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José Soto Soto:

“Yo no creía que a estas alturas iba a lograr tener una casa propia, pero ya ve…”

No es sólo el logro de sentirse propietario a los 79 años, sino el cambio de ánimo, de carácter, de actitud frente a la vida, lo que revela el caso de este hombre analfabeto que hace dos décadas se enamoró de una mujer con discapacidad mental y formó una familia que no tenía dónde vivir. Hoy, convertido en propietario, cuenta –emocionado y emocionándonos– sus cuitas y agradece al PADAM de Ancud.

Por Ximena Torres Cautivo

José Soto (79) durante dos años pagó religiosamente 100 mil pesos de arriendo al mes, lo que anuló cualquier posibilidad de ahorro para postular al subsidio habitacional.

Pagó todo este tiempo por una casa sin servicios higiénicos, vieja, deteriorada, por donde se colaban  el viento y la lluvia de lado a lado. Al fondo del patio había un hoyo negro, una letrina, con vista al mar –la única ventaja–, en la cima de una colina en Ancud, en la población Las Canteras, a la que se llegaba por una calle de tierra, polvorienta en verano y encharcada durante todo el resto de año.

Allí lo conocimos en febrero de 2020. A él y a su familia, que son parte del Programa de Atención Domiciliaria al Adulto Mayor que tiene el Hogar de Cristo en Ancud y que atiende a 30 personas mayores vulnerables. José es uno de los siete hombres que integran el programa. Su familia la componen Ermelinda Velásquez (69), dueña de casa con discapacidad mental, y sus dos hijos, Luchito (34), con una discapacidad más notoria que la de su madre, y José Benedicto, mayor que Luis, normal intelectualmente, pero con muy poca conexión afectiva con los otros tres integrantes del clan, pese a que vive con ellos. Ni Luis ni José son hijos sanguíneos de José Soto, pero los asumió como propios cuando conoció a Ermelinda en el Hospital de Puerto Montt hace más de 20 años atrás, donde ella había dado a luz y perdido a un tercer hijo.

Él dice que se enamoró de ella a primera vista. Habían ido a visitarla con un grupo del templo evangélico al que pertenecía; la comunidad religiosa sabía que ella era una mujer sola y con muchos problemas. Cuenta que no le importó ni su limitación ni que tuviera dos hijos de otros hombres. Simplemente la quiso y luego se casaron. Afirma que él siente mucha rabia cuando se burlan de Luchito, al que quiere como si fuera su hijo carnal.

Luchito está igual que hace dos años; sigue siendo un niño, alegre, saltarín y cariñoso envuelto en un cuerpo de hombre. Repite veinte veces: “Tía, te amo, te amo, tía” y pide que toquemos la bocina del auto, sonido que lo hace reír. No nos queda claro si entiende y valora que ahora vivan en una casa nueva, propia, con baño, energía eléctrica, gas. Lo que sí resulta evidente es la felicidad de su madre, ahora que viven en una población nueva, de calles pavimentadas, con nombres de la fauna nativa de la región. Zorro Chilote, número 20. Ese es su nuevo domicilio y su propiedad, la casa con que soñaban, que les pertenece y que les permite tener una vida mejor en todo sentido.

Vemos un registro en video del día en que les entregaron la casa. Ermelinda es una fiesta. Entra hecha una tromba a la casa y se para frente al lavaplatos de la cocina. Salta, levanta los brazos, se ríe. Es sencillamente emocionante. Hay que verla más que describirla.

LA BIBLIA, LA ÚNICA LECTURA

La casa nueva y propia explica también al cambio de ánimo de su marido. José es otro. Hace dos años era un hombre oscuro. Triste. Amargado. Con mucha frustración. Ahora hace planes, se declara enamorado y recuerda con detalles su infancia.

La casa, que fue obtenida gracias a la gestión sostenida del PADAM de Ancud y de la municipalidad de la ciudad hace un año, ha obrado en él maravillas.

Nos dice:

-Yo he sufrido mucho durante toda mi vida. Nací en Maullín, en el campo, a la orilla del río donde desagua el lago Llanquihue. Para hablar con la verdad, mi mamá fue mala, me dejó solo cuando yo tenía tres años. Se fue con otro hombre, abandonó a mi papá y se llevó a mis cuatro hermanos. A mí me crió una tía, una mujer muy pobre, de religión evangélica, que me dejó como única herencia una Biblia. Yo apenas leo y escribo. Apenas firmo mi nombre, pero la Biblia, esa de mi tía, la leo como de memoria.

Dice que tenía 16 años cuando pisó por última vez la provincia de Llanquihue y avanzó hacia el sur. A Chiloé. “Nunca tuve hijos propios. Sí tuve mujeres antes de Ermelinda, pero hijos, no. Yo me hice cargo de ella y de sus niños, después de haber tenido una vida de muchos sufrimientos, porque a ella también la abandonaron de pequeña. Ahora le agradezco a Dios que nos ha dado amor. Y a Él le pido amor y mansedumbre”.

-¿Y le agradeces tener hoy una casa propia?

-Sí, me siento feliz y agradecido. De él, pero sobre todo de las personas que se preocuparon por mí, por nuestra situación. De verdad, yo no creía que a estas alturas iba a lograr tener una casa propia. Ya no tenía fe, pero ya ve… ahora estamos sentados en mi casa. Nosotros pagamos tanta plata durante tanto tiempo por una casa mala, sintiendo que nos cobraban barato, agradeciéndole a un hombre malo, que se aprovechaba de nuestro temor a terminar en la calle.

UN JARDÍN DE ARVEJAS

De repente, se ríe, mueve la cabeza, desechando los pensamientos tristes. Y comenta: “Ahora podemos gastar en comestibles, en alguna cosa rica… Todo gracias a gente buena que se interesó y preocupó por nosotros. Esta fue una cooperación  tremenda del municipio de Ancud y del Hogar de Cristo, que para mí ha sido todo –comenta, quebrándose. Llorando, literalmente, cosa que el José Soto de hace dos años atrás jamás habría hecho. “Hemos recibido tanta, tanta ayuda, que me emociono”, se justifica y sigue repasando recuerdos de infancia. “De niño, trabajé en casa de ricos. Ahí aprendí mucho, como comer con cubiertos, porque yo no sabía. A servir una mesa. Yo paraba la oreja, porque siempre me interesó aprender. Desde niño, siempre quise aprender”.

Sobre esos deseos que ahora expresa y comenta, uno importantísimo es lo que tiene que ver con Luchito: “Mi sueño es que él logre hablar como hablamos nosotros, porque a él lo han tratado de manera vil por ser cómo es. Y eso a mí enfurece y me apena mucho”.

La trabajadora social Ruth Caicheo y la técnico social Fanny Torres del PADAM de Ancud, que para los Soto Velásquez son como familia y han estado escuchando con atención, se declaran sorprendidas con las elocuentes confesiones de José, al que ambas califican de “normalmente muy hermético”.

José sigue con sus comentarios: “Algunos dicen que yo les quito la plata a Ermelinda y al Luchito; eso no es así. Yo la tomo y la administro, porque ellos no saben cómo hacerlo. No conocen el valor de la plata. Los tres sueldos o pensiones que nosotros recibimos son todo para la casa”.

Ruth reconoce: “Don José los controla. Tiene su forma de tratarlos. Él es el que maneja todo, el que hace las compras, quien administra los modestos patrimonios, pero considerando siempre las necesidades de todos. Ermelinda estaba feliz recién contándome que su viejo le compró una tele para ver las novelas”.

José, quien ahora vive de su pensión y ha dejado el negocio de “cartonero” o reciclador de residuos diversos, ahora está dedicado a pensar y financiar el cierre del sitio de su casa y mejorar el jardín y el antejardín. “Afuera tengo ya comprados los materiales más pesados: la malla y los estacones”, explica y todas nos asustamos cuando cuenta que ya pagó por adelantado a un maestro que hará el trabajo y que comprará el cemento y el fierro. La idea de que puedan estarfarlo nos surge simultáneamente a todas.

Estar atenta a estos detalles, atender y orientar esas decisiones cotidianas, es parte de la pega de acompañamiento que hacen Ruth y Fanny del PADAM. Ambas tienen que estar siempre con las antenas paradas para que la nueva vida en la nueva casa fluya de la mejor manera y sea una oportunidad de mejora permanente.

Pese a que dicen que Ermelinda “está medio pesada de oído”, ella “florece” cuando hablamos del jardín que tendrá la casa cuando la reja esté instalada. E interviene, llena de entusiasmo: “Tengo buena mano para el huerto. Plantaré papas, arvejitas, habas. ¿Cierto, cierto? Ahí la casa estará bonita, completa”.

Si te importa la calidad de vida de las personas mayores más vulnerables, involúcrate.  

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