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“Lo que está deteniendo realmente a las personas es la droga”

El presidente Boric va a residir en un barrio que no sólo es conocido por su legado histórico y valor patrimonial, también es una zona donde deambulan muchas personas en situación de calle, narcos y drogas. No es de extrañar, entonces, que sean varias las oenegés presentes en Yungay. José, uno de sus habitantes, cuenta aquí su historia y hace su petición al nuevo e ilustre vecino.  

Por María Luisa Galán

¿Qué tienen en común la hospedería Álvaro Lavín del Hogar de Cristo y la nueva morada del presidente Boric? Mucho. Ambas casas están ubicadas en el barrio Yungay, de hecho sólo las separan ocho cuadras e, incluso, están a la misma altura. Mientras la primera queda en calle Esperanza con Mapocho, la otra está en Huérfanos entre Esperanza y Libertad. Y para José Rodríguez Colipi, residente de la hospedería, ésta no será la primera vez que tendrá a un mandatario como vecino, ya lo había hecho antes, cuando pernoctaba en la calle a pocas cuadras de La Moneda.

Tenía 12 años cuando huyó de su casa vestido con uniforme escolar. José no conoce a su papá, porque según relata, él es fruto de un romance fugaz que tuvo su madre. “Mi papá fue a comprar cigarros y nunca más volvió”, dice hoy entre risas y medio sorprendido de que si bien su progenitor no regresó, sí le dio su apellido.

Durante sus primeros cuatro años, José creció con una tía, con la hermana de su mamá en el sur, donde están sus raíces mapuches. Pero ella falleció y su mamá lo fue a buscar. Prácticamente no la conocía, incluso le decía por su nombre: Juana. Y tampoco sabía de la existencia de su media hermana. Le costó acostumbrarse en la ciudad. “Era como una jaula”, dice, luego de haber estado en el campo donde tenía mucho espacio para jugar. A eso, se sumó que su padrastro y su madre lo maltrataban.

Rememora, con dolor, su historia de infancia. “Me fui de mi casa porque me enseñaron a ser rebelde. Me pegaban y, como para mí era costumbre, cuando iba la escuela tenía problemas. Me defendía porque ahí descargaba mi ira. Cuando tocaban a mi hermana, yo peleaba. No me importaba que los otros fueran grandes, yo igual la defendía. Así es que me echaron de la escuela. Y esa vez mi mamá me dio con las mangueras de lavadora antiguas. Me cambiaron de escuela pero quedé condicional. Y como siempre fui tratado con violencia, los primeros días me hacían bullying. Me pegaban un bate, así con la mano cuando uno está sentado. Yo no aguantaba y les pegaba de vuelta. Me echaron de nuevo pero esa vez no llegué a mi casa. Me fui a la calle por miedo, no quería recibir otra golpiza. Estuve vagando por las calles tres años. Pasé frío, hambre, arrancaba de Carabineros, de los violadores, de los pedófilos. El miedo me hizo más fuerte y aprendí también cosas malas, como robar”.

José vivió en la calle, en la caleta Chuck Norris, ubicada bajo los puentes del Mapocho, en calle Pío Nono. También en una residencia del ex SENAME, hoy Mejor Niñez. Tenía 26 años cuando decidió pedir ayuda porque sabía que tenía dos destinos: la muerte o la cárcel. Se sentía solo y su autoestima estaba por el suelo. En eso apareció “su ángel”, Alejandra Orrego, hermana del gobernador de la Región Metropolitana, quien lo instó a creer en él y recomenzar. “Ella me tuvo harta paciencia y me entregó mucho cariño cuando más lo necesitaba. Y hasta ahora tenemos contacto. Le digo ‘mamita’ de cariño”, dice con ternura.

De las personas con las que creció en la Chuck Norris, la mayoría están muertos o presos, o les falta una pierna. “Los guerreros somos los que salimos de esas batallas, porque para estar en la calle y salir, cuesta mucho. Por eso estos lugares son súper necesarios. La hospedería me ha servido para impulsar mi camino y poder trabajar. Estoy agradecido de este espacio. Últimamente no me sentía seguro, arrendaba y estaba solo, pero aquí siempre me han recibido con los brazos abiertos. Por eso les tengo mucho respeto y cariño, la considero mi casa porque se forma una armonía y hay confianza”, dice José.

Efectivamente, hoy está tranquilo, esperanzado en su proceso de reconversión. “He pasado por tantas batallas que ya no quiero retroceder. Quiero continuar y esa fuerza la tengo yo. La persona del COSAM, cuando esté en la calle y me vea drogándome, no va a estar conmigo, diciéndome que no. Esto  depende de mí. Las personas que están en las carpas tienen ayuda, pero algunas veces se ven muy solas y encerradas en las drogas. Yo he estado así. Al límite de querer matarme y desaparecer, sin embargo, siempre hay gente buena que ayuda a las personas. Pero esas cosas para los que viven y hemos vivido en la calle, deprimen. Se sienten solos y la ciudad no está ni ahí porque los miran feo. Los ven como delincuentes”, reflexiona.

-¿Qué esperas para ti en el futuro?

-Con conciencia de una enfermedad que tal vez siempre va a estar, que es la droga y el alcohol, quiero seguir trabajando. Juntar monedas y postular para mi casa. Con la fe que tengo, sé que voy a tenerla. Quiero seguir haciendo vida con los pasos correctos porque la calle mala ya me la sé, sé por dónde no andar. Eso va a depender de mí. Recuperar a mi familia, acercarme a mis sobrinos que van creciendo. Tal vez encontrar una pareja y hacer vida. Es fuerte esta lucha, pero son los guerreros los que salen invictos.

Seguridad, seguridad y seguridad

José lleva un anillo plateado y plano en el dedo anular, muy similar a los de matrimonio, pero no está casado. Lo lleva ahí porque el único lugar donde no se le cae. Está soltero. A pocos días de tener de nuevo un presidente de vecino, pero ahora desde el calor de un hogar, espera que haya más seguridad en el barrio.

“Que Boric quiera venir a vivir a esta zona es bueno porque conozco cómo es aquí. Es bonito, pero las personas que llegan de otros lados, traen la droga, que opaca el lugar. Con las drogas, en la noche, la gente no anda tranquila. El consumo está matando a los muchachos. Estaría bueno entonces que pongan más seguridad. Yo, que no le tengo miedo a nada, en las noches inseguridad pasada cierta hora. Y a Carabineros se le ve poco. La llegada de Boric va a ser un cambio porque habrá más control y la gente se va a sentir más tranquila”, dice.

-¿Crees que Boric pueda hacer algo en temas de superación de la pobreza?

-Creo que sí puede dar mejor oportunidades. Es una persona joven, que ha visto los últimos cambios que ha habido sobre la pobreza. Es pobre el que no tiene trabajo o el que no quiere trabajar. Admiro a las personas que les falta una pierna y andan vendiendo bebidas. O a la que le falta un bracito, pero que anda haciendo cosas. Lo que está deteniendo realmente a las personas es la droga. Y en eso Boric debería ser mano dura porque uno sale a la calle y andan los traficantes ahí y para las personas que queremos hacer un cambio es difícil, porque prácticamente te vienen a dejar la droga a la puerta. Boric sí puede hacer algo pero depende de las personas que estén a su lado, de sus compañeros. Espero que haya más seguridad en el barrio, así Santiago Centro se limpia un poco, porque está todo contaminado. Y espero que se abran nuevas oportunidades, otros centros para personas que necesitan ayudan.


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