Javiera Riquelme (23) fue mamá por primera vez a los 19 años. Trinidad, su hija mayor, tiene cuatro. Valentina Barraza (30) llegó a la maternidad más tarde. Elián nació cuando ella tenía 28 y hoy tiene dos años y ocho meses. Hay siete años entre ambas, trabajos distintos y maneras diferentes de repartirse la crianza con sus parejas. Hasta ahí, dos historias comunes, pero lo que las acerca es que ambas atravesaron una depresión posparto.
“Uno quiere ir al baño tranquila y no puede. Quiere descansar, quiere dormir, quiere trabajar. Todo tu mundo está en la guagua y dejas de ser tú misma para siempre”, dice Valentina, enumerando lo que sentía después del nacimiento de su hijo.

Lo cuenta sin dramatismo. Como una sucesión de cosas pequeñas que, puestas una encima de otra, terminan pesando demasiado. A eso se suman el dinero, el trabajo, la relación de pareja, la salud mental previa y algo que aparece una y otra vez en la conversación: tener o no tener a alguien que sostenga cuando criar se hace cuesta arriba.
Cuando nació Trinidad, Javiera ya estaba casada con Manuel, también muy joven, y de pronto la vida que conocía cambió de golpe. “Uno ve a sus compañeras salir, te invitan y no puedes porque tienes que estar criando. Me salté etapas”, recuerda.
La maternidad temprana fue difícil. Más complejo aún fue lo que ocurrió después del parto. Javiera recuerda que no logró sentir de inmediato ese vínculo que tantas veces se presenta como automático, casi obligatorio, entre una madre y su recién nacido.
“Yo no tenía ese apego de mamá con ella. Le daba pecho y la dejaba. Lloraba y le decía a mi mamá: ‘No quiero estar con ella’. Después venía la culpa. ¿Por qué me está pasando esto?”, cuenta.
Durante los primeros días, su mamá la ayudó. Javiera recibió atención psicológica, usó medicamentos y lentamente comenzó a salir del período más difícil. “Me costó bastante. Fueron sus buenos meses de sentirme atrapada”, resume.
Cuatro años después, con Sofía Victoria recién nacida, Javiera conoce mejor esas señales. Ya sabe cómo empiezan. Dice que siente la depresión cerca, rondando, como si estuviera tanteando la puerta para tocar otra vez.

A Valentina la depresión posparto la encontró en otro momento de su vida.
Antes de quedar embarazada de Elián trabajaba en cocina y venía arrastrando un período de fuerte estrés laboral, al punto de haber necesitado una licencia psiquiátrica. El embarazo llegó en medio de ese desgaste.
El nacimiento de su hijo agregó nuevas preocupaciones: Elián nació prematuro, a las 35 semanas, pasó por neonatología y presentó hipotonía, una disminución del tono muscular que obligó a iniciar rehabilitación desde muy pequeño.
Para Valentina, el posparto no fue la postal feliz que suele asociarse a la llegada de un hijo. Había cansancio, miedo y una guagua que requería más cuidados de los que había imaginado.
Al mismo tiempo, su principal red de apoyo atravesaba su propia emergencia. “Mi hijo nació un viernes en la noche y mi mamá empezaba la quimioterapia ese mismo día. Alcanzó a viajar, lo conoció y se tuvo que ir. A uno le pasan la guagua y es como: ‘¿Y ahora qué?’. Antes ni siquiera me gustaba tomar guaguas porque sentía que se me iban a romper. Con él era peor, porque no tenía fuerza en los músculos”, recuerda Valentina.
Después apareció la depresión. “Había momentos en que estaba llorando de la nada. Y la gente te dice que es normal. No puede ser normal sentirse así”, afirma.

La recuperación tomó tiempo.
Valentina estuvo más de un año fuera del trabajo y, cuando volvió a la cocina, separarse de Elián fue otro golpe.
“Fue terrible. En una cocina todo es contra el tiempo: los clientes, las campanas, los pedidos. Me empecé a enfermar de nuevo. Yo quería criar a mi hijo, pero sentía que no me lo podía permitir. Entonces empiezan los permisos: que se enfermó, que hay que ir a buscarlo, que llamó el jardín. Y en la pega todo eso importa poco. En muy poco tiempo ya me querían despedir”, relata.
La salud mental es una parte de la historia. La otra empieza al día siguiente, cuando la vida sigue cobrando cuentas: hay que pagar el arriendo, llenar el refrigerador y conseguir que un trabajo quepa dentro de los horarios de ser mamá.
Javiera lo sabe bien. Trabajó un tiempo en aseo, primero part-time y después a tiempo completo. Luego quedó embarazada de Sofía y volver a entrar al mercado laboral se transformó en otra cuesta arriba. “Ser mamá y trabajar full time es casi incompatible. Están los horarios del jardín, cuando la guagüita se enferma, los permisos que hay que pedir… ninguna pega te aguanta tanto. Es bien injusto. Todos tienen una mamá, una señora, una hija. ¿Cómo no va a existir más espacio para poder criar? Como si a ellos mismos no los hubiera tenido que criar alguien”, cuestiona.
Hoy vive con Manuel y sus dos hijas en una casa arrendada. Él trabaja todo el día y ella busca distintas formas de generar ingresos. Publica productos en Facebook y Marketplace, vende cosas desde su casa, improvisa ventas de garaje. “Hay días en que me puedo hacer diez o quince lucas vendiendo cosas. Hay otros en que no se vende nada”, cuenta.
El sueldo de Manuel no alcanza para todo. La mamá de Javiera los ayuda, sobre todo con mercadería. “Pasamos el mes bastante justos. Sin ayuda, no llegamos. Y es fome, porque los dos trabajamos, los dos criamos y, aun así, hay meses en que no alcanza ni para comer. Esa es la realidad de la familia chilena”, sostiene.

La organización de Valentina es diferente.
Ella volvió a trabajar en cocina. Su pareja tiene una jornada part-time y pasa más tiempo con Elián. Cocina, ordena y se ocupa de buena parte de las tareas domésticas. “Nosotros somos como al revés. Yo soy más la proveedora y él es más dueño de casa”, dice entre risas.
La distribución de roles se aleja de una fórmula que todavía suele darse por sentada. Valentina también reconoce el costo que tiene para ella. Trabajar significa disponer de
menos horas con su hijo y llegar a los días libres esperando descanso cuando, en realidad, comienza otro turno: el de la crianza.
La Encuesta Nacional sobre Uso del Tiempo 2023 del INE mostró que, en un día promedio, las mujeres destinan 4 horas y 57 minutos al trabajo doméstico y de cuidados no remunerado; los hombres, 2 horas y 52 minutos. Son dos horas y cinco minutos adicionales cada día. En el grupo de 25 a 44 años, precisamente la etapa en que se concentra buena parte de la crianza de hijos pequeños, la diferencia aumenta a 2 horas y 32 minutos.
Javiera lo resume desde su propia relación: “Hay veces en que uno está en pareja y es como estar sola”.
Manuel ha avanzado, cuenta. Cuando nació Trinidad todavía no asumía plenamente el papel de padre y a ella le tocaba absorber gran parte de la crianza.
Las dos coinciden en algo: llamar “ayuda” a la participación de los padres ya contiene una trampa. “Cuando un papá hace algo dicen: ‘Mira qué buen papá’. Para mí, está cumpliendo nomás”, plantea Javiera.
En medio de esos relatos aparece el jardín infantil y sala cuna “Nazareth”, de Hogar de Cristo en Temuco. Trinidad llegó siendo muy pequeña. La adaptación fue difícil. No quería tomar leche en mamadera, tenía mucha energía y después fue diagnosticada con trastorno por déficit de atención e hiperactividad. Javiera recuerda que las educadoras buscaron otras formas de alimentarla, trabajaron junto a la familia para disminuir el uso de pantallas y fueron estableciendo rutinas que pudieran mantenerse también en la casa.
Para ella, lo más importante era algo bastante elemental: poder irse a trabajar sabiendo que su hija estaba bien. “Cualquier cosa me avisan, me llaman. Yo tengo esa seguridad”, explica Javiera.

Con Elián ocurrió algo parecido. Valentina ya conocía al Hogar de Cristo: su abuela había trabajado como aseadora en el jardín y una prima había pasado años antes por uno de sus jardines infantiles. Cuando necesitó volver a trabajar, decidió traer a su hijo.
Las dos describen un apoyo que va más allá del cuidado de los niños. “Al final es como una familia”, resume Valentina, visiblemente emocionada.
Javiera completa la idea: “Es no sentirse sola. Te ayudan con la crianza y también te preguntan a ti: ‘¿Cómo te sientes?, ¿cómo vas?’”.
Cuando se les pregunta si se conocían antes de sentarse a conversar, ambas responden casi al mismo tiempo: “No, pero es como si viviéramos lo mismo”.