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Adiós, don Manuel

El 20 de mayo murió Manuel Calderón, figura emblemática y tremendamente querida en la casa matriz del Hogar de Cristo. Un hombre que con responsabilidad y cariño desempeñó por años la labor de cuidar y lavar los autos en el estacionamiento interior del lugar. Este es un homenaje póstumo y sencillo como él de quienes lo conocieron, algunos con mucha tristeza de no haber podido acompañarlo en su despedida por culpa del coronavirus.

Por María Teresa Villafrade

“Le tenía mucho miedo a la muerte, al dolor”, afirma Viviana Aedo, encargada del programa de atención domiciliaria adulto mayor (PADAM) de Estación Central, en el cual estaba inscrito Manuel Luis Enrique Calderón Salinas, quien murió a los 79 años de un infarto cardiaco en la pieza que arrendaba en calle Ruiz-Tagle.

Viviana fue la persona que encontró su cuerpo sin vida a escasos momentos del deceso y dice sentir alivio de saber que aquello que más temía don Manuel nunca ocurrió, porque no sufrió ni padeció una larga agonía y, hasta el último día, trabajó. Aunque tenía enfermedades de base, se dio siempre ánimo y no hizo caso de las recomendaciones que le daban sobre hacer cuarentena.

“Era bien porfiado. Nosotros tuvimos que respetar su autonomía y su decisión pese a que le advertimos del coronavirus y de los riesgos de contagio. Le dimos la alternativa de vivir en la casa de acogida Josse Van der Rest, a la que iba siempre a almorzar, pero no quiso tampoco”, explica Viviana Aedo.

Prefería caminar diariamente, pese al dolor de pies, los escasos metros que separaban su vivienda de la casa matriz del Hogar de Cristo para realizar un trabajo del cual se apoderó durante casi una década: cuidar y lavar los vehículos de trabajadores y visitantes de la casa matriz. Sentado en su clásica silla roja de plástico y en compañía de sus fieles gatos, estaba siempre al tanto de quien entraba y salía, saludando a todos con su amable sonrisa.

“NO LE GUSTABAN LOS CAMBIOS”

Claudia Gómez, directora de Comunicaciones de la fundación, rememora que fue él quien la recibió en 2011, en su primer día de trabajo. “Siempre me hizo sentir importante y me trató con mucho respeto. Nos fuimos conociendo de a poco durante estos 10 años. Recuerdo que él era usuario de la hospedería para hombres que después se transformó en la Casa de Acogida Josse Van der Rest. Era muy serio con su trabajo y los cambios le costaban mucho. Se enojaba cuando alguien se estacionaba en un lugar distinto al que él indicaba. Cuando fue egresado de la Hospedería y pudo arrendar una pieza en calle Ruiz-Tagle, se molestó mucho, dijo que lo estaban echando del Hogar, pero luego se acostumbró”.

Tampoco le gustó cuando pintaron la casa matriz. “Parece casa de huifas”, le comentó a ella por el violento color rojo empleado. “Nunca le comenté que yo había participado de esa decisión para que no se enojara conmigo. Era un hombre muy considerado. El día que supe que mi papá tenía cáncer y se iba a morir, bajé al estacionamiento a llorar y él se acercó a consolarme: Vaya a conversar con el patrón, que le va a hacer bien, me dijo, refiriéndose al padre Hurtado”.

Don Manuel confiaba ciegamente en Alberto Hurtado y era el único al que él reconocía como jefe. Paulina Andrés, directora de Comunidad del Hogar de Cristo, cuenta que una vez él supo que ella estaba muy enferma y le dijo: “Le pedí audiencia al patrón, a la hora de almuerzo me voy a juntar con él para encargarle por su salud”. Al día siguiente le volvió a comentar: “Tuve la audiencia y déjeme decirle que parece que hay hartos rezando por usted porque él ya sabía, yo no le llevé ninguna novedad”.

Después de ser operada, constantemente le llegaban mensajes de aliento de Manuel, incluso un día pidió un celular prestado para hablar con ella. “Cuando volví a trabajar, estaba muy pendiente de mí. Como a muchos en el Hogar, a mí se me movía harto el corazón cuando lo veía allá afuera”.

A ella y a todos los que intercambiaban más de un saludo con él, los tenía amenazados de que al morirse iba a ir a “penarlos”. Olimpia Méndez, asistente de Comunidad y Comunicaciones, asegura que a ella también le hizo esa advertencia. “Siempre me dijo que iba a venir a moverme los lápices y darme vuelta el café. Era muy piropero, mi novio eterno, cada lunes me regalaba flores. Lo voy a extrañar muchísimo cuando vuelva de la cuarentena. Debe haber estado muy molesto con esa medida porque había menos gente en la casa matriz”.

Las periodistas María Luisa Galán y Daniela Calderón coinciden: “Don Manuel era como nuestra sombra de colores. Siempre observándonos y cuidándonos, a las embarazadas, a los que tenían algún problema, a todos en general. Así lo voy a recordar, como un hombre sencillo y guardián, testarudo a veces, alegre y sobre todo trabajador, no tengo duda que nos seguirá protegiendo desde donde esté”, dice la primera.

Daniela quiso entrevistarlo varias veces para conocer su historia, pero él nunca aceptó. Era de bajo perfil y muy reservado de su intimidad. “Siempre me pareció que era un personaje demasiado importante para Casa Matriz. En una ocasión me contó que había vivido en la calle, debajo del río Mapocho y que después el Padre Hurtado lo rescató. Nunca supe si era cierto porque cuando quise escribir la nota no me dio permiso. Tampoco me dejó sacarle fotos. En el último tiempo me decía que estaba cansado, que quería morirse y que cuando lo hiciera iba a venir a movernos los lápices para que supiéramos que era él. Pero dio el remedio para espantarlo: que le dijéramos algún garabato”.

Le encantaba, eso sí, que le celebraran cada 17 de febrero su cumpleaños, con torta y regalos que atesoraba. María Inés Guimpert, analista de Innovación, participó en más de uno de ellos. “Recordaré a don Manuel como una persona de esfuerzo, perseverante y preocupada. Cuando lo saludaba en las mañanas y le preguntaba cómo estaba, su clásica respuesta era no tan bien como usted. En verano usaba jockey y en invierno gorro de lana, muy pendiente de las bicicletas y de cada persona que llegaba en auto. Era el primero en comunicar si había alguien importante en el Hogar. Estaba muy agradecido de la institución, entregándole de vuelta un trabajo intachable que era su motivación de levantarse día a día. Descanse en paz, don Manuel, un abrazo al cielo”.

El Capellán José Francisco Yuraszeck ofició la misa de su funeral el 21 de mayo.

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