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El triste adiós a nuestra voluntaria Fidelia Barrientos

Sus compañeras de voluntariado en la Residencia para Adulto Mayor Juan Pablo II de Punta Arenas están de duelo. Ha partido una del equipo, Fidelia del Carmen Barrientos Ojeda, quien a sus 80 años llevaba 25 yendo todos los días al Hogar de Cristo, de lunes a viernes, entregando amor y servicio a sus “viejitos”. “Estamos con un dolor inmenso porque nos enteramos de su fallecimiento por el obituario de la prensa”, dice la presidenta del grupo.

Por María Teresa Villafrade

“La Fide vivía en el Hogar”, dice Luisa Velásquez (61), presidenta del equipo de voluntarios “Los misioneros del padre Hurtado” integrado en su mayoría por mujeres que llevan más de dos décadas en esa activa entrega de tiempo, cariño y recursos.

Cada mañana, de lunes a viernes, Fidelina llegaba a la Residencia Adulto Mayor Juan Pablo II del Hogar de Cristo en Punta Arenas y lo primero que hacía era abrir la puerta de su gabinete y besar la réplica en metal de una imagen del padre Hurtado. “Siempre recordaba con orgullo que esa medalla se la habían regalado cuando cumplió 20 años como voluntaria, era su máxima felicidad”, agrega Luisa.

Por eso, enterarse por el obituario de la prensa de su fallecimiento el pasado 16 de junio fue un golpe muy grande para todo el equipo. “Desde que empezó la pandemia, tuvimos que dejar de ir al Hogar y dejar de vernos. Hasta hoy no sé de qué falleció pero independiente de la causa, no se permite que acudamos a ningún funeral por culpa del coronavirus. Ella vivía con un hijo y nadie nos avisó, parece que estuvo hospitalizada. Es un dolor muy grande no haber podido despedirnos y acompañarla al cementerio”, dice visiblemente afectada.

EL BICHITO DE LA SOLIDARIDAD EN EL BARRIO ROJO

A Fidelia “el bichito de la solidaridad la picó hace más de 25 años”, según relata su compañera. Ella enviudó muy joven y quedó sola con 3 hijos. Tuvo que lavar ropa y hacer aseo para subsistir mientras le salía la pensión. “Llegó como voluntaria en los tiempos en que el lugar donde está el Hogar era considerado en ese entonces como el Barrio Rojo, un sitio pecaminoso por el que una nunca debía pasar”, recuerda Luisa.

En aquellos tiempos el trabajo que hacían era muy intenso: lavar y planchar ropa, pasar la virutilla, encerar, entre otras labores domésticas. “Cuando yo comencé me hice cargo de la costura, era bien cruda la cosa. Me probaron haciendo las camas. Y siempre cada cierto tiempo, digo, ya cumplí 15 años, ahora me retiro, pero no puedo, hay algo que nos llama incansablemente a seguir. A la Fide le pasó lo mismo, el bichito este pica más fuerte que el Covid-19. Es imposible salirse”, agrega.

“Los misioneros del padre Hurtado” lo integran 23 voluntarios y voluntarias entre activas y pasivas, éstas últimas son las que aportan recursos monetarios. “Raquel Ojeda lleva 27 años de voluntaria y junto con la Fide eran las más antiguas. Les seguimos Erna López, Olga Triñanez, Nidia Mancilla, Marianela Alvarado, Angélica Guaquín y yo, con 24 años de voluntariado. Juan Carlos Águila y Teresa Pillancari, con 15 años, y Carmen Villarroel, con 14”.

De todos, sin duda, la más fiel era la Fide que prácticamente se desempeñaba como un trabajador más en el Hogar donde viven 29 adultos mayores vulnerables. “Iba todos los días a servir el almuerzo, para ella la cuarentena fue un golpe muy grande ya que no pudo ir más. Quizás no pudo más de pena”, dice Luisa, conmovida.

El capellán del Hogar de Cristo en Punta Arenas desde mediados de 2018, el sacerdote diocesano Miguel Ángel Bahamonde, cuenta que él se enteró de la muerte de Fidelia cuando le contaron las voluntarias al día siguiente de su funeral. “Era una mujer muy comprometida con todas las celebraciones y onces que ofrecían para demostrar su cariño y su espíritu de servicio. Siempre manifestó un gran aprecio por los adultos mayores del Hogar, era de las primeras en llegar y cuando no podía ir siempre avisaba. Muy conversadora, decía lo que pensaba y daba su parecer respecto a todo lo relacionado con los acogidos”, expresa.

Ahora la gran esperanza que todos tienen es que apenas se abran de nuevo los cementerios, ir junto a los voluntarios y trabajadores a rendirle un tributo a Fidelia Barrientos. “Queremos llevarle a su tumba su medalla, la imagen del padre Hurtado que ella tanto besaba y veneraba, sería un lindo homenaje de despedida”, finaliza Luisa Velásquez.

Hay muchos voluntarios y voluntarias que antes estaban en la primera línea y que debieron pasar a una segunda línea de acción por causa de la pandemia.

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