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Gladys Hernández y Lorena Espinoza:

“Nosotras vemos a diario el estallido social”

Como voluntarias del Hogar de Cristo en Puerto Montt, Gladys Hernández y Lorena Espinoza son testigos privilegiadas de la realidad de exclusión y dolor que viven los adultos mayores vulnerables y las personas en situación de calle. La primera, en la Hospedería de la ciudad  desde hace 22 años, y la segunda en el Programa de Atención Domiciliaria para el Adulto Mayor (Padam). Por María Teresa Villafrade

Por María Teresa Villafrade

Según cifras de la Seremi de Desarrollo Social, en la región de Los Lagos hay 650 personas en situación de calle, de las cuales 240 viven en Puerto Montt. Esa dura realidad es la que motivó hace 22 años a Gladys Hernández Cárcamo (76) a involucrarse y a no pasar de largo frente a los que pernoctan en las calles en invierno y verano.

“Me vine de Santiago en 1998 para el nacimiento de mi primer nieto varón, que curiosamente vivía cerca del antiguo Hogar de Cristo ubicado en la calle Buin. Yo lo sacaba a pasear en su cochecito y veía a esa población tan excluida, a algunos durmiendo en el suelo junto a sus perritos. Empecé a ir con mi nieto a la Hospedería para interiorizarme de la realidad y veía cómo allí se los acogía, se les daba comida, techo y cariño. Yo sabía del Padre Hurtado, pero antes nunca me fijé”, relata.

Luego, cuando su hija ingeniera acuícola llegaba del trabajo, Gladys empezó a ir todas las noches para ayudar en la cocina. “La dejaba impecable y desde allí observaba todo lo que pasaba en el comedor. Había muchos voluntarios en esa época, jóvenes que incluso habían sido compañeros de mi hija. Era un mundo nuevo para mí. Las personas de calle llegaban con mucho consumo de alcohol, de droga, algunos eran enfermos mentales y era fuerte verlos vomitar en las mesas. Poco a poco empecé a salir de la cocina y me acercaba a ellos con harto respeto y dignidad: ¿Les puedo servir? ¿Les puedo retirar el plato? No sabía qué decirles pero luego me di cuenta que había que escucharlos nomás. Me fui quedando de voluntaria y ahora vengo todos los días”.

Gladys cuenta que padece lupus que le ataca el sistema óseo pero que incluso así, se da ánimo para levantarse cada mañana y encargarse de la bodega de la hospedería en la que ordena la ropa que va entregando de acuerdo a las necesidades de los acogidos. “Por suerte, los puertomontinos son muy caritativos, no solidarios, yo hago esa distinción porque la caridad es un ratito, doy algo y me olvido. La solidaridad, en cambio, implica compromiso, preocupación por el otro, poner un grano de arena día a día”.

-¿Qué enseñanza te deja esta experiencia de voluntariado?

-Que las personas en situación de calle también tienen derechos como nosotros, es tan fácil dárselos. Antes era muy común usar el apodo de los usuarios de la hospedería, entonces si alguien fallecía no le sabíamos su nombre completo, ahora no, los llamamos por su nombre, eso es dignificarlos. Nosotros llevamos mucho tiempo en el Hogar de Cristo viendo el estallido social a diario, desgraciadamente algunos no quisieron ver la pobreza en un momento dado. A mí me pasó, porque recién a los 45 años la empecé a notar”.

Junto a la “Chechita” (82), esposa del reconocido periodista portomontino Juan Barrientos (92), que, después de 24 años de voluntaria es como la “reina madre”, acude a cooperar en los eventos, se suma otro voluntario que afeita y corta el pelo a los acogidos y otra voluntaria podóloga que les corta las uñas. Hay otro que va solamente a hablarles de Dios.

Gladys Hernández ha notado un cambio en el perfil de los usuarios de la hospedería. “Hay más jóvenes en calle producto del consumo de drogas. Ellos son complicados, tienen un sistema muy extraño, yo les he tratado de conversar. Hay un chico que viene solamente a bañarse, el Ariel, debe tener 28 años, a veces almuerza acá. Le pregunté por qué estaba así y me respondió que la vida lo ha tratado muy mal, pero es hermético. De diez recuperas a dos si es que, eso no me produce satisfacción. Algunos se rehabilitan del problema de consumo y están tres meses bien, te ilusionas y vuelven a lo mismo. Pero me doy esperanzas igual”.

EL ABANDONO DE LOS ADULTOS MAYORES

Lorena Espinoza Castillo (55) casada y con un hijo ya profesional, se declara asistente social de profesión y voluntaria de corazón. Primero lo fue en el Hogar de Cristo en Talcahuano con jóvenes como monitora de sexualidad responsable y de manualidades, luego en el PADAM de Punta Arenas y ahora en Puerto Montt.

“Estudié la carrera ya mayorcita porque cuando era joven mi familia no tuvo recursos. Hice mi práctica profesional en 2017 en el PADAM de Puerto Montt y después me ofrecí como voluntaria del mismo programa. Recuerdo que mi jefa Roxana me dijo que habían tenido muchas voluntarias que nunca llegaban y yo le aseguré que sí le iba a cumplir y así ha sido. Soy súper responsable, más cuando es algo que nadie me obliga, es un tema de conciencia, de cariño y de corazón”, dice.

Acompañar, asesorar e incentivar a los adultos mayores a mantener su mente activa es su principal motivación. “Veo mucho abandono, mucha soledad, porque sus familias por lo general se desligan de ellos. Cuando recién los conozco, averiguo qué habilidades tienen, muchos no saben leer ni escribir pero saben tejer, pintar, dibujar, entonces les propongo manualidades para que se entretengan y ejerciten su imaginación. Algunos pasan todo el día solitos”, agrega.

-¿Qué requisitos se requieren para ser voluntaria?

-La palabra empatía no me gusta, está muy manoseada, prefiero humanidad, compromiso y compasión, ponerse en el lugar de otro y pensar que uno tiene familia, casa, trabajo, y ellos no tienen nada. He traído a varios jóvenes y les afecta el olor, porque llegas a una casita que no está aseada o los mismos adultos mayores no tienen ni para bañarse. A veces hay que tener estómago porque conviven con sus animalitos, pero yo les digo ´ahí está tu compromiso´. ¡Me motiva llegar a verlos y que te reciban con tanta alegría! Aunque no tengan nada, te ofrecen una tacita de té, un pan amasado, eso me llena, es gente ajena que te quiere, te espera y que, cuando no llegas, empiezan a llamarte. Si no puedo ir, mi conciencia me zapatea”.

Gladys Hernández y Lorena Espinoza coinciden en señalar que faltan más manos solidarias y que no se puede esperar a que la justicia llegue para todos por igual. “Los que hoy están sufriendo son los que menos tienen y ellos no pueden esperar. Puerto Montt es una ciudad muy cara para vivir: la leña, el agua, la electricidad, la alimentación. Si todos ponemos nuestro grano de arena, haremos más llevadera la vida para los que hoy están excluidos de la sociedad”, concluyen.

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