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Entrevista

Nov

2019

Pedro Torres Luengo: “De pelusa pasé a patroncito”

Tenía 10 años en 1950, cuando lo recogió el padre Hurtado en un zaguán vecino a la Iglesia de San Francisco. Entumecido, flaco, analfabeto, lleno de piojos, llegó al Hogar de Cristo ubicado en la calle que entonces se llamaba Chorrillos. Fuimos a Huepil, región del Biobío donde hoy vive, para reconstruir juntos su vida, que es la historia de un hombre que, con todo en contra, logró sobreponerse a la vulnerabilidad y la pobreza.

Por Ximena Torres Cautivo

 

El padre, minero, es encarcelado a causa de la Ley Maldita contra los comunistas en los tiempos de Gabriel González Videla; la madre, desvinculada de su familia de origen, desesperada, sin trabajo, con 7 hijos que alimentar, probablemente presa de la depresión, coge un revólver Smith and Wesson y se quita la vida. Agoniza durante toda la noche frente a sus niños en la modesta casa familiar de Curanilahue.

Pedro Torres Luengo (79) entonces tenía 6 años. Y, aunque es un duro, el recuerdo lo quiebra, lo hace sollozar y a recurrir varias veces a su pulcro pañuelo durante esta larga conversación. Era el cuarto de los hermanos: “Francisco, José, Luzmira, que murió hace un tiempo, yo. Después venían María, Blanca y Dominguito, que falleció siendo niño”, recuerda “don Pepe”, como lo conocen aquí en Huepil, donde vive desde hace una década con Ana, su segunda mujer.

Pedro y Ana en su casa de Huepil, con la pequeña hija de una sobrina.

La vida de Pedro es la historia de la pobreza y de la vulnerabilidad más extrema de un niño del Chile rural, minero, portuario, ferroviario de mediados del siglo pasado. Distinta, aunque no tanto a la que hoy hace explotar a Chile. Niño analfabeto, que, probablemente a causa del trauma, se “meaba en la cama” de la casa de su tía Eloísa, donde fue acogido tras el suicidio de su madre.

-Cuando se mató mi mamá, los parientes empezaron a repartirse las cosas. El que se llevaba a un niño, se llevaba una cosa. Yo me fui con la tía Eloisa. Era acomodada. Tenía una casa que a mí me parecía un palacio. Yo me fui con ella y a todos mis hermanos se los llevaron lejos, para distintas partes. Recién en 1960, a los 21 años, volví a ver a algunos. Irme a esa casa fue el peor error de mi vida.

Abuso físico y sicológico, es parte de lo que padeció Pedro. Su tía, se obsesionó con que aprendiera a leer y a escribir y fuera el mejor de la escuela. “Odio hasta hoy el silabario Ojo, nunca entendí nada, me nublaba y ella me levantaba de las patillas cada vez que me equivocaba. Recién de adulto, logré aprender a leer”. Azotado a correazos durante un kilómetro en su primer intento de fuga, la gota que rebasó el vaso fue el intento de violación que padeció por parte del hijastro de su tía. “Esa gente era realmente cavernaria, antes muchos eran así. Abusaban de los niños, no respetaban nada. Pasa muchas veces con los que nacen en cuna de oro y en valores ni para cuna de mimbre les alcanza”, sentencia.

Con 7 años, finalmente logró escapar. En Lota, se encontró con su hermana Blanca, que trabajaba en una pensión para mineros. “En la celebración del 18 de septiembre, un minero me acusó de robarle una moneda. Se armó la zafacoca, pero unos pionetas me rescataron”. Así se arrimó a la orilla del mar y se convirtió en chinchorrero. “Sacaba jibia, que les vendía a unos gringos que usaban su tinta, no se la comían, porque es un asco”, recuerda. También recogía el carbón molido en un colador, en una tarea que era el último eslabón de la cadena de la oscura explotación minera.

-Me fui a Conce, viví en Talcahuano, dormía en los trenes. Con otros cabros conseguíamos que nos dieran espacio en la sala de máquinas que era calentita, siempre que les hiciéramos el trabajo a los operarios. A veces también dormía en el Huáscar, burlando a los maridos de guardia. Un día me pillaron y me tiré al mar; soy como pescado para el agua hasta hoy. Usaba pantalón corto, la mayor parte andaba a pata pelada y estaba lleno de parásitos.

-¿Cómo llegaste a Santiago?

-Fue un viaje en los carros de primera, de segunda y de tercera. Me pillaron tres veces, me bajaron  y las tres volví a subirme de nuevo al mismo tren. Llegué a la Estación Central, donde me dediqué a cargar maletas. Tenía 9 años.

-¿Cómo y dónde vivías?

-Todo cochino, tirilludo. Nos subíamos a los carros con otros torrantitos y sacábamos el huaipe con que se limpiaban las máquinas y que quedaba lleno de aceite. Con eso prendíamos fuego para calentarnos en la noche. Dormíamos en la calle, donde se podía. Llegaban los pacos y nos corrían a palos. Después me fui a la Vega Central y luego a los puentes del Mapocho. Dormía en carril con otros pelusas para darnos calor, unos para arriba y unos para abajo, pegados a la pared de la piscina temperada de la Chile en la avenida La Paz. Mi ignorancia era total. Vivía el día, no pensaba en nada más. Me alejé de los puentes cuando estuve a punto de matar a hombre, a un abusador, junto con otros cabros. Tuve una piedra sobre su cabeza, estuve a punto de dejarla caer, pero fui lúcido y no me acriminé. Muchos años después, quise matar al ahijado de mi tía Eloísa, al que me trató de violar, pero lo vi tan jodido, que no lo hice. Para qué.

El niño Pedro se instaló en los alrededores de la Iglesia San Francisco, en la Alameda. Cuenta que dormía en un zaguán, “ese espacio que tenían las casas antiguas entre la puerta de calle y la puerta de entrada a la casa. Ahí, una noche de lluvia del invierno de 1950, me encontró el padre Alberto Hurtado”.

De las serie los niños abandonados del Mapocho, de Sergio Larraín, tomada en 1955.

NIÑO HÉROE EN CALETA ABARCA

A la entrada de su modesta casa en Huepil hay una afiche del padre Hurtado, en el pañol de su taller de carpintería otro, en su dormitorio, bajo llave, guarda documentos históricos, donde destaca una carta de recomendación manuscrita por Álvaro Lavín, el jesuita que reemplazó al padre Hurtado como capellán del Hogar de Cristo, tras su muerte en 1952.

-Yo soy un “patroncito”, un niño abandonado de los que recogió el padre Hurtado, y no me da vergüenza contarlo. Hay compañeros de esos años, los pocos que quedan, que ocultaban su condición. Yo no. Y por eso defiendo a san Alberto de tanta estupidez que he escuchado últimamente, fue un hombre bueno que me sacó de la calle y me dio un lugar limpio donde vivir, un oficio para ganarme la vida… y valores.

Esa noche, dice Pedro, desconfió, pero, envuelto en una frazada, finalmente se subió a la camioneta verde donde había más niños. “Llegamos a Chorrillos 3828 como a las dos de la mañana y quedamos en manos de la monjitas que nos bañaron con agua caliente y nos acostaron en camas limpiecitas. A la mañana siguiente, descubrí la hospedería que sería mi casa hasta 1961”.

No fue una década de permanencia continua. Cuando murió el padre Hurtado, Pedro se fue, y asegura que muchos otros niños hicieron como él. Pensaron que el Hogar de Cristo no sería lo mismo. Estuvo dos años viviendo en Valparaíso, donde su vagabundeo por las líneas del tren lo convirtieron casualmente en héroe. En 1955, la portada de El Mercurio de Valparaíso tituló: “El pelusón del puerto Capuchinos”, contando cómo un niño vago de 12 años logró detener al tren que, por el desborde de una bocatoma, iba derecho al despeñadero. En la foto, aparece Pedro, flanqueado por las dos autoridades de la época. “Yo sabía dónde se guardaban las banderas rojas para las emergencias y, cuando vi lo que iba a pasar, las saqué e hice parar la máquina. Salí también en la revista Ercilla. Hasta los cabros en Santiago me vieron; cuando volví al Hogar me celebraban”.

Habla de su cercanía con los padres Lavín y Moreno, “unas eminencias de curas”, y de su formación en diversos oficios: soldador, carpintero en obra gruesa y mueblería, construcción, mecánica, electricidad, hojalatería, cestería, encuadernación. “En todos me sacaba el primer lugar, pero en las tardes en las clases en la escuela Jesús Obrero nunca aprendí a leer y a escribir. Tenía un trauma y era analfabeto. Estuve en el Hogar de manera continua entre los 14 y los 21 años. Al final, tenía una pieza de egresado, que era individual y volvía a ella después del trabajo”.

Memorioso como es, recuerda su primera pega de mecánico en una empresa de “la calle Cueto 830”, donde se convirtió en un empleado estrella, aunque nadie sabía que Manzanón, su compañero de ascendencia española, era quien le escribía las fichas donde debía registrar su producción diaria. “Los pernos de anclaje, los motores soldados, las cajas herméticas”, enumera y cuenta que cuando Manzanón se enfermó, lo descubrieron. “Me llamó la secretaría y me preguntó por qué no entrega las fichas. Le confesé lleno de vergüenza que no sabía escribir. La chica me insultó, me trató de ignorante, de mentiroso, de lo peor, y el gerente la escuchó. Fue notable ese hombre. Le dijo que era la primera y última vez que ofendía a un operario y me dio una dirección para que recogiera gratis un silabario, ‘El Lector de Jorge’, se llamaba, tres cuadernos y lápices, y me dijo que tenía un mes libre y pagado para que aprendiera a leer y a escribir. Que era inteligente y que podía lograr solo”.

Dicho y hecho.

Pedro no es un hombre letrado, pero es un gasfíter competente y un constructor valorado, que diseña planos y levanta y pinta casas, y a sus 79 años ha logrado incluso saltar la brecha digital. Viene seguido a trabajar a Santiago y Waze lo guía sin problemas por todos lados.

EL FOQUITA, EL SOPAIPILLAS Y YO

Pedro se emociona en varios momentos de la entrevista. Llora y reflexiona: “Pude ser malo, pero tengo valores “.

“Mi primera señora tiene un nicho perpetuo en el cementerio por el que pagué más de 3 millones de pesos”, cuenta “el patroncito”, que estuvo casado durante 33 años con la madre de sus dos hijos, un hombre y una mujer, que lo han hecho abuelo y bisabuelo y ahora “pinto para tatarabuelo”.  “Ella murió de un ataque cerebro vascular un 7 de julio de 1990. Fue donante de dos personas y ya van a ser 30 años de su partida”, recuerda.

En el barrio donde crió a sus hijos, la villa René Schneider, en Maipú, conoció a Ana, su segunda mujer, que es 21 años menor que él y lo mima y atiende con cariño. Cuando se conocieron, ella tenía un niño, que hoy es “carabinero de fronteras” y los llena de orgullo a ambos, porque para él es su tercer hijo. Sus fotos están por todos lados en esta casa limpia y con olor a piso recién encerado.

-¿Te consideras un buen padre?

-No soy un mal papá. Yo, a diferencia de muchos de mis vecinos en la población René Schneider, nunca terminé bien mi casa, y eso que soy maestro constructor. Nadie entendía eso. No lo hice, porque siempre preferí tenerles las guatitas llenas a mis hijos, que tuvieran zapatos buenos para ir al colegio y ropa de abrigo. Ellos siempre andaban mejor que los otros niños, aunque la casa no estuviera tan bien terminada. A mí me importaba mucho el sufrimiento de los cabros chicos, no sólo de mis hijos. Compraba cajas de manzanas en La Vega y galletas para que los niños más pobres y abandonados de la población comieran. Por eso todos me conocían en la René Schneider y los niños de la población me esperaban a la bajada dela micro en el paradero para que les diera galletas.

-¿Por qué lo hacías?

-Quizás porque sé lo que es ser niño y tener hambre, pasar frío, no recibir ni un gesto de cariño. Eso que viví hasta que el padre Hurtado me invitó a tener un hogar, una cama limpia y comida segura. En el Hogar de Cristo tuve muchos compañeros: los hermanos Tchimino, uno de ellos todavía vive en la población Los Nogales, el Foquita, el Tristán y el Uribe, que murieron; el Pájaro, que hoy es igual al Ayatollah Jomeni, y el Sopaipilla, que está bien fregado por el trago. Recuerdo a una profesora, que era inválida, pero a la que todos queríamos por su buen corazón. Yo llegué a tener un taller de calzado en la población Joao Goulart con mi hermana Luzmira, gracias a ella, a la maestra Vega, que me formó en zapatería. También recuerdo a la mami Carmen, que fue la primera mami o cuidadora que hubo en el Hogar.

Pedro guarda una recomendación manuscrita por el jesuita que sucedió al padre Hurtado como capellán del Hogar de Cristo, el jesuita Álvaro Lavín.

En los documentos que atesora están las recomendaciones de los capellanes, dando cuenta de su preparación y de sus habilidades en distintos oficios. “Yo hice toda la reja que rodea el colegio San Ignacio de El Bosque, por ejemplo. No sabe cuánto lamento que no haya hoy esos magníficos talleres de oficios. Entonces se salvaba el 80 por ciento de los niños abandonados que acogía el Hogar de Cristo. Hoy, sin esa formación, no sé cuántos se salven”.

-¿Te sientes afortunado, Pedro?

Me siento afortunado, y no me avergüenzo de haber sido un “patroncito”, un niño recogido, un pelusa que tuvo la fortuna de toparse con el padre Hurtado. Sé que, a pesar de tener todas las capacidades, nunca tuve el puesto alto que quizás me merecía, porque me faltaba mucha educación, por mi trauma con la lectura y la escritura. Pero tengo valores. Nunca he robado. Teniendo necesidades, nunca me he llevado algo que no fuera mío para la casa. He visto a muchos maestros, robar en las construcciones. Yo no; si algo no me lo dan, no lo tomo. No es mío. Esa es formación en valores. Y esa sí que la tengo –concluye, satisfecho de sí mismo y de lo logrado.

¿Su próximo plan?  Construir una nueva casa para reemplazar la de madera que tienen con Ana en este terreno junto al río Huepil. “Serán casi cien metros cuadrados que levantaré con mis manos”, dice, mostrando la acumulación de madera y de ladrillos princesa que ha ido comprando, sin pensar siquiera que podría merecer un subsidio. Por pobreza, por edad, por justicia.

Pedro en el taller de su casa. Es un maestro múltiple y calificado.

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