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El vandalismo se ensaña con el comedor solidario

"Puente Cancha"

Gladys Videla, la encargada de este espacio ubicado en el estero Marga-Marga, cuenta que, prácticamente todos los días, desconocidos roban y destrozan el comedor que entrega almuerzos gratuitos a personas en situación de calle. “No nos van a ganar”, afirma con una admirable convicción.

Por María Teresa Villafrade

Antes de la pandemia, la principal preocupación que Gladys Videla (69) tenía era que alguna persona le ayudara a desmalezar y cuidar el hermoso jardín que rodea el comedor solidario “Puente Cancha”, que desde hace 23 años entrega comida gratis a las personas en situación de calle.

Hoy, la situación ha cambiado drásticamente. Casi a diario, desconocidos entran a robar y destruyen a su paso cerraduras, vidrios, puertas y ventanas.

“Estos vándalos no nos van a ganar. No puede ser que por culpa de unos angustiados, no podamos entregar la ayuda que tantos necesitan. Nos vamos a preparar mejor”, dice con un sorprendente optimismo. “Nosotros estábamos preparados para lo que antes existía, pero ahora llegó gente más agresiva y, por ende, tenemos que instalar más seguridad”.

Dice que se va a seguir cocinando en las casas de algunas voluntarias pese a que les robaron un cilindro de gas, alimentos y utensilios que usaban para preparar los casi 200 almuerzos que estaban entregando en un muro ya que por la pandemia y el aforo no volvieron a habilitar el comedor.

“Desde que terminó la pandemia, empezaron a romper de a poco los vidrios de las ventanas. Al principio, con la ayuda de un palo con gancho, rompían todo lo que había adentro, tiraban la ropa, porque no podían entrar. Ahora se llevaron las herramientas de un participante nuestro que estaba haciendo repisas para salir adelante. Es un hombre que dejó de estar en calle y ahora recibe un subsidio de arriendo”, agrega quien fuera voluntaria de Hogar de Cristo y recibió ayuda de la fundación durante su trabajo en la pandemia a través de Acción Solidaria.

-¿A qué atribuye este ensañamiento?

-No lo entiendo porque antes esto no nos pasaba. Nosotras atendimos durante toda la pandemia, somos todas personas mayores y pusimos en riesgo nuestras vidas para seguir ayudando. Yo creo que al tener que cerrar el comedor y atenderlos a través del muro, se perdió la relación y el contacto más cercano. Antes sabíamos lo que les pasaba, porque conversábamos. Ahora se hace una entrega rápida; no hay camaradería ni vínculo.

Gladys Videla necesita con urgencia una camioneta para poder sacar todo lo que hay en el comedor y guardarlo en una bodega que ha facilitado una voluntaria. Su idea es asegurar mejor los containers y una vez que estén listos, volver a abrir el comedor.

Reconoce que ha aumentado mucho la delincuencia y la violencia, pero estas acciones, que dañan a quienes más necesitan, ella no las entiende.

-¿No quieres bajar los brazos y cerrar el comedor definitivamente?

-Por ningún motivo. Estamos juntando el dinero para comprar los fierros y reforzar las ventanas. Hay un inmigrante soldador que cuando vino la primera vez a arreglarnos una cerradura rota, no nos quiso cobrar. Ahora cada vez que puede, nos trae alimentos. A él tuve que llamarlo el lunes para que nos viniera a arreglar la puerta vandalizada.

LA OBRA DEBE CONTINUAR

Acompañada por la voluntaria Marisol (76), Gladys recibe a “Pajarito”, que es el apodo de Francisco, un hombre en situación de calle que todos los días las visita para tomar café y demostrarles que sigue sobrio.

Sorprende cómo ambas le dan ánimo cuando ellas mismas están desoladas.

Marisol, “Pajarito” y Gladys Videla se dan ánimo para tomar un café.

“Las personas como él son las que nos motivan a continuar. Y no importa si yo no sigo a cargo, quiero dejar esto en condiciones para que la obra pueda continuar. Además que a nosotras nos ha ayudado mucha gente: el Colegio Alemán, que este año nos dio 80 frazadas; el padre Marcelo, el colegio San Rafael, el colegio Saint Dominic, que nos puso un techo y luz”.

Hasta las flores que ella cultivaba en un mini invernadero fueron destruidas. Todavía recuerda la época en que con suerte les robaban un paquete de arroz o de fideos. O si necesitaban comprar un tostador nuevo, iban y lo compraban.

“Acá no se guarda todo lo que nos donan afortunadamente. Muchos miran cuando nos llega la mercadería y observan que después la llevamos a otra parte. Nosotras no los vemos, pero ellos sí. Ahora no solo está malo el ambiente, sino que nos faltan las lucas. Echo de menos cuando teníamos dinero para comprar lo que necesitábamos. Todos los meses una señora nos regala platos y servicios desechables y algunos nos siguen donando dinero pero solo alcanza para comprar los alimentos que han subido mucho de precio”, asegura.

Por esa razón, las entregas de almuerzo se redujeron de todos los días a solo martes, jueves y sábado. Aun así, no piensa claudicar.

Para quienes deseen cooperar, pueden contactarla en el sitio de Facebook

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