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En Rengo murió:

La madre que veía a Cristo en los pobres

La religiosa española Isabel Arias llegó en 1983 a este pueblo campesino de la Región del Libertador Bernardo O´Higgins. Venía con otras seis hermanas a fundar el Monasterio de las Benedictinas, en una casa colonial que es patrimonio histórico. En 1992, se convirtió en su primera priora. La noche del domingo murió dejando tras de sí muchos amigos agradecidos, sobre todo entre los viejos de la Hospedería que Hogar de Cristo tiene en la zona. Recordamos aquí cómo fue su relación con Martín, uno de ellos.

Por Ximena Torres Cautivo

11 Diciembre 2023 a las 17:59

“He venido a servir más que a presidir” es una reflexión de San Benito que las monjas del Monasterio de las Benedictinas de Rengo practican a diario. Y que le venía como anillo al dedo a Isabel Arias, la priora, nombrada así en 1992, cuando el monasterio se erigió en priorato conventual.

Isabel, la primera priora, murió la noche del domingo pasado a los 86 años en su cama, en su comunidad. En la preciosa casa colonial, llena de historia patria y religiosa, restaurada para la fundación bajo la guía del famoso sacerdote Gabriel Guarda.

Ahí en ese régimen de oración, silencio y paz, vivió, eso sí, muy atenta a la comunidad del pueblo donde se instalaron en abril de 1983. Inicialmente llegaron “siete monjas de votos solemnes. El recibimiento por parte de la Iglesia local, tanto sacerdotes como religiosas, y de todo el pueblo, superó lo previsible, y así sigue experimentando su acogida hasta hoy”, leemos en la página web del Monasterio de Rengo.

La madre Isabel era particularmente amiga de Martín Eloy Huentecol Queupul (67) nacido en Carahue y abandonado en un hospital de niños por su familia luego de que lo atropellaran. “Ahí estuve mucho tiempo, perdí la memoria. Por eso, hasta hoy el boche de la tele me abomba la cabeza”, nos dijo él en 2022, justificando así sus escapadas de la Hospedería de Hombres San Benito de Rengo, región de O´Higgins, donde ha vivido de manera intermitente desde comienzos del 2000, cada vez por periodos más prolongados. Martín es una persona en situación de calle a la antigua, propia de un mundo rural paupérrimo y de otra época, como muchos de sus compañeros de la Residencia de Rengo. Ese lugar, que Hogar de Cristo tiene en la zona y que administra en conjunto con la fundación TODOSUNO, siempre ha recibido el apoyo económico y espiritual de sus vecinas, las monjas del Monasterio de las Benedictinas de Rengo.

Él es el amigo de la madre Isabel Arias, Martín Huentecol. Ella veía a Cristo en los pobres.

Muy cristiano, Martín Huentecol nos contó que fue bautizado por la Iglesia Pentecostal de Chile, ya de adulto. Se sintió llamado a hacerlo porque “la Biblia, el Apocalipsis, dice: ´Respetar, para ser respetado, amar para ser amado´”. Y empieza con una letanía a ratos incomprensible por su hablar enrevesado, con dejos de mapundungun, pero coherente en su contenido: “Mi Dios está en el cielo y nosotros, todos los hijos de Dios, estamos aquí, en el suelo, porque dijo nuestro Señor Jesucristo: ´Desde el cielo los miraré y veré quién hace el bien y quién hace el mal. Y los que actúen bien tendrán en el Cielo una casa linda y grande para todos´”.

Mucho de su relato incluye palabras como caídas, heridas, golpes.

MI AMIGA LA MONJA

Fue así –caído, herido y golpeado– que hace más de 20 años tocó la puerta del monasterio de las Benedictinas de Rengo. Le abrió la priora de entonces que estaba de portera, la española Isabel Arias, a quien vio como una madre, una hermana, una amiga. Y al que ella, hace poco más de un año, en su lecho de enferma, recordó como un encuentro con nos confesó que le había parecido como encontrarse con un “Cristo quebrado”.

Nos dijo que lo recogió como pudo, porque estaba maltrecho, muy herido, botado en la entrada. Era un hombre destruido. “Hoy, aunque cuesta entenderle, sé porque hemos conversado durante años que tuvo una infancia muy triste, que fue maltratado por sus padres, obligado a trabajar desde pequeño. Luego quedó inválido a causa de un atropello y después huérfano. Y hay algo con su familia, un problema de tierras. No sé bien el detalle. Pero el caso es que no tiene nada: ni familia ni tierra ni nada. Hace muchos años tuvo una mujer, pero no ha sido padre. No tiene hijos”.

La madre Isabel Arias cocinando en la Hospedería de Hombres de Rengo. Aunque sus últimos años, estuvo aquejada de severos problemas renales, siempre mantuvo la lucidez y la convicción de que Cristo estaba en los pobres.

-¿En qué consiste exactamente su invalidez?

-Tiene una pierna muy dañada. Casi inutilizada. Si mides su velocidad, avanza diez centímetros por paso. Y así y todo es capaz de irse caminando hasta Curicó desde Rengo. Allá tiene una familia amiga que lo acoge con cariño y es capaz de partir caminando, a veces bajo la lluvia.

-Se tiene fe y tiene mucha fe. Se nota un hombre muy religioso.

-Sí, es evangélico. Acá viene y hace cantos al Señor. Brota de él, el Espíritu Santo. Le sale un canto tras otro, y se eleva, incluso le canta al Señor en su lengua.

La monja y el Cristo quebrado cimentaron una amistad inquebrantable.

“Para ella, Martín era Jesús caminando por Rengo”, nos dijo entonces la periodista Francisca Subercaseaux y fundadora de la Fundación TODOSUNO, que organiza a los hombres de la Hospedería de Rengo por el día, mientras Hogar de Cristo se ocupa del funcionamiento de noche.

Las benedictinas de Rengo financian parte importante de la operación de esta Hospedería de Hombres en situación de calle de Rengo.

Francisca nos comentó entonces que Martín ha desarrollado una suerte de TOC con los zapatos. “Todos los meses, cuando cobra su pensión, se compra zapatillas o zapatos nuevos; el resto de la plata se la toma”.

Y la madre Isabel fue mucho más indulgente. Nos dijo entonces: “A Martín le ha ayudado mucho la Hospedería del Hogar de Cristo, incluso se ha rehabilitado del consumo de alcohol, en la medida de lo posible, claro. Está mejor.  A veces, viene a verme vestido con ropa nueva, de muy buena calidad, que se ha comprado él mismo. Tiene otra dignidad, aunque siga siendo una persona alcohólica”.

Para ella, Martín era simplemente un hombre bueno que había sufrido lo indecible. Como tantos otros Cristos rotos, quebrados, fracturados, que ella, desde el silencio y la soledad del claustro, logró conocer en la Hospedería de Rengo.

“Despedimos a la querida madre Isabel con la certeza absoluta de que está gozando de Dios, por quien dio su vida entera. Y lo hacemos felices de haber conocido a una mujer con una fe inquebrantable, generosa y visionaria”, dice, emocionada, Francisca Subercaseaux.

Si quieres, como la madre Isabel, ayudar a los hombres en situación de calle, entra aquí. 

 

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