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Andrea Cox, jefa social territorial de Antofagasta: Resistiré

Para la mayoría, la cuarentena es un incordio. Una medida necesaria, pero incómoda, anormal, a ratos, desesperante. Los más frívolos, incluso se ufanan de violarla, como si la inédita situación sanitaria que vivimos fuera una broma.

Para otros, como los 22 hombres en situación de calle, que se comprometieron conscientemente a entrar en cuarentena preventiva en la Hospedería de Antofagasta hace una semana, la medida ha sido una bendición. Es tener un hogar, un techo protector, un lugar que los dignifica como seres humanos, pertenecientes, además, a uno de los grupos de mayor riesgo frente al coronavirus. Por su edad, en algunos casos; por las enfermedades crónicas físicas y mentales que arrastran muchos de ellos; por su prematuro envejecimiento.

El Hogar de Cristo es su hogar y nosotros lo habilitamos como tal. Para mí ha sido emocionante ver la disposición a colaborar en las rutinas diarias, con pequeños arreglos, como cambiar una ampolleta rota o limpiar vidrios, o iniciativas más ambiciosas, como pintar algunas habitaciones entre varios. También me ha conmovido ver el cambio físico de alguno al que la soledad lo lleva al consumo, y que aquí, encerrado pero acompañado, parece otro.

Algunos de ellos no creyeron en la gravedad de la situación. Uno me dijo que al no encontrar a nadie en la Feria de las Pulgas, al verse vagando solo al atardecer por una Antofagasta vacía al final de día, poco antes del toque de queda, le cayó la teja: la pandemia era real. Aunque ellos suelen ser invisibles, dice que se le acercó una patrulla de Carabineros, le preguntaron cómo estaba y le dijeron que buscara refugio. Se acordó de su único hogar y vino y fue uno de los 22 que aceptó encerrarse y no volver a salir hasta que esto pase. Y aquí estamos, en nuestro búnker sanitario, cantando juntos Resistiré por las tardes, como hacen los que saben que nadie se salva solo.

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