Nos espera en su silla de ruedas, sin ambas piernas, con una amabilidad que rompe cualquier distancia.
—Hola, jóvenes. Bienvenidos a mi casa, los estábamos esperando —dice.
La casa de adelante —la de su hermana— es la original, la que compartió con sus papás, tíos y abuela. Ahí pasó su vida entera. Cuando la familia creció y él envejeció, levantaron atrás una pieza sencilla para él. Y ahí está: una pieza de madera oscura, húmeda, techo bajo, sin baño. Ese es su mundo ahora. Ese y dos gatas muy viejas que lo siguen a todas partes: Carolina y Paloma.
—Ellas están conmigo siempre, tienen más de 20 años.

Luego empieza a hablar de su pasado, no con nostalgia, sino con orgullo.
—Trabajé en aseo toda la vida… barriendo calles, limpiando solerillas, ayudando con los carritos. A mí me gustaba trabajar. No quería dejar nunca de trabajar. Hasta los domingos iba con el camión. Yo le digo a usted: “El trabajo es vida”.
Sergio trabajó en áreas verdes, de barrendero. Se jubiló en 2012, cuando le dijeron que tenía un problema en la pierna izquierda. Lo operaron, le pusieron prótesis y siguió andando. Después empezó a molestar la derecha. Hasta que apareció la diabetes y, como dice él, “ahí soné”.
Ese ritmo —el de madrugar, salir, moverse— terminó cuando la diabetes empezó primero a desgastar la vista y después la pierna derecha. Víctor habla del proceso sin adornos: el viaje obligado a Santiago, la espera interminable, la amputación un domingo a las nueve de la noche.
—Nunca vi al médico, era como un fantasma. Estuve en el pasillo horas y horas. La pierna estaba morada y quizás, si me hubieran atendido, no habría perdido la pierna. Al final me desmayé y, cuando desperté, me faltaba una pierna—recuerda.
— ¿Qué hiciste?
—Nada, tomé el curso de pesca —se ríe—. Así que pesqué mis cosas y me vine a Punta Arenas.

A Víctor lo mandaron de vuelta antes de Navidad. El viaje terminó antes de tiempo y el regreso fue seco, sin avisos ni abrazos. Cuando llegó, no había nadie esperándolo. Las fiestas pasaron así: en silencio, sin mesa compartida. Víctor pasó la Navidad y el Año Nuevo solo.
—Mi cuñado al fondo y mi hermana andaban más o menos conmigo. No querían saber nada conmigo. Yo tampoco iba a dejar que me vinieran a pisotear. Lo dejé nomás. A buenas de Dios.
A esa soledad se le sumó otra. Víctor quedó viudo hace 12 años; estuvieron juntos más de 20. Tuvieron un hijo, pero no sabe dónde está. Desde entonces, como él mismo dice, “la casa se llenó de silencios”.

En Punta Arenas —una ciudad donde más de 1.300 personas mayores viven en pobreza extrema— la vulnerabilidad muchas veces tiene esta forma: una pieza al fondo, un pasaje sin nombre, días largos sin mucho sentido. Víctor aprendió a sobrevivir con ingenio, y lo cuenta casi con orgullo. Inventó una tabla de madera para resolver lo que nadie le resuelve: subir al taxi sin que lo carguen.
—Antes me tenían que cargar… ahora no. Me arrastro y me subo.
Lo dice como quien muestra una herramienta. Es más que una tabla: es autonomía fabricada a pulso, frente a una ciudad que no está hecha para él.
—Lo único que me falta es una compañía para salir —admite—. Alguien que me venga y me saque a pasear… me lleve en taxi. Donde haya una diversión, ahí estaría yo. Andar paseando. Compartiendo con alguien, conversando. Porque aquí no converso con nadie. Con mi gata nomás.
El equipo del Hogar de Cristo es, para él, más que un acompañamiento social: es una interrupción luminosa en el día.

—Me siento contento cuando vienen, me conversan y me cuentan cómo va todo allá afuera, en la ciudad. Además, cumplen. Si dicen que van a traer algo, lo traen.
La trabajadora social, Carol Salewsky, toma notas, entrega alimento y pañales, mientras las gatas vigilan como parte del equipo. En esa pieza se ve algo que Víctor no dice, pero que está en su vida completa: Magallanes envejece rápido y, muchas veces, sola. Más del 16 por ciento de los hogares está compuesto solo por personas mayores y casi uno de cada diez vive completamente solo, como Víctor.
Carol guarda la carpeta, entonces le preguntan:
— ¿Y qué comió hoy, señor Víctor?
Él baja la mirada un segundo.
—Una salchicha —dice—. Así es la vida, po’ joven.
Salimos de ese pasaje sin nombre. Afuera vuelve el viento de Punta Arenas. Adentro quedan Víctor, Carolina y Paloma: tres cuerpos mayores sosteniéndose mutuamente, mientras la ciudad sigue andando, lejos, como si fuera de otra gente.