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Erika Olivera, rebelarse o revelarse: esa es la cuestión.

 

A los 18 años, cuando Erika Olivera se fue de su casa, se cortó el pelo muy corto. “Fue un acto de rebeldía, porque de acuerdo a la religión evangélica las mujeres debíamos llevarlo largo. Tampoco podíamos usar pantalones, maquillarnos, bailar, oír música”.

Esas prohibiciones suenas absurdas, contradictorias, crueles, viniendo de su padrastro, el pastor Ricardo Olivera Barraza, quien la violó de forma sistemática a partir de los 5 años y hasta los 17, como contó hace un mes en una impactante entrevista. Lo hizo después de estampar una denuncia en Investigaciones, la que no tiene ninguna consecuencia jurídica porque el delito está prescrito. La revelación, sin embargo, ha tenido gran cobertura mediática y atención de la opinión pública, y podría dar pie a alguna acción legislativa para que casos como el suyo no queden impunes.

Eso, al menos, es lo que espera ella.

Después de la publicación, su padrastro, de nacionalidad argentina, huyó a Mendoza, junto a la madre de Erika, quien desoyó a su hija cuando a los 12 años le contó lo que le hacía su marido cuando ella no estaba. No quiso oírla entonces y no ha querido o podido respaldarla ahora.

Erika, que actualmente entrena en Natal, Brasil, para preparar su participación en la maratón de 42K en los próximos Juegos Olímpicos de Río, ha vivido a la distancia las repercusiones que ha tenido en Chile su acto de liberación de adulta. Durante todos estos años se rebeló con gestos, como el corte de pelo, pero recién ahora, a los 40, ya adulta y madre de 5 hijos, se revela como víctima de abuso sexual después de un doloroso y solitario proceso en el que no contó con ningún apoyo especializado. “Claro que me gustaría hablar con un psicólogo”, nos responde por teléfono desde Natal. “Nunca lo he hecho y me parece que podría ser bueno”.

Es notable su resiliencia. Su capacidad de adaptarse y lograr salir adelante, conservando lo que ella piensa estaba en su ADN: “Yo creo que cada uno viene con una identidad clara al nacer, la que se fortalece o se mantienen oculta, según lo que le toca vivir. Yo soy de carácter fuerte, pero muy de piel, muy cariñosa, pero eso no lo mostraba. Yo fui una niña huraña, a la defensiva. Muy salvaje y peleadora. Me agarraba a combos. Recién cuando entré a enseñanza media me empecé a civilizar. Es que el entorno te moldea. Yo viví en un campamento, después en una población muy pobre, donde había que aprender a defenderse. Y estaba la situación en mi casa…”

Erika encontró en correr su vía de escape.

“Fue mi manera de evadirme, de arrancar de lo que me hacía mi padrastro. Me di cuenta que al trotar mi mente quedaba en blanco y podía pensar en otras cosas, olvidar lo que vivía en casa. Al comienzo, no pensaba en convertirme en profesional del correr. A mí me gustaban los niños y soñaba con ser parvularia o trabajar en una sala cuna. Ni siquiera sentía que tuviera un talento deportivo especial. Cuando empecé a competir a nivel nacional había muchas niñas mejores que yo, pero yo me dediqué, entrené, me esforcé mucho. Mi carácter fuerte y el haber tenido que vivir a la defensiva siempre, me sirvió para tener pachorra deportiva, para no achicarme en las grandes competencias”.

Después de irse de su casa y cortarse el pelo, tuvo un segundo y más audaz acto de rebeldía exterior: “Fui a la peluquería con una foto de la cantante del dúo Roxette y le pedí al estilista que así quería mi pelo: todavía más corto, parado y blanco. Él no estaba convencido, encontraba que era un cambio muy extremo, pero yo no tenía dudas. Eso fue en 1999. Desde entonces lo he tenido de todos los colores y esos cambios en una etapa se convirtieron en un elemento de marketing deportivo. Hace unos años, traté de recuperar mi color natural, pero no me sentía yo. Volví al blanco, al platinado, que es como mejor me siento”.

Ese cambio radical de look fue una protesta, pero también un S.O.S., porque si alguien hubiera indagado en el porqué, Erika quizás hubiera terminado confesando su secreto. Es igual que cuando dice que ella construyó un libreto para la prensa. “Yo explicaba que corría para salir de la pobreza, para escapar de situaciones complejas, pero nunca nadie profundizó en esa respuesta mía. Después empecé a comentar que iba a escribir un libro donde explicaría mis motivos. Nadie fue más allá tampoco. Sí, probablemente esa era una manera de pedir ayuda”, responde Erika, quien, después de ser desoída por su madre a los 12 años, se demoró mucho en confiarle a alguien su tragedia.

¿Crees en la solidaridad? ¿Qué entiendes por ser solidario?

Solidaridad es la capacidad de dar, y no hablo sólo en términos materiales. Hablo de entregar sobre todo afecto y comprensión. Es empatía, la que tiene un valor súper grande. Yo a lo largo de mi carrera he tenido la solidaridad de mucha gente y ahora, después de mi relevación, también. Me han llegado cientos de cartas y mensajes. Y aunque suene súper cliché decir que yo conté lo que me había pasado para que otros no vivan algo similar, es así. Es por solidaridad con los que tienen vergüenza, miedo y hasta culpa de lo que están padeciendo y no se atreven a contarlo. Muchos me han dicho por qué no hablé antes, por qué no hice esto o lo otro. Y yo me río porque es muy fácil opinar cuando no has vivido una situación así. Son procesos tan personales, tan dolorosos, tan largos, tan distintos en cada caso. Las leyes no están hechas con esas consideraciones. No sirven, porque no entienden a las víctimas y permiten la impunidad, como en el caso de mi padrastro. Les falta solidaridad y empatía”.

A la primera persona que le contó fue a Ricardo Opazo, su entrenador, que luego se convertiría en su pareja y en el padre de sus tres hijas mayores, que hoy tienen 18, 14 y 10 años.

Tu mamá no te creyó cuando le dijiste que tu padrastro te violaba. Te respondió “que ojalá que fuera mentira, porque si era verdad, nadie te iba a querer, no ibas a poder tener hijos ni familia”. ¿Cómo eres tú con tus hijas respecto de tu caso y del tema sexual en general?

Soy súper abierta. No tengo tapujos para hablar de estos temas. A medida que ella fueron creciendo les conté mi realidad, lo que me tocó vivir. Les hago sentir que la mamá está siempre a su lado para protegerlas. Yo me propuese a mí misma ser con ellas todo lo contrario de lo que fue mi mamá conmigo. Hablar de todo, ser súper sincera, estar siempre atenta a ellas. Antes de hablar publicamente, volví a hablar con ellas, para que estuvieran preparadas.

En la entrevista donde contaste tu historia, se menciona varias veces la tristeza de tus ojos o se alude a tu seriedad y falta de sonrisa. ¿Te consideras una mujer feliz?

Encuentro felicidad en lo que he ido construyendo: en mis cinco hijos, en verlos crecer; en mi relación de pareja. Tengo un excelente marido, que es además estupendo papá. Tenemos dos hijos, un niño y una niña. A mí me da felicidad el éxito deportivo, el ganar una carrera, el marcar un récord. Todo eso es una suma de momentos felices, pero no es lo mismo que la paz interior. Eso para mí es la felicidad con mayúsculas.

El maratonista Leslie Encina, su actual marido, la acompañó a ver la película “El Bosque de Karadima”, donde se muestran casos de abuso muy similares al suyo. “Me sentí tremendamente identificada. ¿Sabes? Era lo mismo, con el agregado de que a mí esas cosas me pasaban en la casa de mi mamá. José Murillo, una de las víctimas de Karadima, me escribió al día siguiente que salió mi testimonio en la revista Sábado. Me ofreció su apoyo. Espero reunirme con él cuando vuelva después de los Juegos”.

¿Crees que hace diferencia la clase social en que se da el abuso?

No, el abuso es lo mismo donde sea que se dé. Las aberraciones son las mismas. El dolor y el daño también. En mi caso y en el de las víctimas de Karadima está el factor religioso, un cura y un pastor. Yo soy creyente en Dios, pero lo que me pasó me ha alejado de lo religioso. Desconfío de los que hablan de pureza desde los púlpitos. Me cuesta ir a una iglesia. Cuando murió Valentina Maureira, la chica con fibrosis quística que le pidió a la presidenta que le permitiera la eutanasia, fui después de muchos años a un templo evangélico. Yo estuve cerca de su caso, la conocí a ella y a su familia, por eso quise estar en su despedida y fue agradable, porque cuando llegué estaban todos cantando y había un lindo ambiente, pero al momento de las prédicas me fui.

-¿Qué piensas de la eutanasia?

A mí nada me escandaliza. Yo he sido cercana a varias personas con enfermedades raras, duras, mortales, que me han pedido colaboración en campañas solidarias. De Valentina y su familia estuve muy cerca durante varios años. Escuché sus razones, vi su sufrimiento y el de sus papás. Yo estoy por la vida, si tuviera a un hijo enfermo de algo doloroso e inevitablemente mortal, sé que haría todo para que siguiera vivo, es lo natural. Pero también creo que en algún momento hay que escuchar al enfermo. El que vive la enfermedad es el que sabe.

¿Y qué piensas del aborto?

Es un tema tan complejo, pero la discusión sobre legalizar tres causales en el caso específico de la violación me da ganas de gritar. ¿Qué saben los políticos lo que significa para una niña ser violada y luego obligada a traer a un niño al mundo, hijo de la persona que más daño le causó? ¡Por suerte yo no quedé embarazada de mi padrastro! Es cierto: qué culpa tiene el bebé, pero qué culpa tiene también la niña,  que ya es un ser vivo, consciente, que ha padecido un dolor terrible. ¿Qué vida es la que se busca proteger? Ciertamente es un tema súper complicado, que se aborda sin ninguna empatía ni respeto por el ser humano.

Me imagino que has oído sobre la crisis del Sename. ¿Cómo se aborda el tema de los niños abandonados y de los que delinquen?

Lo del Sename me parece terrible. Es nefasto que una institución que está al servicio de esos niños tenga tantos problemas e irregularidades. Para trabajar con menores violentados, metidos en la droga, abandonados, que siempre han vivido en situación de riesgo, se requiere mucha vocación y cariño. No es cualquier trabajo. Ellos te tienen que importar de verdad. Es cierto que es muy difícil tratar con ellos, porque son carentes de afecto; no saben amar. Aprenden desde muy chicos a manipular y se las saben por libro. Yo he trabajado con ellos, sé cómo son, y conocí a muchos cabros así en la población donde crecí. He sido entrenadora desde hace 12 años en varias comunas pobres de la Región Metropolitana, y he participado de programas especiales para niños en situación de riesgo. Y ha sido muy gratificante ver cómo el deporte les ayuda, los aleja de la droga, por ejemplo. Uno es entrenadora, pero se convierte un poco en mamá, en confidente, en profe, en amiga.

¿Crees en el poder terapéutico del deporte?
Claro que sí. El deporte es sanador, porque te saca de lo malo, te vincula contigo mismo y con otros que tienen el mismo interés. Mentalmente es liberador y da felicidad. Yo soy la prueba de eso.
Si Erika Olivera logra completar los 42K en Río tendrá una marca mundial: será la primera atleta mujer que habrá participado en esa prueba en 5 Juegos Olímpicos. Luego se jubilará de las competencias, en paralelo espera terminar sus estudios de Administración de Empresas en la Universidad de Los Lagos y seguirá escribiendo sus memorias con ayuda de una amiga guionista.

Sobre sus planes políticos -se habló de una posible candidatura a diputada con el apoyo de Renovación Nacional-, está dudosa. “Me ha impresionado la maldad de la gente que vio en mi testimonio la intención de inspirar compasión para conseguir votos. O la de otros que han dicho que es por puro interés económico. Es cierto que hoy a la política se le ve así, como una pura cuestión de plata, y con razón. Pero yo no necesito ser diputada para vivir: Desde hace años soy entrenadora, trabajo con empresas interesadas en el deporte, tengo pega. Mi interés es contribuir a mejorar el deporte en Chile y también ayudar a los niños abusados e impedir que esos delitos se sigan cometiendo. Sobre ambos temas tengo conocimiento directo que sería muy útil, pero, después de esta decepción, no estoy tan segura de embarcarme en un proyecto político. No quiero pasarlo mal, para qué si ahora tengo una buena vida y soy feliz. La única claridad sobre ese tema es que si lo hago sería de manera independiente”.

El 14 de agosto próximo veremos correr a Erika bajo el sol y la humedad implacables de Río. Ojalá logre completar los 42 kilómetros. Los chilenos la seguiremos por televisión y sabremos cuán liberada y liviana se siente corriendo. Ahora más que nunca.

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