Benito Paillacar tiene 49 años; más de dos de ellos los vivió en situación de calle. Hoy habita en una de las casas compartidas del Hogar de Cristo en Viña del Mar, en el sector de Nueva Aurora. Reside ahí con otros tres hombres que, como él, vienen de historias rotas, extensas, imposibles de resumir en un formulario. Él lo intenta igual, pero siempre se le bifurcan los caminos: la infancia, el origen, la identidad, el arte, la violencia, la calle.
Tiene una autoconciencia impresionante y una profundidad abismante.
-En la calle llegas a dudar de la existencia de Dios. Pero cómo -me preguntaba yo, acostado en los cerros bajo el cielo estrellado-: ¿cómo, si yo fui un espermatozoide que se impuso sobre otros 300 millones para llegar a este mundo, o sea, soy un triunfador en la lucha por la vida, voy a terminar así? Solo, abandonado, despreciado por todos.

Benito Paillacar en su taller en el patrio trasero de la casa que comparte con otros tres compañeross
Benito es orfebre mapuche huilliche.
O, como él precisa con paciencia pedagógica, “chono mapuchizado”. Su apellido -Paillacar, o Payyacar- viene del chesugun, la lengua sonora, y significa “ave negra”. No habla fluidamente mapudungun, pero entiende. “No por las palabras -aclara-, sino por la vibración, la mirada, el gesto”.
Nació en Valparaíso. “Valpino”, dice. Hijo de familias migrantes del sur, venidas desde el archipiélago de Chiloé, con raíces indígenas y una historia marcada por el desarraigo. Creció en una familia numerosa, atravesada por la violencia. Golpes desde niño. Castigos diarios. “Yo cargué con lo que había hecho mi padre. Por ser hombre, mi madre vengaba en mí sus frustraciones”.
Con ironía, comenta que decir que su madre era mala con él “sería pintarla como un peluche amoroso”. Y no lo dice para victimizarse: lo dice porque ahí, asegura, él -ya de adulto- empezó a comprender que la raíz de todo estaba en esa violencia que padeció en su infancia. lo todo.
Fue buen alumno. Estudió en “la primera escuela laica de Chile, la D-307, fundada por Ramón Allende Padín, tío del presidente Allende”. Soñó con estudiar ingeniería ambiental. No pudo: no había recursos ni apoyo. “Siempre tuve confianza en mí, pero nunca las condiciones”.
El quiebre grande vino años después. Benito se casó joven, fue padre, se separó. Perdió el vínculo con su hija. “Es uno de mis dolores más grandes”. Perdió también su taller de orfebrería, su principal sustento. Problemas de depresión terminaron de desarmar lo poco que quedaba en pie. Un día tomó una mochila y se fue.
Vivió casi dos años en la calle. No en el plan de la ciudad, aclara, sino en cerros, quebradas y casas abandonadas. Dormía con saco. Se bañaba con una botella de dos litros. Pedía pan en panaderías. Vendió lo poco que le quedaba.
Hay dos cosas que nunca hizo: robar y hurgar en la basura. “Eso lo tenía claro”.

Los anillos que Benito Paicallar hace con monedas antiguas son un trabajo realmente interesante.
Tampoco consumía drogas ni alcohol. Aun así, la calle lo fue adelgazando hasta los huesos. Llegó a pesar 45 kilos. “Todos pensaban que era pastabasero por lo flaco y estragado”. Lo más duro no fue el frío ni el hambre. Fue la invisibilidad. “La gente no te mira. Y cuando nadie te ve, empiezas a dudar hasta de Dios. Te sientes nada”.
El primer quiebre positivo fue un comedor solidario: el 421, en la Iglesia La Matriz. Llegó con vergüenza. Terminó como voluntario. Limpiando, ordenando, insistiendo. “Yo necesito estar haciendo algo”, dice. Ahí supo de un albergue de invierno y, desde julio, está en el sistema de Casas Compartidas que administra el Hogar de Cristo en la región de Valparaíso.
Las Casas Compartidas están dirigidas a personas en situación de calle mayores de 18 años, sin consumo problemático de alcohol u otras drogas, o que se encuentren en tratamiento; que trabajan de manera regular o manifiestan una clara voluntad de hacerlo. Les falta, muchas veces, un empujón.
Las financia el Ministerio de Desarrollo Social y Familia y, en la región de Valparaíso, Hogar de Cristo administra varias de ellas. Conocemos dos: la de Nueva Aurora, donde vive Benito Paillacar, y otra en un condominio en Quilpué. En total, albergan a ocho hombres.
Similar al programa Vivienda Primero -iniciado en Santiago y Concepción en 2017-, la diferencia clave es el perfil: Vivienda Primero está diseñado para personas mayores, con al menos cinco años de experiencia de vida en calle y con daños objetivos. En Casas Compartidas, los participantes son más jóvenes y vitales. La idea es que, al cabo de un año, logren la reinserción social con el apoyo de una dupla profesional: trabajo estable, revinculación familiar, controles de salud y acceso a beneficios sociales, entre otros hitos.

Benito Paicallar conversa con Karla González, la jefa de operación social del Hogar de Cristo en la región de Valparaíso. Ambos se admiran mutuamente.
Karla González, terapeuta ocupacional y jefa de la operación social del Hogar de Cristo en Valparaíso, explica que el principal desafío inicial fue encontrar viviendas adecuadas. “La casa donde vive Benito está muy bien ubicada, cerca de servicios y con buena conectividad. Eso es clave. Tiene tres dormitorios, un baño común, comedor amplio y patios. Es una casa bien construida y mantenida”.
Hoy Benito Paillacar cuenta con una pieza, una cama, una llave y ducha caliente. Cocina con otros. Se organizan. Discuten. Se cuidan. “Esta no es tu casa para siempre -dice-, pero es un lugar digno para volver a pensarte”.
LA LUNA MAPUCHE, EL SOL INCA
Benito vende sus piezas de orfebrería los fines de semana en la Avenida Perú, de la turística Ciudad Jardín. Gana lo justo para vivir. Paralelamente estudia: terminó un curso de operador logístico y se prepara para iniciar estudios técnicos en logística y electricidad. Quiere un trabajo estable. El arte no lo deja: lo acompaña. “Es identidad. Es memoria. Pero no siempre da para vivir”.
Habla sin resentimiento, aunque le ha tocado el abuso: funcionarios, gestores culturales, operadores políticos, que se apropian de su trabajo, de su historia, de su imagen. “Eso también es calle”, reflexiona. “Otra forma”.
-¿Cómo fue tu primera noche en esta casa, en tu pieza, en tu cama?
-No sé cómo explicarlo. Es como volver a existir. Poder sentarte a tomar té. Planificar el día siguiente. La calle no te deja pensar. Todo el día estás resolviendo cómo sobrevivir.

La casa que consiguió Karla González en la bajada de Agua Santa ha sido una bendición para Benito Paillacar, quien no se cansa de agradecer el apoyo.
Sabe que su estadía aquí es transitoria. Llegó en mayo julio pasado y posiblemente se vaya en mayo próximo. No le asusta el futuro. Dice que ahora tiene nuevas herramientas. Que ya no parte de cero. “La casa sola no te salva. Pero sin casa, no hay cómo salvarse”.
Él, pese a todo lo que ha pasado, tiene herramientas propias… y recién adquiridas en esta casa compartida.
Es un hombre educado, que habla mejor que el más destacado profesor. Además, sabe. De historia, de cosmología indígena, de metales, de orfebrería. Cuando explica que los mapuche trabajan la plata, que representa la luna, y los incas el oro, que es el sol, la gente que lo rodea asiente.
Y pasan largo rato no sólo mirando sus joyas, sino escuchando sus explicaciones. Cómo a partir de monedas antiguas, a puro martillo, hace unas argollas gruesas que conservan la frase “República de Chile”, o cómo funde cucharas de alpaca para hacer aros y tupu, el gran alfiler mapuche para sujetar rebozos.
Impresiona su sapiencia y dan ganas de que pudiera estudiar. Sería un magnífico profesor o gestor cultural o historiador.
Desgraciadamente, como ya nos contó, su talento ha sido utilizado. Habla de una asociación supuestamente mapuche de Valparaíso que lo usó. “Se hace negocio de la cultura. Ese grupo lo dirige un operador político de izquierda, que llegó a falsificar mi la firma cuando yo hice talleres gratis ahí. Me fotografió a mí y mis trabajos. Se benefició de mi persona, de mi nombre. De hecho, sigue lucrando de mis creaciones, de mi ser. Y no soy el único artesano del cual abusa”.
No es que Benito sea político. Dice que no cree ni en derechas ni en izquierdas, pero a él fue un comunista el que lo utilizó. Y ese partido, asegura, el que lo canceló. “Yo me siento bien. Fui capaz de darme cuenta del abuso y no permitirlo. Me ha tocado una vida muy bien dura, pero no me demolieron. Sé que ahora saldré adelante”.
Si quieres conocer más del trabajo de Benito, entra a su cuenta de Instagram. Ahí se hace llamar @retrafepaillacar. Retrafe significa maestro platero.

La Casa Compartida que habita Benito Paillacar estuvo compartida (bien vale la redundancia) con el equipo de Espiritualidad y el de Comunicaciones del Hogar de Cristo, además de quienes lo apoyan socioemocionalmente en su proceso.
Conmueve oírlo cuando describe su legítimo empecinamiento en conseguir patente municipal de comerciante ambulante. “La ley 19.253, la Ley Indígena, en uno de sus artículos señala que el Estado tiene la obligación y el deber de velar por que se protejan las manifestaciones culturales de los pueblos originarios reconocidos en la misma ley. O sea, si yo, como artesano huilliche indígena expongo mi trabajo en la vía pública, usted no me puede reprimir ni quitar mis obras. Usted me tiene que proteger”, argumentaba en las oficinas frente a los funcionarios, que no sabían cómo responderle.
Este trámite kafkiano duró seis meses. Medio año intentando obtener un permiso municipal para vender su trabajo en la vía pública, sin éxito. Cada trámite lo devolvía al mismo punto: la informalidad como falta y no como consecuencia. Ser indígena no lo amparaba; no tener casa ni ingresos formales, lo dejaba fuera del sistema. Entre ventanillas y burócratas, la gestión era una forma de desgaste. “Estoy pasando hambre”, recuerda que le dijo a un funcionario, recordando que ni siquiera en dictadura había vivido una precariedad así. “El hombre se compadeció, buscó en su mochila y me regaló su colación. Me guardé el orgullo, le agradecí y se la acepté; de verdad, no había comido en días y tenía hambre”.
Antes de despedirse, Benito Paillacar vuelve sobre una idea que repite varias veces: dignidad. “Yo no le robé a nadie, no estafé, no me perdí. Me mantuve íntegro en la calle. Eso también es sobrevivir”.