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René Peña:

El tío “Bebé” de Melipilla

Hace 17 años, luego de dedicarse al comercio, comenzó a trabajar como auxiliar de servicios en el Jardín Infantil Tierra de Niños de Melipilla. Es el único hombre que se desempeña en un establecimiento de educación inicial en los 32 que tiene Hogar de Cristo. La experiencia ha sido maravillosa. Los niños lo desafían a diario y los alumnos haitianos lo llaman “Bebé” porque no pueden pronunciar René, cuenta, entre risas.

Por María Luisa Galán

René Peña (70) es nacido y criado en Talagante. Ahí, junto a su señora, con quien lleva 45 años de matrimonio, se dedicaron a la venta de alimentos. Durante siete años vendieron ensaladas. Iba a La Vega por el apio, repollo, cebolla y otras verduras. Y a Mallarauco a buscar pencas. Con eso armaba sus bandejas, las que repartía entre sus clientes. Luego se embarcó en el mundo de las masas. Hallullas, empanadas, pan amasado y pan de huevo eran su especialidad.

Era 1998, vivían junto a sus cinco hijos en el campamento Hermanas Hurtado de Talagante. Era una toma donde convivían 58 familias y él fue el líder del proceso de erradicación. Junto con un grupo de profesionales del Hogar de Cristo, creó un comité de vivienda para encontrar un lugar no muy lejos y que a todos les gustara. Fue así que en 2004 llegaron a Melipilla, una comuna más rural que su natal Talagante.

“Aceptamos la oferta de Melipilla porque no había donde perderse. De un campamento a que nos dieran con diez uefes una vivienda básica pero con todo. De un campamento a una población que, por muy básica que sea, tiene todas sus cosas. Baño dentro, antes era en un hoyo”, recuerda René, hoy abuelo de siete nietos. Dos en la universidad.

En su nuevo hogar, intentó seguir con su negocio de masas, pero no resultó. “Toda la gente venía con la idea de poner un kiosquito. Tenía mis máquinas: mi sobadora, revolvedora y hacía hallullitas especiales que vendía a 50 pesos cada una. Me iba bien. Pero cuando llegó la gente, había venta de pan por todos lados. Pasaba un furgón en la mañana y en la tarde ofreciendo tres panes por cien pesos. Así que se derrumbó todo. No había por dónde competir. Así apareció esta pega en el jardín”, recuerda, entre risas René.

El vínculo con las trabajadoras sociales del Hogar de Cristo nunca lo perdió. Ellas lo animaron a postular como auxiliar de servicio en el centro de educación inicial que la fundación estaba creando cerca de su nueva casa. “Dije que bueno a regañadientes porque trabajaba como ambulante en la vía pública y todos los días tenía dinero. Y meterme a un trabajo con un sueldo que iba a tener una vez al mes, me complicaba. Al final, dije que sí, porque pensé que iba a ser difícil por estar recién llegado al barrio”, cuenta.

Pero antes de que el jardín infantil funcionara como tal, el espacio era una sede vecinal que ofrecía múltiples actividades y servicios a los niños de la comunidad. En 2005, se decidió formalizarlo como centro de educación inicial y, desde entonces, René cruza todos los días la puerta del Jardín Infantil “Tierra de Niños”.

Trabajar por las personas

René algo sabía de estar en medio de tantos niños. Primero como papá de cinco y después como abuelo de siete. “Llegué aprendiendo aquí. Venir del comercio de la calle a un jardín era muy diferente. Me costó adaptarme, pero tuve una buena inducción. Participé en talleres, en charlas, y la jefatura ha sido muy buena. Al principio era muy corazón de abuelo. Si un niño lloraba, me enseñaron que no era mi rol acercarme, sino que tenía que avisar a la tía. Por un tema de los abusos, era lo que se pedía. En ese sentido, ha habido varios procesos para formarnos como trabajadores en esta área”, cuenta.

El “tío René”, como le dicen los niños, es quien abre y cierra el jardín. Es el encargado de mantenerlo limpio, digno, para él mismo y todos quienes transitan por ahí. “Hago de todo. Desde lavar las tazas, hasta la mantención interna y externa. Es tener el jardín lo más lindo posible porque aún en tiempos de vacaciones siempre me preocupo de que no se vea abandonado. Corto el pasto, riego. Saco la basura. La idea es tenerlo bonito siempre, no sólo cuando vienen visitas. Y es un esfuerzo que hacemos todos. El tener un espacio agradable para todos los niños y la comunidad, lo hacemos todos”.

Si hay algo que destaca en René, es su vocación de servicio y su preocupación por contribuir al buen clima laboral tanto con sus compañeras como con los apoderados y la comunidad en general. Dice estar muy orgulloso de trabajar donde trabaja. “Lo importante es estar donde a uno le guste. Trabajar con dedicación y amor. No tanto por los pesos, sino por las personas”.

Vive cerca, a casi una cuadra, por eso durante las vacaciones se va a dar unas vueltas. Agrega: “Las dos semanas de vacaciones que tuvimos, yo venía y el jardín es otra cosa sin niños. Doy gracias a Dios por mi trabajo. Creo que Dios permitió que se abriera esta puerta acá y permanecer todos estos años acá. No sé hasta cuándo; hasta que Dios quiera no más”.

-¿Qué es lo que ha aprendido de los niños?

-Su alegría es contagiante. Uno puede llegar cargado con algún problema, pero ellos alegran mucho con su sonrisa y su ‘hola tío’. No todos llegan llorando. Al revés, lloran porque no se quieren ir. El verlos llegar es una alegría. Los niños son ángeles y trabajar con ellos es estar expuesto a cambios, rutinas, uno tiene que adaptarse con los niños. Trabajar aquí ha sido hermoso, estar con niños es muy especial. No es como una empresa cualquiera, que fabrica cosas, es un trabajo especial.

Sin duda, en el jardín lo quieren. Tanto que muchas veces lo han hecho llorar, pero de emoción. Como aquella vez que juntaron a los 60 niños en una sala y lo llamaron para cantarle el feliz cumpleaños. “Son cosas que a uno lo llenan. Una vez un niño era mi fan. Entraba a la sala y decía ‘tío René, tío René’ y todos los demás lo seguían. ¡Tenía que irme! Era tal la alegría. Hoy hay dos haitianos que no me pueden decir tío René, me dicen tío Bebé. Son cosas tiernas, que a uno le alegran el alma y que se extrañan cuando no están”.

Antes de finalizar, dice: “Aprovecho de saludar a toda la gente del Hogar, desde los más altos ejecutivos hasta los que trabajamos, como dijo el padre Hurtado, con una escoba y un pañito trapeando. A todos, porque es una entidad que ha mantenido con los años el espíritu del que lo creó: servir a los más pobres entre los pobres. Cuando conocí al Hogar de Cristo, empecé a trabajar como dirigente y llegué como dirigente acá, sirviendo a la comunidad. Me encantaba ser dirigente social. Lo dejé por razones de tiempo, pero me encanta el trabajo social. Ayudar a los demás, escucharlos, atenderlos, servirlos de alguna manera”.


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