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Mi historia con el Padre Hurtado:

Cuatro encuentros transformadores

A 68 años de su muerte y en una nueva conmemoración del Mes de la Solidaridad, cuatro adultos mayores recuerdan sus sentimientos tras conocer al Padre Hurtado. Sus relatos, cargados de emoción, hablan de la alegría, solidaridad y fortaleza de nuestro santo chileno.

Por Daniela Calderón

Gertrudis Gálvez, Usuaria de Programa de Atención Domiciliaria de Renca.

“El Padre Hurtado estaba entregado a ayudar a los más marginados”

“Cuando tenía 8 años conocí al Padre Hurtado porque yo andaba en el grupo de niños que él ayudaba. En esos años la situación era muy distinta a como es ahora y él era el padre de la justicia social. Se preocupaba mucho por la gente pobre, los marginados. Nos traía dulces de la panadería Pinto, que estaba en Independencia, pancitos de dulce, un quesito amarillo muy rico, polenta, ropa y, después, nos íbamos a tomar desayuno a la parroquia Santo Tomás de Aquino, que estaba en Gamero.

Él tenía una imagen tan linda, nosotros éramos para él ´los patroncitos´, así nos decía. Era muy cariñoso, tenía un semblante y una cara tan luminosa, él estaba entregado a ayudar en todas las situaciones que se vivían en esos años, cuando no teníamos ni cómo taparnos. No me quiero acordar porque me da una pena grande. Así era la vida antes, no era como la pobreza de ahora, era todo mucho más terrible. Éramos mirados en menos, la gente era dura.
Cuando mi mamá quedó viuda nos tuvimos que ir a la calle, a vivir a unas chozas con techos de fonola que al primer viento se volaban y ahí quedábamos nosotros empapaditos como pollitos de campo. En esos años se sufrió mucho, la gente pobre éramos como unos pájaros raros y nos marginaban. Estuve cerca del Padre Hurtado casi 3 años porque después nos fuimos de Independencia y empezamos a trabajar para ayudar a mi madre.

Después con los años, cuando me vine a Renca trabajé casi 20 años como voluntaria del Hogar de Cristo. Me convertí en la abuelita voluntaria y hoy formo parte del Programa de Atención Domiciliaria de Renca, donde incluso pude conocer a Vicente, mi pareja hoy. Gracias a mi cercanía con el Padre Hurtado y el Hogar de Cristo, en 2005 fui a Roma. Siento que desde el cielo él me eligió para ir a ver su canonización. Allá en Roma me despedí de él y le agradecí por la ayuda que me dio. El Padre Hurtado está siempre en mi corazón, siempre le rezo en las noches. Le agradezco que se haya preocupado de los niños y los que vivíamos en la pobreza”.

Elena Donaire, voluntaria de Hogar de Cristo

“Era bueno para conversar con la gente, hoy dirían que era un gallo hiperquinético”
Fue a mediados de la década del 40 cuando Elena (87) llegó al Hogar de Cristo para hacer catecismo a niños abandonados en la calle. Les llevaba pelotas de fútbol y dulces. Entonces tenía 15 años. “En esa época conocí al Padre Hurtado, cuando lo recuerdo, lo primero que se me viene a la cabeza es verlo recogiendo a niños abandonados que vivían a orillas del Mapocho. Era bueno para conversar con la gente. Hoy dirían que era un gallo medio hiperquinético porque siempre andaba haciendo algo, no paraba. Me acuerdo de una vez que fuimos a buscar niños al Mapocho, pero la camioneta se quedó en pana. Al final, todos tuvimos que empujar la camioneta, pero él se lo tomaba con humor”.

Pedro Torres: “Fue un hombre bueno que me sacó de la calle y me dio un lugar limpio donde vivir”

Pedro tenía 10 años en 1950, cuando lo recogió el padre Hurtado en un zaguán vecino a la Iglesia de San Francisco. Entumecido, flaco, analfabeto, lleno de piojos, llegó al Hogar de Cristo ubicado en la calle que entonces se llamaba Chorrillos. “Dormía en un zaguán, ese espacio que tenían las casas antiguas entre la puerta de calle y la puerta de entrada a la casa. Ahí, una noche de lluvia del invierno de 1950, me encontró el padre Alberto Hurtado. Llegamos a Chorrillos 3828 como a las dos de la mañana y quedamos en manos de las monjitas que nos bañaron con agua caliente y nos acostaron en camas limpiecitas. A la mañana siguiente, descubrí la hospedería que sería mi casa hasta 1961. Yo soy un “patroncito”, un niño abandonado de los que recogió el padre Hurtado, y no me da vergüenza contarlo. Hay compañeros de esos años, los pocos que quedan, que ocultaban su condición. Yo no. Y por eso defiendo a san Alberto de tanta estupidez que he escuchado últimamente, fue un hombre bueno que me sacó de la calle y me dio un lugar limpio donde vivir, un oficio para ganarme la vida… y valores.

Francisca Araya, vecina de Hogar de Cristo

“El Padre Hurtado se desvivía para ayudar a los que más lo necesitaban”
Francisca (87) es de Estación Central y lleva más de 80 años viviendo a poco metros de la casa matriz de Hogar de Cristo. “Tenía 7 años cuando conocí al Padre Hurtado. Él se acercó a ayudar a mi familia cuando mi madre quedó viuda, nos trajo mercadería. Recuerdo que se vestía de una forma muy sencilla, solo con unos zapatos y la sotana, demostraba que era un padre de los pobres. Iba a la población y cuando veía planchas y palos que podían servir para una casita, los recogía. Antes el Hogar de Cristo era una barraca, muy diferente a como es ahora y las misas se hacían en un galpón frente a calle General Velásquez. En ese tiempo toda la gente pertenecía a la parroquia y pasaba en la iglesia porque estaba él. En esos tiempos desde Hogar de Cristo se les daba casa de madera a la gente que no tenía donde vivir y a nosotros nos daban aserrín para poner en el piso de tierra. El Padre Hurtado se desvivía para ayudar a los que más lo necesitaban, no le importaba si era invierno o verano. Por eso, nunca va a existir un padre como lo fue él”.

 

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