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Sara Miranda:

“No me atrevo a pensar en el maltrato que pueden estar sufriendo nuestros niños”

La directora de la sala cuna Monseñor Santiago Tapia ubicada en el sector de El Castillo, en La Pintana, expresa su preocupación por las consecuencias del Covid-19 en la salud emocional de los preescolares, quienes se pueden ver aún más expuestos a ser protagonistas o espectadores de escenas de violencia y negligencia.

Por María Luisa Galán

“No es fácil quedarse en casa cuando hay que sobrevivir a muchas más cosas que un virus”, se escucha en el relato del spot de la campaña #ChileComparte que circula en redes sociales y de la que el Hogar de Cristo es parte. Una frase que para algunos suena incomprensible, pero muy válida para otros que ven el Covid-19 como un problema más entre los muchos otros que deben sortear a diario. Dificultades que comienzan casi desde la cuna, siendo víctimas de violencia intrafamiliar, pobreza, discriminación, peligros en el barrio. Los niños no son el grupo de riesgo en el actual escenario sanitario del coronavirus, pero sí lo pueden ser mañana, a través de las consecuencias sicosociales que conlleva el confinamiento. Bien lo sabe Sara Miranda, directora de la sala cuna Monseñor Santiago Tapia de La Pintana.

-El virus es una bala más.

-Sí, qué más da si me muero. En el sector no se le toma mucho peso a la situación, no están respetando el quedarse en casa, el toque de queda, las recomendaciones, todo sigue funcionando como siempre. Lo que pasa es que este sector, El Castillo, ha sido abandonado desde siempre, por el Estado y por todos nosotros. Ellos se sienten como lo último de lo último, entonces frente a eso, qué sentido tiene guardarse en casa si además sus casas son muy pequeñas, con mucho hacinamiento. Desde siempre, El Castillo ha tenido altos índices de vulnerabilidad en términos de violencia intrafamiliar, por lo tanto, ¿te imaginas quedarte ahora en casa? Por un lado, siguen haciendo su vida pero producto de un sistema del que no son parte. Es una población muy abandonada. No creo que actúen así porque no sepan o porque no entiendan, sino que por una apatía a la vida.

La sala cuna lleva más de 30 años en el sector de El Castillo y atiende a 60 lactantes y párvulos entre los 3 meses y 2 años y medio. Hasta el 23 de marzo estuvieron con turnos éticos coordinando las vacunas y entregando cajas de alimentos de la Junaeb, pero actualmente está cerrado, sólo con teletrabajo y contacto permanente con las mamás y papás. Diariamente, de lunes a viernes, las educadoras les envían a través de WhatsApp mensajes y actividades.

“Son actividades con materiales muy sencillos, con música grabada por nosotras mismas, videos en donde se hacen presentaciones en vivo. Es muy doméstico, muy sencillo. Tenemos varios haitianos, y tenemos que buscar estrategias para comunicarnos con ellos, porque aunque al principio te dicen  ‘gracias’, después nos cuentan que no entienden. Entonces la estrategia que hemos usado es hacer frases sencillas y se las traducimos al creole”, cuenta Sara al teléfono, quien nos relata un poco más de la situación del sector.

-El no hacer la cuarentena pasa también por un tema de ingresos, de necesidad.

-Claro, sus principales trabajos son en las ferias libres, algunos con locales instalados pero la gran mayoría son coleros, los que se ponen al final de la feria a vender cualquier cosa, lo que se consiguen. Y otro porcentaje está relacionado con el narcotráfico, por lo tanto, siguen haciendo “sus trabajos”, para subsistir. Y ahora las salas cunas, jardines infantiles y colegios están cerrados, entonces qué hacen con los niños, dónde están ellos. Ni siquiera me atrevo a pensar el nivel de maltrato que pueden estar sufriendo. No porque quieran, sino porque se dan las condiciones para eso. Pueden llegar al maltrato físico, pero también estar sufriendo maltrato sicológico, emocional al ser testigos de violencia, por negligencia de los adultos.

Y agrega: “No sé cómo se están organizando las madres, los padres, para salir a trabajar y con quién los están dejando. Los pueden dejar con una vecina, con una abuela que no está en condiciones de atender a un nieto. Por algo está la sala cuna, para estimular a niños de 3 meses a dos años, la edad más compleja del ser humano porque necesita de otros para sobrevivir. Entonces, ¿qué estará pasando con ellos? Es muy delicado, es algo que se está incubando y no sé con qué nos vamos a encontrar cuando volvamos. El covid-19 puede que no les afecte mucho en su salud, pero sí hay una problemática compleja de otras situaciones detrás. Si eres víctima o testigo de violencia, eso te queda para siempre. Hay momentos en el día, en que una siente mucha angustia por lo que está pasando con cada uno de estos pequeñitos”, dice con preocupación.

La sala cuna Monseñor Santiago Tapia es una construcción antigua, de madera, pero muy bien implementada y cuidada, protegida de los constantes enfrentamientos entre bandas de narcotraficantes instaladas en el territorio. “De la reja hacia adentro, las familias cambian en su lenguaje y comportamiento. Cuando vienen, se sienten dignificados, porque en eso nos hemos enfocado. En saludarlos por su nombre y preguntarles cómo están, y ahí abres una puerta. Y nos damos el tiempo para escucharlos y orientarlos. A veces es sólo escuchar y te dicen: ‘me voy más tranquila’”, cuenta Sara, quien recalca que han sido muy pocas veces que les han robado.

-¿Qué pasa con los niños cuando se ven enfrentados a una balacera? ¿Se asustan, se manifiestan?

-Los niños requieren un espacio de tranquilidad que no tienen en sus hogares, pero que sí tienen en la sala cuna. Ahora ellos quedan ajenos y son sujetos de derechos, por lo tanto, para sus mismas familias son invisibles… y para nosotros también. Cuántas veces uno habla en la mesa, ahora del coronavirus, y ellos andan por ahí jugando, pero pensamos que no existen. Y nosotros hablamos temas complicados y pensamos que no entienden. Y eso es lo que hacemos a diario con las familias y con nosotras mismas, y ellos lo perciben todo. Una mirada, el cómo lo tomas, el tono de tu voz al momento de acunarlo o de pedirles algo. Si es necesario, cuando hay balas les explicamos o nos ponemos a cantar. Evidentemente, si estamos en el patio nos entramos y les decimos que hay que cuidarse, no más que eso, porque son chicos, con los más grandes puedes dar más explicaciones. Lo nuestro es más lúdico, es sacarlos del entorno.

Las educadoras estarán una semana de vacaciones, pero al regreso retomarán el contacto con las familias. “La idea es volver a través de una ficha con tres preguntas sencillas, para saber cómo han estado, si las actividades les han servido y cuáles otras sugieren. Y puede que ahí nos encontremos con situaciones más complejas. De ser así, nos contactamos con la red que tenemos en el sector para poder hacer un acompañamiento”, cuenta Sara, que en agosto cumple 11 años en la sala cuna Monseñor Santiago Tapia.

 

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