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“Se llama Mauricio, pero no te vayas a enamorar”

La advertencia que la asistente social le hizo a Silvia no sirvió de nada. Se enamoró del recién llegado al Centro de Acogida Residencial donde ella estaba mucho antes que él. El flechazo fue mutuo y fulminante, pero han debido luchar y perseverar para seguir juntos.

Por María Teresa Villafrade

 

Mauricio Petit (43) y Silvia Ñancupil (30) tuvieron historias de vida muy distintas. Mientras él fue cuidado con mucho celo por sus padres, recibió educación y protección hasta bien mayor; ella no recuerda a nadie de su familia, creció en abandono y no sabe leer ni escribir. Lo último de lo que ella tiene memoria antes de ingresar al Centro de Acogida Residencial del Hogar de Cristo, en Estación Central, fue que trabajó haciendo aseo en Maipú, en casa de una señora muy anciana cuyo nombre se le escapa.

Silvia tiene déficit intelectual y Mauricio sufre de un trastorno siquiátrico. Ella dice que cuando lo vio por primera vez, le preguntó a la asistente social cómo se llamaba el recién llegado y la profesional le respondió: “Se llama Mauricio, pero no te vayas a enamorar”. Se lo advirtió porque a Silvia ya le había roto el corazón un ‘joven blanquito’, cuya familia encontró que ella era muy poca cosa para su hijo. “Me dijeron retardada”, dice con tristeza.

Mauricio, que fue sobreprotegido por su padre obrero textil y su madre alisadora de algodones, se enamoró por primera vez a los 17 años, después tuvo puros “affaires”, según él mismo describe, romances fugaces que se vieron alterados por su problema de consumo de drogas. Cuando ambos progenitores murieron en 1994 y 2003, respectivamente, Mauricio quedó a la deriva, pese a que trabajó en una fábrica de calzado, en una mueblería, de jardinero y de pintor. “Yo me crié con mis padres que me dieron todo y cuando murieron me puse parrandero, mis amigos me ofrecían droga y un día, en calle Tenderini, me asaltaron y me cortaron la cara”, cuenta.

AMOR A PRIMERA VISTA

El 15 de mayo de 2014, los hermanos de Mauricio lo llevaron al Centro y allí sintió un flechazo fulminante al ver a Silvia: “Fue amor a primera vista”. Al principio fueron amigos y se conocieron, después comenzaron a pololear. Todo iba bien hasta que un día tuvieron un encontrón. “Somos un poco loquillos, estábamos jugando y nos peleamos”, dice él, pero lo cierto es que el episodio fue mayor y tuvieron que trasladar a Silvia al Hogar Protegido Juan Carrera donde vive hasta hoy.

“Yo estaba muy triste con la separación”, reconoce Silvia. Mientras Mauricio recibía nuevo tratamiento farmacológico, ella sufría porque no podían verse ni conversar como antes. “Me gustaron su sonrisa y sus ojos, él siempre me aconsejaba y trató de enseñarme a leer y a escribir”, agrega. “Ella tiene dislexia, por eso le cuesta tanto”, justifica Mauricio, “yo la admiro mucho por su capacidad de resiliencia, es habilosa de mente y súper buena persona”.

Hace unos meses que volvieron a permitirles las visitas. Con entusiasmo, cuentan que les gusta ayudar a otras personas: “Para el 18 salimos a repartir empanadas a la gente de la calle”, cuentan.

Mauricio vive en una pequeña pieza por la que paga 73 mil pesos e incluye almuerzo. Todos los días acude al Centro y asiste a los distintos talleres que se imparten. Silvia empieza a mirar el reloj: tiene que irse a preparar el almuerzo en su hogar y después, tiene su clase de zumba que le encanta. “Soñamos con vivir juntos algún día”, dicen muy convencidos al unísono.

Y mientras ella parte, él se queda a la espera de una nueva visita.

 

 

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