil, porque no todos tenemos la misma crianza, la misma educación. Los prejuicios son difíciles de combatir. En el Hogar de Cristo somos más de 3 mil 500 trabajadores a lo largo de Chile y habrá… unos 500 más cerrados, con más rechazo a las personas como yo. No sé, pero ciertamente eso está cambiando, los corazones se están ablandando. Yo he vivido en una isla, que es muy machista, muy conservadora, pero he salido adelante y creo que hay mayor cultura, conocimiento y las cosas están mejorando.

-¿Te imaginas qué puede estar pasando hoy en las hospederías con las personas trans? ¿Estarán siendo acogidas para hacer cuarentena?

-Yo sé de ese tema, porque lo viví como monitor de noche de una Hospedería de Osorno. Cuando llegaba alguien perteneciente a una minoría sexual todo se complicaba. ¿Dónde lo ponemos? Si era una chica lesbiana, no se le podía poner con los hombres y al revés, si quien llegaba era un gay. Había gente sin criterio que sólo se fijaba en el nombre en

Anto es llamativa y dice que siempre ha padecido de “discriminación visual”.Anto es llamativa y dice que siempre ha padecido de “discriminación visual”.

el carnet, cuestión que ahora soluciona la nueva ley de identidad de género. Ahora, te lo afirmo con puro conocimiento de causas: entre los chicos de la calle no hay discriminación, todos se aceptan y se incluyen. Somos los demás, los que discriminamos, aunque enalguna medida eso está cambiando.

-¿Cómo has logrado hacerte respetar?

-Siempre he pensado que si yo doy respeto, tengo derecho a pedir respeto. Yo he visto que muchas personas trans no miran a los ojos a los demás. Bajan la vista. Se avergüenzan. Yo no. Yo no me quedo callada y ando con la cabeza en alto, me hago respetar.

-¿Cómo asumieron tu cambio los adultos mayores del Padam?

-Ay, ellos son las personas más respetuosas y comprensivas del mundo. Yo era el tío Pepe; ahora soy la tía Anto. Cambié. Todos lo entienden. A una usuaria le corrían las lágrimas cuando le expliqué mi historia, mi proceso. Han sido todos muy cariñosos y acogedores, porque son almas puras que no prejuician, no suponen maldad, no tienen rollos. Siento que todos son mis abuelitos, así los veo. Algunos me llaman “la tía grande”, la tía alta que los moviliza en su auto. Y cuando voy a Castro, los chiquillos y chiquillas de calle no me olvidan y me respetan mucho. Y aunque estamos hablando de personas con consumo, con mucho daño, ellas se quedan con lo que tú les das y con los límites que les pones y me valoran y respetan.

Por estos mismos días, el cambio legal de identidad de género de Antonella ha implicado cuestiones tan operativas como el cambio de su correo institucional, de sus liquidaciones de sueldo, de su cuenta bancaria, de todo. Pero la lata burocrática no es nada al lado de sentir, como reza una notable frase de “Todo sobre mi madre”, la película de Aldomóvar, que “es más auténtica cuanto más se parece a lo que ha soñado de sí misma”.

Y en eso está trabajando ahora, en conseguir sus sueños: terminar su carrera de técnica en trabajo social en el AIEP de Chiloé; seguir trabajando como asistente de adultos mayores en el Padam de Ancud, su ciudad natal, y sobre todo crear una agrupación que dé acompañamiento a las familias de chicas y chicos trans, lesbianas, homosexuales, a la comunidad LGTBI en su conjunto.

“Se me acercan madres para pedirme apoyo. Me cuentas cosas como: ´Mi hijo de 13 años dice que es trans. Yo la veo a usted tan bien, tan feliz, ¿cómo lo hizo?´. Ahí me doy cuenta que tengo que aportar con mi experiencia, donde el rol de mi mamá es central”, dice.

Antenella y Fanny Torres, su colega. De fondo, la casa donde funciona el PADAM del Hogar de Cristo en Ancud.

En lo más personal, está feliz de las consecuencias prácticas de la ley. “Ahora puedo acceder al tratamiento hormonal, a que me vea el ginecólogo de Castro. En la isla habemos unas diez personas poligénero y necesitamos que no se cierren los programas especializados para nosotros y para eso hay que reconocerse y empezar a usar esos servicios, aunque sea para combatir los vellos”, afirma, “la tía grande”, aunque ahora sabe que todo quedó en suspenso, incluso los abrazos, gracias al maldito Covid-19.

 

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