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Mar

2021

CRUDA EVIDENCIA: lo que significa ser niña en una residencia de protección

Estaba ahí, ante los ojos de todos, pero la realidad que viven esas niñas y adolescentes fue desatendida o invisibilizada. El estudio determina la necesidad de programas especiales para mujeres y denuncia que hay una red de explotación sexual comercial en el contexto de las residencias. “Están siendo depredadas”, dice Paulo Egenau, director social del Hogar de Cristo.

Por Juan Antonio Muñoz (El Mercurio)

En 2017, la Dirección Social del Hogar de Cristo, buscando elaborar propuestas para mejorar el sistema, realizó un ejercicio de autocrítica e indagó en la realidad de sus propios centros.
A partir de ese diagnóstico, plasmado en el libro “Del dicho al derecho”, avanzaron hacia un modelo diferente de hogares y se produjo una gran discusión pública, entre otras cosas, porque financiar el nuevo modelo propuesto implicaba, en ese momento, un costo de $1.988.200 por menor, cuando el Estado solo aportaba $380 mil por niño.
El estudio determinaba que el sistema residencial en el país estaba colapsado y que si bien existían esfuerzos institucionales importantes, el sistema como tal no era capaz de responder a las necesidades de los niños y jóvenes atendidos. “Los resultados demostraron que nadie lo estaba haciendo bien en Chile y que el Estado nunca lo ha hecho bien. La ley de garantías de derechos dela infancia y la adolescencia lleva 24 años debatiéndose en el Parlamento. ¡24 años!”, puntualiza Paulo Egenau, director social del Hogar de Cristo.

Tras el primer estudio y el modelo que surgió de él, hubo un “Del dicho al derecho 2”, dedicado a los niños y niñas excluidos del sisema escolar.
“Luego de ese trabajo nos dimos cuenta de que la primera investigación no tenía una profunda mirada de género, lo que es una gran falencia pues no es lo mismo una residencia para niñas”, dice Egenau.

La autocrítica que caracteriza este nuevo estudio —“Del dicho al derecho. Ser niña en una residencia de protección”, coordinada por la psicóloga Claudine Litvak al frente de las investigadoras Carola Salas, Catalina Ortúzar y Consuelo Laso—, parte por señalar que este problema estaba ahí y que todos lo sabían.

“Lo veníamos viendo y viviendo desde hace muchos años. Lo sabemos por los jóvenes que están excluidos del sistema escolar, por aquellos que presentan problemas de salud mental, por los programas de mujer que han sido víctimas de violencia intrafamiliar… En todo, las mujeres están atrás. Lo sabíamos y ahora volvemos a constatar que no hay una reflexión profunda, seria, profesional y sistemática destinada a satisfacer las necesidades específicas que surgen de manera fundamental en el mundo de la mujer. El punto de partida es una estrategia para aplicar el enfoque de género en el trato terapéutico y una educación con enfoque de género”, subraya Egenau, lo que obliga a implementar cambios sustantivos en el sistema de funcionamiento al interior de una residencia.
El solo hecho de observar por qué entran niñas y niños a los centros de protección da un indicio de lo diferentes que deben ser las acciones para enfrentar los casos de unos y otros (ver gráfico basado en anuario estadístico del Sename 2018, que desglosa por sexo: hombres en barra de color gris y mujeres en barra de color lila).

La psicóloga Claudine Litvak explica que “las niñas y adolescentes que tienen necesidades específicas necesitan espacios separados de sus pares masculinos, que entran por causales muy distintas al sistema de protección. Estos espacios deben contar con altos estándares de calidad, siendo de no más de 10 adolescentes, con un ambiente familiar, enfoque terapéutico, equipo altamente especializado, donde todo lo que en este espacio se realice sea con perspectiva de género. Esto no solo al interior de la residencia, sino también en el intersector. Es decir, con un sistema de salud, legal, policial y educativo que entienda las trayectorias de estas niñas, no las culpabilice, respete y trabaje diligentemente para permitir reparar y sanar”.

MUJERES: “MÁS DIFÍCILES Y DEMANDANTES”

Hay algunas razones que explicarían la desatención por la mujer, aparte del contexto cultural, que requiere ser revisado desde perspectivas políticas, sociales, y religiosas. Entre ellas, que los hombres, cuando se encuentran en una situación de conflicto tienden a generar muchos más problemas en el ámbito de la convivencia social. Las mujeres, en cambio, se ubican más bien en el polo dela victimización y el daño silencioso, y presentan mayores niveles de depresión, desórdenes ansiosos, estrés postraumático, ideación e intentos suicidas, desórdenes alimentarios y conductas destructivas. Por eso es que los educadores de residencias señalan abiertamente preferir trabajar con hombres que mujeres, las que serían más “difíciles” y “demandantes”.

A partir de la evidencia de que debe ser diferente la forma de abordar los problemas de una niña o adolescente respecto de los hombres, se llega al punto más doloroso de la investigación: que la distribución de la violencia —en particular, la violencia sexual— es tan desigual respecto de la mujer como la distribución de otras cosas.

“Tenemos que hacernos cargo como país de esto”, dice Egenau, quien subraya que “las niñas y adolescentes en residencias están siendo depredadas por redes de explotación sexual comercial. Necesitamos con urgencia extrema generar una serie de articulaciones, partiendo por un sistema de información integrado para reaccionar como corresponde y proteger a las niñas. Esto implica la articulación de servicios como Fiscalía, Sename, servicios de salud, servicios escolares, articulaciones comunitarias… Es responsabilidad de todos, pues hablamos de un sistema de protección que está fallando de manera dramática. Quiero dejar muy claro que hablo de depredación de manera muy consciente: las niñas están siendo depredadas”.

El propio Hogar de Cristo sufrió el incendio de una residencia femenina en Viña del Mar, provocado por una niña que era víctima de una red de explotación sexual. “Fue increíble todo lo que tuvimos que hacer para articular a las policías, al Sename, los servicios de salud, para hacer una persecución rápida y ejecutiva delas personas que estaban detrás de esto. Si se me pregunta si la explotación sexual puede darse también dentro mismo de la residencia, mi respuesta es qué duda cabe. Por supuesto que sí”, asevera Egenau.

EL “GROOMING”

Al analizar la expresión del trauma de niñas y adolescentes del sistema residencial se observa que, en comparación con su contraparte masculina, las mujeres tienden a manifestar mayores sentimientos de culpa y a sentirse confundidas respecto de la responsabilidad del abuso sexual.
Aquellas que ya tienen experiencia de explotación sexual suelen tener conductas de riesgo más disruptivas y tienden a abandonar las residencias, lo que agrega riesgos importantes como violencia sexual, consumo de drogas y relación con miembros de organizaciones delictuales.

En muchos de los casos reseñados, cuando hay un trauma complejo y se produce abandono de la residencia, la calle le gana largamente a los equipos de trabajo. Como la historia de Patricia que, a comienzos de 2019, comenzó a pasar más tiempo en la calle, relacionándose con microtraficantes, siendo detenida por delitos que incluso incluían robos violentos. Patricia no quería seguir en la residencia; el equipo no logró hacer un trabajo que le permitiera reparar su historia y detener el consumo. A los 16 años, ella ya declaraba que quería comenzar una carrera delictual. Hoy no se sabe nada respecto de su paradero.
El estudio advierte que si bien la niña puede estar forzada a la explotación sexual a través de la fuerza física o amenazas, también puede ser persuadida a participar de este tipo de actividades sexuales como resultado de factores más complejos.
El explotador o el facilitador de la explotación sexual puede presentarse incluso como un salvador que mantiene a la niña o adolescente en una “relación amorosa” (ver recuadro). Como las niñas que entran en este problema en su mayoría sufrieron abusos y maltratos anteriormente, los explotadores capitalizan tales vulnerabilidades para reclutarlas. “La forma de acercamiento tradicional es conocida como el proceso de grooming o de seducción entre el intermediario y la víctima. Este proceso generalmente no involucra la realización de actividad sexual sino que principalmente la entrega de regalos o bienes de parte del intermediario o explotador para ganar su confianza”, indica el estudio.
En el caso de Chile, según una investigación realizada por ONG Raíces y el Consejo Nacional de la Niñez (2017), se evidencia que “efectivamente las residencias de protección son un espacio que los explotadores sexuales tienen identificados como parte de sus estrategias de captación. Y una de las maneras más frecuentes de realizar esa captación es hacer evidente la situación material de las niñas que pertenecen a las redes de explotación: evidenciar que tienen más dinero y más bienes materiales que las demás niñas de la residencia.
Esto complejiza el problema pues, al tratarse de un delito basado en el intercambio, se da idea de que existe voluntad de la víctima producto de recibir algo a cambio, lo cual genera un perverso círculo de tolerancia que facilita las redes de explotación sexual: la víctima se siente culpable y responsable porque ha recibido o recibe algo a cambio, y por otra parte, la sociedad estigmatiza a la víctima y la considera menos víctima producto de este intercambio. En ese círculo se olvida la raíz del problema: la víctima es una niña al vulnerable que está siendo explotada”.

RECUADRO

“Relación amorosa”: la normalización de la explotación sexual comercial

A los 14 años, Claudia, en una de sus salidas sin permiso de la residencia, conoció a Mario, de 34 años. Iniciaron una “relación amorosa”. Claudia le decía a sus amigas que era el hombre de su vida: le daba casa, alimento, ropa y drogas para su consumo. A veces se ponía violento y la golpeaba, pero Claudia les decía a sus amigas que era porque ella no se portaba bien. Algunas veces, Claudia ayudaba a Mario a repartir encargos de drogas para sus amigos y, cuando les iba bien en las ventas, hacían fiestas en casa, donde Mario la dejaba consumir alcohol y drogas y, ocasionalmente, le pedía que tuviera relaciones sexuales con algunos de sus amigos. Claudia, hoy de 17 años, sigue vinculada a la residencia de protección, aunque en la práctica está constantemente fuera del sistema, retornando de forma ocasional. El equipo no sabe cómo enfrentar la situación. Ha sido derivada a múltiples programas ambulatorios que tampoco han logrado su adherencia al tratamiento. No ha sido posible hacer justicia respecto de las denuncias de explotación sexual contra Mario y su entorno.

REPOTAJE PUBLICADO EN EL MERCURIO 14 DE MARZO DE 2021