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Nueva Imperial: Vejez, soledad y comunidad

Jesús Sánchez y Sonia Guzmán viven a unos 35 kilómetros de Temuco. Una lleva tres décadas organizando a sus vecinos y visitando a quienes están solos. La otra cuida día y noche a su marido, hoy dependiente de una silla de ruedas, mientras intenta sostener la casa y su propia salud mental en Nueva Imperial. Sus historias muestran una realidad urgente: mujeres que envejecen y siguen cuidando, incluso cuando también necesitan que alguien las cuide.
Por Matías Concha P.
Septiembre 11, 2026

Jesús Clara Sánchez (68) recuerda exactamente cuándo llegó a su barrio en Nueva Imperial: 28 de agosto de 1995. En ese tiempo las casas tenían problemas de alcantarillado, no había sede vecinal y, cuando los vecinos necesitaban organizarse, salían a conversar a la calle. “Nos reuníamos ahí en la esquina. Cuando la gente tiene necesidad, se junta”, recuerda.

Nueva Imperial está a unos 35 kilómetros al oeste de Temuco, en la provincia de Cautín, camino a la costa de La Araucanía. Es también una comuna particularmente envejecida. Las proyecciones para 2026 estiman que el 24,8% de sus habitantes tiene 60 años o más: prácticamente una de cada cuatro personas. El Censo 2024 confirma la tendencia, con una proporción de mayores de 65 años superior a los promedios regional y nacional.

Jesús Clara ha visto transformarse el sector durante tres décadas. También ha vivido sus momentos más difíciles. En 2010, una inundación mantuvo a la población durante cinco días bajo el agua. De esas necesidades surgió una organización vecinal que todavía la tiene a ella como una de sus principales dirigentas. “He sido presidenta de la junta de vecinos casi desde que llegué. Nunca me he podido salir porque la gente no me deja. Si yo no cito a reunión, no llega nadie. Están mal acostumbrados conmigo: yo soy como la mamá de ellos”, cuenta entre risas.

A pocas cuadras, las noches de Sonia del Carmen Guzmán (72) se miden en interrupciones. Puede acostarse a las once, levantarse a la una, volver a hacerlo a las cuatro y, otra vez, a las seis. “Yo duermo ligerito. A veces recién me estoy quedando dormida y él me llama. A las ocho y media le doy desayuno y de ahí ya no me acuesto. Hay que lavar, hacer las cosas. Una tarea detrás de otra. No hay descanso”, relata.

Se trata de su marido, quien en los últimos ocho años ha sufrido varios accidentes vasculares. Hasta ahora lograba recuperarse y volver a caminar con bastón. Hace cerca de tres meses tuvo un nuevo episodio, esta vez más severo: perdió la movilidad y hoy se mueve en silla de ruedas.

LA MAMÁ DE LA POBLACIÓN

Jesús Clara tuvo tres hijos y crio a un cuarto. “Uno que llegó como Moisés, por el río”, cuenta. Era recién nacido y su madre atravesaba una situación compleja. Jesús Clara decidió hacerse cargo de él. Nunca pudo reconocerlo legalmente. En su casa fue un hijo más. “Fui su mamá. Yo lo crie. Como dicen: mamá es la que cría”, afirma.

El niño creció en un sector donde, recuerda, el consumo de drogas golpeó con fuerza a varias familias y terminó vinculado a ese mundo. Fue padre a los 15 años. Jesús Clara volvió entonces a asumir responsabilidades y hasta hoy ayuda económicamente a ese nieto, que estudia y del que habla con orgullo.

—¿Es distinto ser mamá que abuela?

—Pienso que cometí tantos errores con mis hijos. Antes era otra educación, mucho más severa. Nada de conversar, de preguntar qué les pasaba.

Uno de sus hijos sufrió bullying y tenía dificultades que entonces la familia no sabía cómo abordar. Admite que fue dura con él. Años después, trabajando en el Liceo Luis González Vásquez con estudiantes que necesitaban apoyos especiales, empezó a entender lo que en su propia casa había pasado inadvertido. “Esa fue la universidad de mi vida. Ahí uno va aprendiendo”, explica.

La vida volvió a exigirle cuando su marido murió de un cáncer cerebral a los 45 años. Jesús Clara quedó viuda, con hijos que mantener.

—¿Cómo seguiste adelante?

—Como lo hace toda la gente: parándome una y otra vez. Logré trabajar, mantener a mis hijos, que estudiaran. Ha sido un desafío bonito.

Más de dos décadas después continúa ocupando buena parte de sus días en otros. Visita especialmente a las personas mayores del barrio, toca sus puertas, pregunta cómo están y se queda conversando.

—¿Qué temas se repiten?

—Lo que más les preocupa es sentirse solos, no ser escuchados. Eso es lo más terrible. Los hijos tienen sus trabajos, sus propios problemas. Y uno tampoco quiere molestar. Entonces hay personas mayores que se van quedando muy solitas.

EL CANSANCIO DE CUIDAR

Sonia vive en Nueva Imperial desde 1993 y fue una de las primeras vecinas de su sector. Cuando la salud de su marido empeoró, su hijo menor, Javier, dejó Santiago y regresó al sur para acompañarla; hoy trabaja en Temuco. Aun con ese apoyo, el cuidado diario recae principalmente en Sonia: ayudar a su marido a levantarse, moverlo, cambiarlo, preparar sus comidas y mantenerse atenta durante la noche. Si necesita trasladarlo al hospital, depende de una ambulancia. “Si se me enferma, tengo que llamar una ambulancia. Yo sola no lo puedo llevar. Hay días en que los brazos ya no me dan. Me duele todo”.

Antes de eso, Sonia había logrado dejar los medicamentos que tomaba por depresión, pero la enfermedad de su marido la obligó a retomarlos. “Con todo esto se me desbordaron los nervios y la depresión. No duermo casi nada, y ya no tengo con quién hablar”, cuenta.

—¿Tienes momentos para ti?

—Poco, ver la teleserie. Estoy comiendo y me llama. Me estoy quedando dormida y me llama. Entonces una nunca descansa bien.

Las cifras muestran que esa carga sigue teniendo principalmente rostro de mujer. Según la Encuesta Nacional sobre Uso del Tiempo 2023 del INE, en La Araucanía ellas destinan en promedio 4 horas y 43 minutos diarios al trabajo no remunerado, frente a 2 horas y 31 minutos de los hombres. Además, el 43% de las mujeres de la región participa en tareas de cuidado no remunerado dentro del hogar.

UN LUGAR DONDE SER ESCUCHADAS

Es en medio de esas vidas donde aparece Hogar de Cristo. El Servicio de Apoyo Domiciliario busca que personas mayores en situación de vulnerabilidad puedan seguir viviendo en sus casas y comunidades, fortaleciendo su autonomía y sus redes.

Jesús Clara lo ve cada miércoles, cuando el equipo reúne a participantes del sector. Hay desayunos y onces, ejercicios de memoria, sopas de letras, bingos musicales y talleres. También se gestionan atenciones de podología y otros apoyos. Ella rescata algo más sencillo. “La gente conversa. Eso es lo importante. Más que lo material, muchas veces lo que necesita es compañía”, explica.

Cuenta que ha visto a vecinas llegar calladas y terminar riéndose, abrazando a las profesionales o contando cosas que llevaban tiempo guardadas. “Cuando una persona le cuenta sus cosas a la señorita, y ella tiene tiempo de escucharla, esa persona se va contenta. Eso es lo que entrega el Hogar de Cristo: confianza. Le hace sentir que es importante”, asegura.

Las profesionales llaman por teléfono, preguntan cómo sigue su marido y gestionan apoyos cuando algo falta. “Están pendientes de todas nosotras, no de mí nomás. Si me falta algo les cuento y ligerito están viendo cómo ayudar. Son mis chiquillas”, agrega con cariño.

“QUE LA VEAN A UNO”

Jesús Clara conoce también lo que significa necesitar ayuda. En 2025 fue a realizarse un examen cardiológico. No sentía dolores importantes y pensaba que sería un control más. Durante una prueba de esfuerzo, el médico detuvo abruptamente el procedimiento. “Me dijo: ‘Pare, pare. No podemos seguir. Operación urgente, ahora ya’”, recuerda.

Terminó sometida a una cirugía a corazón abierto. Hoy camina con bastón y todavía pierde estabilidad. Bañarse, arreglarse o simplemente desplazarse exige más cuidado. Aun así, continúa pendiente de sus vecinos.

—¿Y quién te cuida a ti?

—Yo estoy bien. Hay gente que está mucho peor que yo. Me pasa que uno nunca sabe cuándo lo va a necesitar. Pienso que mañana puede ser uno de mis hijos, alguien de mi familia, y no quiero que pase una necesidad y nadie le tienda la mano. Es tan fácil regalar una sonrisa, saludar a la gente, estar ahí.

Jesús Clara concluye que lo más importante en esta etapa es “que la vean a uno. Uno no es una cosa que se deja en cualquier parte, un arbolito. Somos personas con sentimientos. Una vez fuimos jóvenes y hemos tenido un caminar largo en la vida”.