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Víctimas de los incendios de 2024 en Viña se movilizan por Biobío

Cinco dirigentas del campamento Manuel Bustos de Viña del Mar, arrasado por los incendios de 2024, viajaron al Biobío para llevar ayuda a quienes hoy viven la misma tragedia. Una historia de memoria, dignidad y solidaridad activa, liderada por nuestra antigua conocida, María Tapia.
Por Ximena Torres Cautiv
Enero 28, 2026

Cinco aguerridas dirigentes vecinales del campamento Manuel Bustos de Viña del Mar, el que fuera arrasado por los incendios de febrero de 2024, se organizaron. Así consiguieron que alguien pagara el diésel y cargaron un camión pequeño. El jueves pasado partieron rumbo al sur. Colchones, ropa de cama, alimentos, elementos de higiene personal, herramientas e incluso 25 carretillas llenaban el vehículo, que iba cargado a tope.

Lo llenaron de  compasión activa. De conmiseración solidaria. De espontánea generosidad.

Era el aporte de las damnificadas de hace dos veranos, que se condolían con quienes este enero, en el Biobío, como ellas, también lo perdieron todo entre las llamas. ¿Quién mejor que ellas podía empatizar con la pérdida de las actuales víctimas del fuego? ¿Con aquellos que, como ellas en 2024, este 2026 se quedaron con lo puesto?

Esa sintonía profunda con un dolor ajeno, pero absolutamente común, movió a María Tapia, Valeska Ríos, Marisi Meza, Patricia Olmos y Carolina Guajardo a canalizar la solidaridad. Con notable rapidez recopilaron donaciones entre los vecinos, todos ex damnificados, todos afectados, en mayor o menor medida, por la tragedia que destruyó miles de viviendas y segó 137 vidas humanas en 2024.

Conmueve especialmente que varias de las 25 carretillas y algunas herramientas donadas, que cargaron en el pequeño camión, hayan sido parte del kit de remoción de escombros que les llevó el Hogar de Cristo cuando les tocó a ellas conocer la tragedia.

María Tapia, a quien conocimos -y admiramos, y seguimos admirando hoy-, no dudó en partir sin camas ni petacas a ayudar a otros. Llevaban una carpa para instalarla donde fuera y repartir la ayuda. En eso, ellas tienen un máster.

María, quien desde hace años padece una grave enfermedad, no se deja amilanar. La adrenalina de la “compasión activa”, expresión que le copiamos al capellán del Hogar de Cristo, José Francisco Yuraszeck, obra en ella maravillas. Ahora, más tranquila y de regreso, dice que lo que hicieron ellas y sus vecinos las dejó “con el corazón llenito con la generosidad de la gente”, y que el dolor y la necesidad que vieron en Tomé, Penco y Lirquén se los partió.

¿Quién mejor que las víctimas de los incendios en Viña del Mar podían empatizar con la pérdida de las actuales víctimas del fuego en Biobío? Aquí los mensajes de ánimo que llevaron en su camión.

Comenta que no puede comparar ambas devastaciones, pero que impresiona la destrucción en una zona urbana consolidada.

IMPOSIBLE PERMANECER INDIFERENTES

María llegó a vivir en el deslinde sur del cerro donde hoy se ubica el campamento Manuel Bustos en 1998. Fue parte de las primeras familias que, desesperadas por el hacinamiento en que vivían, se tomaron el terreno. Luego, en 2001, otras ocuparon la pradera. En 2023, cuando tenía 60 años, nos contó:

Así y aquí viajaron las 5 dirigentas del campamento Manuel Bustos de Viña del Mar a entregar lo que los vecinos que habían sido víctimas de los incendios en Viña del Mar donaban a los damnificados de Biobío.

“Nosotros vivíamos apretados en Villa Arauco, en departamentos de 34 metros cuadrados. Imagínese que convivíamos dos familias. En total, ocho personas. Dormíamos en camarotes de tres, el de arriba casi pegado al techo. Hoy esa villa es una población de alto riesgo, por ese hacinamiento en que viven las personas. Mucha droga en las calles, no hay espacio, no hay intimidad; los niños pasan en la calle por lo mismo, no tienen espacio para estudiar. Por eso crece la delincuencia y la droga, porque no tienen una vivienda digna. Nadie toma en cuenta eso”.

Casada desde hace 47 años, madre de dos hijas profesionales, hoy tiene su terreno regularizado y la suerte de no haber perdido su casa en el horrible incendio de febrero de 2024. Forma parte de un comité de 148 personas. “Nos organizamos muy bien desde el comienzo, pensando en que cuando viniera la regularización no tuviéramos que correr tantas casas, y así ha sido”.

En 2023, celebraban la llegada de agua potable y alcantarillado, “un logro después de 20 años de golpear puertas”. Pero llegó el incendio de febrero de 2024, donde nuevamente afloró el liderazgo de esta mujer menuda, pero voluntariosa. En un proceso de reconstrucción que fue el paradigma de la incompetencia y la lentitud de las autoridades -no de las organizaciones de la sociedad civil-, nadie mejor que ella para luchar contra los molinos de viento y para distinguir las ayudas.

Entonces afirmó: “Las mujeres unidas jamás serán vencidas. El 80 por ciento de las dirigentes de los comités de vivienda son mujeres. Somos nosotras las que nos movilizamos, en la normalidad y en la catástrofe”. También sostuvo: “Yo creo absolutamente en el rol de las fundaciones en un Estado subsidiario como el que tenemos actualmente. Hoy el Estado no puede llegar a todos porque no alcanza, no sabe. En ese contexto, Hogar de Cristo, TECHO, todas las fundaciones que estamos constituidas en los territorios hacemos un trabajo serio e imprescindible, validado por años de experiencia”.

Esta foto fue tomada a 10 días de la devastación que dejó el megaincendio del 2 de febrero en el campamento Manuel Bustos. Ahora la historia se repite en la costa del Biobío y otras localidades de Biobío y Ñuble. Las víctimas de los incendios de Viña del Mar donaron a las de la tragedia en Biobío. AGENCIA BLACKOUT

Que ahora ellas -damnificadas en 2024 y protagonistas de la lenta reconstrucción en Viña del Mar- lleven elementos del kit de remoción de escombros que el Hogar de Cristo distribuyó entonces para limpiar el descalabro dejado por las llamas, da concreta cuenta de sus palabras.

Rendidas, después de dormir tres noches en carpa, subir cerros, conocer tanta desgracia, comer lo que fuera y experimentar la adrenalina de la emergencia, volvieron al campamento Manuel Bustos con el pequeño camión vacío y la convicción de que, frente al sufrimiento de otros, no podemos quedarnos impávidos. Ellas, sin duda, no pueden.

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