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Historias de San Bernardo:

Fútbol, libros, calle

Diecisiete personas residen en la Casa de Acogida del Hogar de Cristo ubicada al sur de Santiago, un espacio que por muchos años fue una hospedería para hombres jóvenes. Ahí, a un costado de la línea del tren, hoy viven adultos mayores que, por diversas razones, quedaron sin un techo que los cobijara. Es el caso de Sergio, ex futbolista de un reconocido club de Santiago, y de Pablo, un devorador de libros.

Por María Luisa Galán

“Me ha costado mucho aceptar mi realidad, pero de apoco me ido mejorando, que esta es mi realidad y que ahora tengo que salir adelante. Como sea, tengo que salir adelante. No me puedo quedar en el pasado, llorando, que perdí todo. Lo principal es que tengo a mis dos hijas profesionales y eso me tiene orgulloso”, cuenta Sergio Acosta (61) que hace unos meses vive en la Casa de Acogida del Hogar de Cristo en San Bernardo.

Actualmente, diecisiete hombres adultos mayores viven ahí. Pero hasta antes de la pandemia, se llamaba Hospedería de San Bernardo y albergaba a cuarenta personas en situación de calle entre los 18 y 52 años aproximadamente. A partir de marzo de 2020, como consecuencia de la pandemia, todos los programas residenciales de Hogar de Cristo, incluyendo las hospederías, entraron en cuarentena y funcionaron 24×7 para quienes aceptaron quedarse en ellas. Con esta medida, el número de residentes se redujo a la mitad. Muchos prefirieron no guarecerse y quedarse en la calle. Al tiempo, muchos también prefirieron salir, quedando finalmente sólo ocho hombres jóvenes.

Paralelamente, debido a los efectos económicos de la pandemia, muchos programas de la fundación a nivel país, debieron cerrar sus puertas. A ello, se sumó la existencia de un grupo específico de personas mayores de 60 años que, por su situación de salud, fragilidad y dependencia, requerían de apoyo especializado y permanente. Esto, producto del deterioro del tiempo en situación de calle, la desvinculación con la redes sociales, de salud y, en algunos casos, la presencia de consumo problemático de alcohol u otras drogas, convirtiéndolos en una población altamente vulnerable.

A partir de esta realidad es que la fundación implementó las “Casas de Acogida”, como una alternativa para un grupo de personas adultas mayores con largas trayectorias de vida en calle, que requieren un apoyo que excede a un servicio de emergencia.

Poco a poco fueron llegando adultos mayores de los extintos programas de la fundación a la rebautizada Casa de Acogida de San Bernardo. Y, por un tiempo, convivieron con los ocho jóvenes que aún residían ahí, quienes finalmente egresaron gracias a la revinculación con sus familias. Hoy, los diecisiete adultos mayores tienen su cama propia, comida y un techo que los abriga día y noche. Y cuentan con un gran equipo que los asiste con dignidad y cariño.

Duele el alma

Sergio Acosta es uno de los más hábiles en la Casa de Acogida. Él lo sabe y por eso apoya a sus compañeros con menor movilidad. Nació en La Cisterna y desde niño vislumbró su pasión y talento por el fútbol. Comenzó en Ferro, un antiguo club del barrio Rondizzoni. Luego lo compró Deportes Magallanes. “Era muy amigo de Erasmo Vidal, el papá de Arturo. Con él jugábamos en Ferro”, recuerda. En Magallanes estuvo ocho años. Comenzó jugando como lateral y terminó central por el porte que tiene. Era la década de los 80 jugó y se le iluminan los ojos cuando habla de su paso vistiendo la camiseta albiceleste. Era su sueño. No quería Colo Colo, la U ni la Católica. Dice que hasta el día de hoy le gusta hacer deporte, a pesar de una dolencia a la espalda que tiene. “Yo creo que me dio un aire, pero los doctores no creen en el aire”.

Luego del fútbol se dedicó al comercio. Se instaló con un kiosko al lado del colegio Compañía de María en Las Condes. Le habían dicho que era un pozo de oro. Y así fue. Tanto, que después le soplaron que en el Bosque Sur con Apoquindo también podía hacer buen negocio. Cerró el kiosko y se instaló con un minimarket ahí. Aún existe. Se compró casas y tuvo un buen pasar, pero hizo una mala jugada. Le dieron tarjeta roja, terminó en la cárcel y, al salir, se encontró con las manos vacías.

Vivió en calle. Afortunadamente poco tiempo, dos semanas, en verano. Y aunque fue poco, la experiencia fue dura. “La gente de la calle está acostumbrada a escuchar ruidos, a aguantar hambre”, recuerda sobre esos días a la intemperie por La Cisterna. Un matrimonio que conoció, lo derivó a un albergue, llegando luego de ahí a la Casa de Acogida del Hogar de Cristo en San Bernardo. “Lo más difícil fue que no podía dormir. No lo podía creer. No me podía bañar”, cuenta. Y agrega sobre los migrantes que hoy viven en situación de calle, muchos con niños. “Duele el alma. Somos de carne y hueso, no importa la nacionalidad. Si están en otro lugar, es porque en su país la cosa no está buena. Nadie migra porque quiere”.

“Después de Dios…”

Si hay algo que caracteriza a Pablo Álvarez (72) es su afición por la lectura. Su último libro es “Caballo de Fuego”, parte de la trilogía de la escritora argentina Florencia Bonelli. Siempre le gustó leer, “porque sí”, dice.

Su infancia fue ruda. De niño vendía diarios, lustraba botas. No pudo terminar su primero medio porque tuvo que empezar a trabajar, dado el consumo problemático de alcohol de su padre. Y a  veces vivía con su familia, otras en hogares de niños.

Trabajó por más de 40 años en La Vega, como cargador. “El trabajo de La Vega es como cualquier otro. Un poco sacrificado, por el horario. A las 3 de la mañana había que estar ahí y trabajar de noche. En mi época se trabajaba todos los días, hasta los domingos. Había que trabajar no más, porque nadie está a contrata, es por temporada. Como dice el dicho: después de Dios, está La Vega. El que no se mueve, se muere de hambre no más. Y en La Vega quién se va a morir de hambre, si está todo ahí. Hasta cachureando tienes para subsistir”, dice, y aclara que nunca vivió en situación de calle.

De hecho, vivía en una casa en Pedro Aguirre Cerda, con su hermano y un sobrino. Eso, hasta que una noche, a las 23 horas, todo comenzó a arder. Con mucha tristeza, cuenta que su hermano falleció. A él lo sacaron a rastras, porque en ese tiempo estaba en silla de ruedas debido a los constantes golpes que le daba su sobrino.

Quince libros se salvaron del incendio y hoy son ellos los que lo acompañan en la Casa de Acogida. “Leo harto. Llevo la mitad de la librería de acá. Yo traje libros, los que salvé de la biblioteca que tenía”, dice con mucha pena. Y suma: “Me gusta leer de todo, menos de amor. Me gustan de guerras entre países, como este que estoy leyendo”.

 


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